Hace días comentaba sobre lo significativo de victorias reales y cómo es común festejar antes de tiempo o asignar un valor desmedido a victorias parciales, pírricas o incluso a batallas que ni siquiera han empezado. Confundimos los medios con los fines. Se piensa que llegar a la silla presidencial es el fin, cuando en realidad ese es sólo un medio para transformar a una nación. Se confunde jugar un mundial con ganarlo. Es como si cada vez que compras un boleto de una rifa te pones a gastar el monto del premio. 

Comprar el boleto es una condición indispensable para ganar la rifa, es un medio, pero no asegura nada. Así, a días que planteé que en México nos hace falta un verdadero día de la victoria, sucedió el viaje del presidente López Obrador a Washington. Muchos quieren, injustificadamente o por lo menos muy prematuramente, inflarlo como si hubiéramos ganado el mundial, el Supertazón, tres óscares, la tercera guerra mundial y el concurso al mejor vino Cabernet del mundo (bueno, ese sí lo acaba de ganar el viñedo coahuilense Don Leo). Cuando festejamos pasar a “octavos de final” como si fuera el campeonato pienso que es nuestra percepción de éxito la que pudiera estar bloqueando que la nación aspire a verdaderos triunfos. Por eso se festejaba un 1.8 o 2 por ciento de crecimiento del PIB promedio; o líderes como EPN; nos acostumbramos a metas mediocres y cuando nos quedamos cortos entramos rápidamente en territorio de crisis.

El Presidente, no sé si por voluntad propia o por presión de Trump, decidió ir a Washington sabiendo que había mucho que perder y muy poco que ganar. El motivo principal, se dijo, era celebrar la firma del nuevo tratado comercial (T-MEC). Tenía todas las excusas habidas y por haber para no ir: crisis de salud, económica y de seguridad nunca vistas; un Trump muy antimexicano; o bien el socorrido “me fregué la rodilla” (versión COVID-19), diciendo que por extremar precauciones o por contacto con contagiados de COVID tendría que aplazar el encuentro. Para un político de experiencia, debió haber sido fácil encontrar alguna de estas “salidas de emergencia” y no la de Delta, fila 17. Aun así, decidió ir.

Para declarar una “victoria” en el viaje habría que asegurarse de no quedarse dormido con la boca abierta en uno de los vuelos (fácil, ya que usó cubre bocas en público por primera vez); no perder la conexión en Atlanta; tomarse unas tres o cuatro fotos buenas; que Trump no dijera o hiciera algo que ofendiera a México (más); que AMLO hablara a velocidad mañanera multiplicada por dos y que no dijera que Trump era amigo de México y los mexicanos; llevar una comitiva más o menos representativa de la ocasión (el T-MEC), sin mucho magnate, ni empresario con imagen cuestionable (de esos que él dice no soportar); y dedicarle unos 30 minutos a una reunión casual con Nancy Pelosi o Joe Biden (la oposición) para demostrar que es un jefe de estado y no un accesorio de “Trump Productions”. Era relativamente simple obtener la “victoria” y si uno lee redes sociales y medios a un par de días de la visita, parecería que AMLO logró que Trump se disculpara públicamente por cinco años de insultos y agravios hacia los mexicanos y le endosara las escrituras de Texas. Así somos, festejamos victorias huecas. Nos damos por bien servidos aun cuando sabemos que no se ganó nada, más que evitar que el viaje saliera realmente mal. Eso no es una victoria. Eso no debe celebrarse. Alguien decía en Twitter que los mexicanos estábamos como si AMLO fuera a la luna y no a Washington, ese tuitero me representa. 

Trump seguirá siendo Trump, usando a México de piñata. AMLO dijo que Trump era cada vez más respetuoso con los mexicanos y no invitó a empresarios de industrias clave para el T-MEC. Mejor apostó por la fórmula de siempre: alto contenido (algunas excepciones) de empresarios afines, favoritos, cuates, concesionarios, oligopólicos que entre ellos arman una fórmula de créditos escasos, reestructuras caras, abonos chiquitos, novelas baratas y explotación de recursos naturales que no atienden los problemas de México ni ayudan a aprovechar tratado comercial alguno. AMLO decidió ignorar a los demócratas y esa decisión será muy costosa para México. Quien festeja, festeja otra victoria hueca, sello de la casa. No, AMLO no fue a la luna. No, Trump no es nuestro amigo. Sí, México sigue en crisis.

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José de Nigris Felán
En Tr3s y Do2