Hubo manifestación que se convirtió en agresión, destrucción, pintarrajeo por gente de rostro oculto que no se sabe si eran hombres disfrazados de mujer o mujeres infiltradas de grupos violentos.

Un regalo divino a la humanidad es la mujer. No comprendida, acosada, traicionada, ignorada y no amada. Esta época de decadencia la vende, la compra, la acosa, la ridiculiza, la margina y la mata. Aquí están esas pseudocivilizaciones que mutilan su intimidad o velan su rostro y cancelan los caminos para su educación y su desarrollo. Allá está esa mujer indígena, refugiada en la sierra inaccesible e inhóspita. Cautiva en su lengua dominada, asida a su artesanía no apreciada. En su indumentaria policromada y en su tradición resguardada, como superviviente de un naufragio ancestral.

Escondida en el vientre de su madre, esa mujer niña a la que se le niega el derecho a nacer y es inocente e indefensa y no tiene voz. Las adolescentes levantadas, violadas y asesinadas en repetidos crímenes impunes. No falta la llamada servidora sexual, explotada por protectores voraces. Las sirvientas mal pagadas que habitan cuartuchos miserables en residencias señoriales y soportan maltratos por no perder el trabajo y volverse a su terruño.

Están también en el panorama las mujeres que gobiernan. Las que han llegado a alcanzar títulos universitarios.

Mujeres escritoras, de alta inspiración poética o narradoras minuciosas en la descripción, y profundas y admirables al comunicar la hondura sentimental de las emociones. Mujeres pintoras que embellecen la realidad con la perspectiva y las matizaciones ungidas de imaginación. Mujeres hay en todas las facultades universitarias. Se les ve lo mismo en las cirugías que en las ingenierías, en los litigios de tribunal, en las tropas uniformadas de la milicia o de la policía, en los deportes –aun los más rudos–, lo mismo en las minerías subterráneas que en los pilotajes aéreos.

Parece frágil la mujer pero, frente al vendaval, es como la palmera, flexible al doblarse sin quebrarse. Permanece erguida mientras otros árboles son tronchados y derribados. Parece que no raciocina, pero su veloz intuición alcanza primero las metas del conocimiento. Ha luchado la mujer para conseguir respeto para sus derechos de plena humanidad. Todavía, en la postmodernidad, sigue su combate contra quienes intentan deshumanizarla con falsas inferioridades inventadas por quienes no aceptan las propias.

Es la auténtica feminidad la que dinamiza y autentiza la virilidad de quien sabe respetarla y amarla. El afeminamiento de ellos y la masculinización de ellas aparecen, y se intenta en épocas decadentes en que todas las formas se deforman sin transformarse. En esos tiempos de confusión se privilegian las afinidades y se descuidan las complementaciones.

Cada Día de la Mujer se da una distinta situación por el mismo avance evolutivo o el retroceso involutivo. Se tienden puentes allá, al mismo tiempo que se levantan muros acá. Unos y otros en tiempos de drones capaces de superar alturas y trasponer corrientes embravecidas.

El encanto de la feminidad sólo puede ser apreciado y disfrutado por una recia virilidad en que la plenitud de la fuerza es la ternura. La mujer no ha sido creada para hacer todo lo que hace el hombre sino para hacer todo lo que el hombre no puede hacer. El trazo del diseño divino se desvirtúa con los garabatos de esta extraviada civilización. Ha dado la espalda a sus mejores raigambres de cultura y fe, sustituyendo, con idolatrías en reincidencia, el fecundo esplendor de una fe cimentada en revelación divina...