No pocas veces he hablado aquí de ese sentimiento, ese tesoro intangible llamado amistad. Y usted también lo sabe, si ha seguido este tipo de textos personales (no la enfadosa política, la cual ya a menos lectores interesa) los cuales y con mucha frecuencia, escribo y editan generosamente en estas páginas de VANGUARDIA: quien esto escribe es un hombre de tradiciones; incluso, soy un hombre de cierta meticulosidad casi franciscana. Hombre de ritos y ciertas rutinas las cuales me acompañan desde hace años, tengo varias y éstas jamás me dejan. Varias de ellas a saber: en Semana Santa me abandono a la plegaria religiosa, leo mi pequeño breviario de oraciones el cual no abandona mi mano y de mi viejo aparato de sonido sólo salen acordes de música clásica cristiana.

Una tradición más: en Día de Muertos, un altar siempre está listo, recordando a mis fieles difuntos, (ya son legión, desgraciadamente) y claro, recordando aquello de ser polvo en lo cual me convertiré al finalizar mi existencia. Soy un hombre de rutinas, de ritos y usanzas. Más leña al fogón: mi casa huele en verano a nardos y a incienso todo el año. Pero en diciembre, enero y febrero, durante todo el invierno, huele todo el día a café recién hecho; un café fuerte, oscuro, amargo, el cual duele en el gaznate e impregna los ropajes de quien esté presente y llegue a saludar. Mi casa huele por siempre a jazz y a buen rock. Hombre de rutinas: apenas me levanto, tiendo mi cama, enciendo el aparato de sonido y pongo un rock metalero duro, el cual lástima los oídos; casi al mismo tiempo, enciendo la cafetera y escurre el café ácimo el cual acompañará mis lecturas mañaneras.

Sin prisa y sin pausa, esta rutina me acompaña desde el momento de tener razón y en las diversas ciudades en las cuales he vivido. Y una tradición, cábala  y amistad la cual acaba de pasar en el calendario, usted lo sabe, es mi almuerzo navideño y desde hace 19 años en día 24 de diciembre, con el abogado el cual sabe más sobre transparencia y rendición de cuentas: mi hermano Víctor S. Peña. Atentos lectores me han preguntado de sí llegó el fino abogado y desde Hermosillo, Sonora, a nuestra tradicional cita anual. Pues sí, sí llegó (nunca dudé de su aparición en el umbral de la puerta del restaurante donde siempre, siempre nos hemos visto) el doctor Víctor S. Peña, quien ahora desempacó con un nuevo nombramiento bajo el brazo: ya es Director (desde febrero de 2018) del “Centro de Estudios en Gobierno y Asuntos Políticos” del prestigiado Colegio de Sonora. Llegó justo y se fue casi de inmediato, sólo días después a las fiestas de fin de año, por su apretada agenda académica y docente en México y en varias partes del mundo.

ESQUINA-BAJAN

Lo que no tenemos lo encontramos desinteresadamente en el amigo, de aquí entonces un valor el cual tengo en alta estima, muy alto en mi jerarquía de valores: la amistad. La familia de sangre la regala Dios, pero la amistad es tesoro divino el cual siempre abona en terreno fértil cuando hay comprensión, tolerancia, inteligencia, sinceridad, honestidad, calidad humana, generosidad, benevolencia. Sí, eso lo cual nos regala un amigo sin medir grado ni mando. Este año el cual termina e inicia a la vez, y como siempre, el año para mí es cosa de medir el tiempo sin sentido. Resulta útil para las cuentas del calendario y pagar recibos los cuales, enfadosos, se apilan en nuestro escritorio de trabajo, pero es francamente intrascendente para lo valioso. Es decir, se lo he contado antes: el tiempo se mide por acontecimientos, no por fechas en el calendario.

Y un acontecimiento el cual ha movido el tapete a toda la sociedad mexicana, es la asunción de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de México. Fue un acontecimiento (sigo pensado al día de hoy, para mal) y no una determinada fecha, como esta, de “festejar” un nuevo año. Pero en fin, así seguimos siendo los mexicanos de fiesteros, de mitoteros en determinadas fechas las cuales son muy socorridas para el trago y la comilona. Y en esta temporada de parabienes y buenos deseos, no puedo dejar pasar de lado y sí y mejor dejarlo en letra redonda (un elogio de la amistad), las palabras de generosidad, buenos deseos, fraternidad y admiración recíproca, sentimientos los cuales me unen a un ser humano el cual no ha dejado de mandarlas año con año, no obstante… no hemos apretado nuestras manos aún.

Puntuales, me llegaron palabras generosas y bien medidas de don Mario Saucedo Jr. Sí, hijo de ese juglar alto y garboso, ese hijo predilecto de Saltillo, el cantante y compositor, don Mario Saucedo. No pocas veces me he referido en este espacio a celebrar las canciones y la tonada de tenor de Mario Saucedo. Crecí con ellas en mi oído. Mi familia aún lo escucha (lo escuchamos) en sus discos originales de acetato y tocadiscos de mesa. He escrito sobre él un par de estampas, pero siempre, siempre tengo pendiente escribir un texto dilatado y largo al respecto. Espero cumplir pronto. A manera de huella rápida, cómo no escuchar una y otra vez el pregón desgarrador del juglar de Saltillo, cuando esa saeta llamada desamor, nos hiere de manera certera y dolorosa, y es cuando uno atiende aquello de “las noches las hago días”. Sí, para un amoroso, las noches son días. Flama ardiente en el corazón.

LETRAS MINÚSCULAS

Gracias por sus palabras don Mario Saucedo Jr. Espero siempre ser digno de ellas. Así sea.