Año 524. El que antes fuera magister officiorum en la Roma de Teodorico se encuentra preso en Pavía, acusado de alta traición y sacrilegio. Se trata de Anicius Manlius Torquatus Severinus Boetius, conocido simplemente como Boecio.

Lejos de todo y de todos, el teólogo y filósofo sufre la angustia del aislamiento. Escribe estrofas de dolor, estrofas que discurren en la añoranza de un pasado poblado de dichas.

En aquel encierro aparece súbitamente una mujer mayestática de edad incalculable. Cubren su cuerpo finísimos vestidos, bordados en la parte inferior con la letra π, y en lo más alto con la τ; ambas unidas por una escalera. Presenta, en su diestra, unos libros, mientras que con la otra mano sostiene un cetro.

—¿No me conoces? ¿Es la vergüenza o el estupor lo que te hace callar?

Boecio está mudo, aturdido. Ella le acerca dulcemente la mano al pecho y dice para sí:

—No hay peligro, es solo un letargo lo que sufre. Voy enseguida a limpiar sus ojos, oscurecidos por la nube de cosas terrenales.

Es la propia Filosofía quien se encuentra ante Boecio. Ha llegado allí para consolarlo mediante el diálogo, la reflexión y la búsqueda dialéctica de las altas verdades. Pero el prisionero está demasiado abatido y lamentoso por la fortuna que antes, y por tanto tiempo, le había favorecido.  Por eso la Filosofía debe ir paso a paso en la ruta del consuelo.

Conversan, en un principio, sobra la fortuna y cómo ésta es siempre voluble, de manera que si así no lo fuera, dejaría de ser fortuna. Disertan, luego, sobre la felicidad y los lugares de donde emana. Concluyen que no brota de la riqueza, ni del esplendor de las dignidades, ni del poder, la gloria o el placer. Después hablan de cosas abismales, como la libertad de la voluntad humana en comunión con la Providencia. Debaten tan profunda y ricamente que poco a poco comienzan a destilarse las gotas del consuelo. Luego de beberlas, Boecio reconstituye la esperanza.

Pero, ¿quién es la Filosofía que acompaña al hombre en su condena si no es él mismo?, ¿quién sino su soledad? He aquí la compresión máxima de la mayeutica socrático-platónica: la búsqueda de la verdad a través del diálogo consigo mismo. También se trata de la puesta en práctica de la sentencia délfica “conócete a ti mismo”. ¿Existe, después de todo, un diálogo que tenga lugar fuera de nosotros? La soledad es la sustancia en la que flota nuestra conciencia. Toda percepción es individual, toda reflexión lo es. Convivencia, sociedad, multitud, son manifestaciones de una suma de pulsiones individuales.

¿Quién está allí, entonces, que dialoga, diserta, contradice, decide, anhela…?

—¿No me conoces? ¿Es la vergüenza o el estupor lo que te hace callar? Soy la Soledad, soy tú mismo. Dialoguemos entonces. Tenemos todo el tiempo.