La pregunta es pertinente ante el arribo del nuevo gobierno. Y no dudo en decir que nos encontramos en pleno proceso de regresión autoritaria y en el inicio de la muerte de nuestra democracia, como dirían dos prestigiados maestros de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblat en su reciente libro "Cómo mueren las democracias".

El análisis comparativo que ofrecen nos ilustra y advierte —como si fuera un retrato hablado de lo que hoy sucede en México— sobre lo que puede ocurrirnos con gobernantes sin contrapesos, sin controles institucionales ni sociales y sin equilibrios: conducen irremediablemente a autoritarismos.

El tabasqueño ha ido dejando claro que su única ley son sus decisiones, producto de sus creencias y caprichos, pasando por encima de la Constitución y las leyes de ella derivadas, y de las instituciones que lo contravengan. Por ello, ahora va por la captura del Poder Judicial mediante reducciones presupuestales y descalificaciones, lanzando a las hordas "pejistas" de corte "fascistoide" a cercar los edificios judiciales.

En ese mismo tenor se ha desplegado una estrategia de captura y debilitamiento del INE con la convicción de que ya se conquistó la democracia y que ese órgano electoral sobra y "cuesta demasiado". Al fin y al cabo "ya no habrá fraudes", y desde la Presidencia se organizarán las "consultas populares".

El Inai resulta incómodo porque exigirá información que sólo AMLO desea tener y controlar.

Lo mismo el Inegi, porque AMLO ya tiene un ejército de Morena levantando el "censo de necesidades" para fortalecer su masa electoral.

¿Y el Instituto para la Evaluación Educativa? ¡Que se vaya al carajo! al fin y al cabo la educación quedará en manos de la CNTE o de la Gordillo. Lo mismo el Ifetel, pues todo se definirá desde Gobernación (o sea, desde la Presidencia).

Igualmente, la descalificación a la prensa crítica.

Y sigue una larga lista de acciones en ese sentido, como el falso combate a la corrupción sin una fiscalía autónoma y con escasos recursos para este propósito, y sus ocurrencias de proyectos de inversión (el "tren maya" y la tontería del millón de árboles frutales y maderables) además de sus programas sociales para el control corporativo-electoral.

Adiós a bajar el precio de las gasolinas, pero sí crear su propia Guardia Nacional, con militares al frente y con jóvenes que le serán incondicionales.

Si la Constitución o ciertas leyes son obstáculo para hacer lo que quiere el Presidente, pues que se reformen. Que si legisladores y/o dirigentes de otros partidos se oponen, háganlos a un lado comprándolos, desprestigiándolos como corruptos o fascistas y enemigos del pueblo, al fin y al cabo el verdadero intérprete y único representante legítimo del pueblo es el propio AMLO.

Se cumple lo que los analistas mencionan en su libro: "... tres estrategias mediante las cuales los autócratas electos buscan consolidarse en el poder: apresando a los árbitros, marginando a los actores clave y reescribiendo las reglas del juego para inclinar el campo en contra de sus actos". Y tienen mucha razón al sentenciar que "la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo es que los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla".

¿Qué hacer? Desde luego, no quedarse de brazos cruzados. Sé que aún hay mucha gente que sigue creyendo que habrá cambios profundos porque algunas cosas le pueden resultar al gobierno. Pero como dice al final de su ensayo de 2016 el analista alemán, Jan-Wener Müller ("¿Qué es el populismo?"): "Al contrario de lo que a veces creen los liberales, no todo lo que dicen los populistas es necesariamente demagógico o mentiroso; pero, a la larga, su autodenominación sí está basada en una gran mentira: el que haya un solo pueblo que solamente ellos representan. Para combatirlos, uno debe comprender y desestimar esa afirmación medular". ¡Por eso hay que actuar!