Los hechos horrendos que ensombrecieron el Día del Niño en la capital de Coahuila conmocionan por necesidad a la opinión pública y de allí que, quienes la conforman, necesiten elaborar una teoría para sentirse a salvo.

La gente de fe clama que es consecuencia de haberle dado la espalda a Dios y a su religión.

Los que añoran tiempos mejores o se escandalizan del presente, aluden a la pérdida de valores.

Los más furibundos maldicen al autor de esta doble tragedia, lo condenan a las llamas del Infierno y por un momento se sienten verdugos de la moral, pero en nada contribuyen a esclarecer lo que está ocurriendo. Sólo es gente disfrazando de rabiosa indignación sus miedos más primitivos.

Desde hace décadas, Saltillo parece marcado por el signo maldito del suicidio. No es nuevo en absoluto que la ciudad se destaque a nivel nacional en esta estadística funesta.

Contrario a lo que usualmente se dice, nuestra capacidad de asombro parece regenerarse de tanto en tanto y con la irrupción de un nuevo episodio trágico, repetimos los mismos rituales que, al igual que amuletos de chamanería, nos hacen sentir a salvo.

Recuerdo, sin ahondar en detalles, que un joven saltillense se quitó la vida con un arma de fuego en el sótano de la Escuela Normal Superior. El suceso (que hoy quizás asumiríamos sin tanta incredulidad) dejó sumida a la ciudad en el azoro.

Ocurrió en noviembre de 2005. Era el caso 122 de aquel año en el Estado y el trigésimo noveno para esta capital. En el presente año, tan sólo en este primer tercio, casi igualamos la cifra con 33 casos.

La inmolación de aquel malogrado estudiante nos tomó tan desprevenidos que sólo pudimos seguir nuestro protocolo establecido para estos trances: Purgar el estupor en comentarios sin fundamento (como los arriba citados), hacer un reclamo hueco a las autoridades y seguir cobertura mediática con obligados expertos invitados; quizás, hacernos el propósito de estar siempre vigilantes y pendientes de nuestros seres amados.

Pero finalmente, y por paradójico que resulte, la vida devora a la muerte. Quiero decir, que necesariamente nos recuperamos y regresamos a nuestra rutina.

El suicidio y filicidio perpetrado el lunes son atroces, pero no es ni por asomo el primer evento de esta naturaleza. También en noviembre, pero de 2007, una mujer en la colonia Praderas asfixió con gas a sus menores de seis y cinco años, para después intentar quitarse ella misma la vida sin conseguirlo. Y dos años más tarde, en marzo de 2009 otra madre de familia se roció con gasolina, lo mismo que a sus dos menores. Falleció como consecuencia de las quemaduras días después en el hospital junto con su hijo mayor de 11 años.

Es odioso recordar estos episodios, y créame que quisiera evitármelos y evitárselos. Pero quiero dejar bien sentado que por horrorizados que estemos por los hechos del lunes, hay un precedente del que quizás podríamos partir para comenzar a abordar con seriedad este fenómeno.

¿Qué clase de dolor o vacío tienen que privar en el alma para decidirse a dejar el mundo con la inhumana agravante de llevarse consigo a quien debería ser una razón para vivir?

Algo muy grave está ocurriendo en Saltillo, quizás en toda la entidad, pero no vamos a descubrirlo lanzando conjeturas al ciberespacio.

Necesitamos aproximarnos al fenómeno con toda la objetividad posible y con todo el rigor del método científico.

Ahora sí lo digo con todo el respeto a todas las creencias, pero que salga el pastor diciendo lo que debemos hacer no nos resuelve absolutamente nada, como tampoco lo que diga un tele-merolico o un funcionario tratando de atajar el problema en lo que se olvida.

Es imperativo abordar nuestros retos con metodología, en vez de estar soltando palos de ciego como en todo lo demás. Las ocurrencias no van frenar esta pandemia si no vamos hacia las causas.

Yo puedo arriesgar una teoría, no sobre el origen de esta enfermedad social que nos castiga, sino sobre el por qué nuestras autoridades no han auspiciado un estudio serio, real, objetivo y cien por ciento científico al respecto.

Aventuro que sea cual sea el resultado de esta improbable investigación, mucho tendrá que ver con la pobreza material, pero también humana, a la que tanto han contribuido nuestros gobiernos.

Porque las vidas plenas y de una vasta riqueza interior son más resistentes a las adversidades (sean sentimentales, económicas o de salud).

Pero ello implicaría fomentar en el individuo ciertos valores intelectuales que son opuestos a las condiciones que el régimen considera óptimas para su estabilidad.

Meras suposiciones mías, por las que honestamente me disculpo. Habrá que esperar, como ya le digo, a que algún gobierno o institución realice este estudio serio sobre el por qué nos estamos quitando la vida como si esta nada valiera.

Pero en el remoto pero no imposible caso de llegar a tener razón, el Estado nuevamente habrá jugado el papel de asesino en masa.

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