"Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Antoine de Saint-Exupery. ARCHIVO
El dramaturgo británico Tom Stoppard dijo alguna vez: “Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”, y sin duda tiene toda la razón… Estos días nos han hecho reflexionar sobre aquellos momentos que en la niñez nos hacían felices. Nuestros lectores compartieron con VMÁS sus mejores recuerdos y aquí te presentamos algunos

La infancia es para muchos la mejor etapa de la vida; es esa época en donde la ilusión, el juego y la diversión son lo único que importa. Cuando eres niño tienes la posibilidad de ser cualquier héroe o villano, y tu única responsabilidad es la de tratar de ser feliz inventando mundos, enfrentando batallas y librando un sinfín de aventuras. El dramaturgo británico Tom Stoppard dijo alguna vez: “Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”, y sin duda tiene toda la razón…

¿A quién no le da nostalgia ver fotografías de cuando era pequeño? ¿Quién no ha reído al oler o saborear un recuerdo de la infancia? En este Día del Niño algunos de nuestros lectores nos compartieron sus recuerdos de la niñez, entre duraznos, payasos y regaños, todos atesoramos y añoramos esta etapa de nuestras vidas, quizá más que nunca en estos tiempos de crisis.

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Erika Álvarez Flores 24 años

Siempre he sido una nerd, pero de niña lo era aún más, por eso cuando recuerdo cosas bonitas de mi infancia siempre pienso en las tardes en que llegaba a mi casa después de la escuela, comía, hacía mi tarea y me ponía a ver caricaturas en la televisión.

Casi nunca tuvimos televisión por cable en mi casa, hasta que ya estaba en quinto o sexto año de primaria. Cuando aún no teníamos cable las caricaturas buenas generalmente las pasaban los sábados por la noche en Disney Club. O al menos las que me gustaban, pero después de que llegara el cable Jetix y Disney Channel se volvieron mis canales preferidos.

En uno podía quedarme toda la tarde viendo ‘Code Lyoko’, ‘Digimon’ o los ‘Power Rangers’ y en el otro siempre pasaban películas muy buenas a las siete de la tarde, que se terminaban justo cuando mi mamá ya tenía lista la cena y no me quedaba de otra que apagar la tele, ir a la cocina y comenzar a preparar las cosas para el día siguiente.

Liliana Jasso Terán 29 años

Cuando era pequeña vivía en una casa cerca del centro de la ciudad. Ahí había un árbol, no recuerdo cómo creció porque a los pocos años y a una baja estatura todo te parece muy grande. Pero era enorme, verde, tenía hojitas arrugadas y siempre estaba lleno de duraznos. Recuerdo su sabor y el ruido que hacían las hojas con el aire. Me gustaba mucho que al salir de la escuela siempre quería llegar a mi casa y cortar uno o varios duraznos y comerlos. Escuchaba a mi mamá decir: no los arranques, todavía no están listos; pero no me importaba que fueran verdes, siempre me gustaba su sabor. Incontables veces jugué con mi hermano debajo del durazno y veíamos quién se podía colgar de la rama más alta antes de mi mamá nos regañara. Cerca del árbol teníamos un gran panal de abejas, incrustado a una de las ventanas. Una tarde, mientras jugaba con mi hermano, aventó una piedra que por accidente fue a dar al panal. Las abejas salieron de prisa enojadas, buscando al culpable. En cuestión de segundos nuestros ojos se hicieron muy grandes, el corazón se aceleró como nunca y ambos corrimos hacia la puerta asustados, pero mi hermano siendo más hábil y rápido que yo, entró primero y una de las abejas alcanzó a picarme en un párpado que no tardó en inflamarse. No recuerdo el regaño que claramente hubo, porque tuvieron que ponerme ungüentos y un extraño parche en el ojo por el que todos (en especial mi hermano) me hacían burla, pero al final no importaba tanto, porque había jugado con mi hermano y seguía comiendo duraznos. Y eso era lo mejor.

Angélica Alejandra Isquierdo Gutiérrez 26 años

Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia, pero quizá el mejor, el que me ponía súper feliz, era cuando mi abuela me llevaba con ella al centro a comprar cosas para sus costuras y manualidades. Ella me preguntaba mi opinión por colores y otras cosas, y yo con 5 añitos opinaba como si fuera experta diciéndole lo que me gustaba. En el camino siempre íbamos leyendo en voz alta todos los anuncios que encontrábamos, y si me portaba bien, al final de la travesía llegaba lo que yo más estaba esperando: ¡Un chopo!

Así es, un cono de helado de esos que traen dos sabores, costaban como cinco pesos en aquel entonces, y no había nada que me pusiera más contenta que recibir ese premio.

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Carlos Mirón 26 años

Cuando era niño me encantaba ir al rancho de mi abuelo. Ahí, antes de que me enseñaran a arar la tierra, me la pasaba dando la vuelta y descubriendo la vida en el semidesierto. Pronto descubrí lo hermoso que era subir cerros. Desde allá arriba podía ver cómo mi abuelo, mi papá y mi tío, hacían líneas sobre la tierra con el arado para luego dejar caer semillas de maíz. Una mañana preparé lo que yo pensaba era un picnic. Compré unas frituras, un refresco y tomé la cobija que tenía la silla de montar de una de las yeguas.

Mientras mi papá y mi abuelo se disponían a sembrar, yo encaminé hacia el cerro. Había descubierto que en la punta había una piedra plana con algunos petroglifos donde podría sentarme. Al llegar coloqué la cobija donde otra piedra hacía sombra y me senté a comerme mis frituras. Luego de llenarme me acosté a ver las nubes pasar y, como si contara borregos, me quedé dormido. Desperté cuando sentí que alguien me acariciaba la frente. Me congelé cuando vi qué era una víbora que pasaba por encima de mí como si yo fuera una piedra. Por suerte sólo iba de paso. Nunca pensé que las víboras fueran tan suaves.

Alejandra Quiroz Avila 26 años

Una niña y su bicicleta. Parecerá poco, pero esa bicicleta menta con rosa era especial, tenía rueditas. Un buen día al ver que las vecinas, niñas más grandes y modelo a seguir le habían quitado las rueditas a sus bicis, lo supe: yo quería ser grande. Le pedí ayuda a su chofer, quien con algo de duda por lo que mi mamá dijera, me ayudó a quitárselas y dejarla como nueva. Estaba lista, y en cuando avancé los primeros metros sentí que los pedales eran mi puerta a la aventura, ya nada me podía detener. Hasta que una coladera se atravesó en el camino y me hizo perder el control; volé unos cuantos metros y la rodilla se me abrió. No lloré y aguanté lo que dolía a comparación de lo que aprendí aquel día: para ser guerrera, hay que atreverse a hacer lo que no debes y quitarte las rueditas de entrenamiento de la vida para empezar a vivir. Aún tengo esa cicatriz, y es el mejor recuerdo de una niña que aprendió a ser guerrera

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Ángel Francisco Domínguez Cruz 33 años

Uno de mis mejores recuerdos es cuando tenía nueve años, precisamente en el Día del Niño, en mi ciudad se llevó a cabo en un salón de eventos una presentación de ‘El Mundo de los Niños’, un programa de televisión de aquella época en donde se presentaron los payasos Huevolin, Cepillín y Juniorlito. Cuando entrabas te daban un boleto con número de folio para las rifas y regalos, a la hora de los concursos mi boleto salió rifado para participar en unos juegos junto a otros niños. A todos nos pasaron al foro en donde estaban los payasos, ellos nos dijeron que habíamos ganado un par de patines y nos formamos en fila hacia el público pidiéndonos que cerráramos los ojos y estiráramos las manos para que nos los dieran.

Cuando tenía los ojos cerrados comencé a imaginarme los patines que me iban a dar y cómo me iba a divertir con ellos en la plaza de la colonia, de repente sentí como en lugar de darnos nuestros premios, nos jugaron una broma con sus zapatos de payaso, dándonos ligeras patadas en las asentaderas. Ver a la gente reír me hizo feliz, y yo me consolé con una bolsita de dulces. Eso jamás lo olvidé.

Enrique Barrera Suárez 55 años

Yo tenía 6 años cuando iba a la Escuela Club de Leones No.2, el colegio estaba en la loma de la colonia El Pueblo, en ese tiempo íbamos por la mañana y por la tarde. Cuando salía al mediodía me iba a vender periódico por toda la calle Victoriano Cepeda, hoy Cuauhtémoc. En una ocasión se me hizo tarde y en lugar de regresar a la escuela, me fui a jugar a los barquitos en las acequias de la Alameda, estaba tan entretenido que no me di cuenta de la llegada de mi hermana Rosalinda, quien me tomo de la oreja y desde la Alameda y por toda la calle Jesús Muñoz me llevo a la escuela, más de un kilómetro me llevo de la oreja y patilla. No sé si ella recuerda ese episodio, pero me dijo algo que aún recuerdo como si fuera ayer, por más que le expliqué que se me hizo tarde en la venta de los periódicos, ella me dijo: Tu responsabilidad es estudiar, ¿o vas a vender periódicos toda la vida? En ese momento fue humillante, doloroso y traumático, pero hoy al paso de los años no tengo con que pagar esa lección de vida, uno de los mejores recuerdos de mi infancia.