¿En el lugar de siempre? 
La cobertura a la muerte de Juan Gabriel recogió el duelo a coro de los más inverosímiles actores públicos de México y el mundo: de Obama a Maduro, por dar un ejemplo, y pareció relegar en la prensa, la radio, la televisión y los portales electrónicos mexicanos los temas que venían ocupando la agenda pública. Las exaltaciones mediáticas del legado del “Divo de Ciudad Juárez” compitieron con ventaja, desde el domingo, con alzas de combustibles, reclamos fiscales, legislación anticorrupción, cábalas sobre cambios en el gabinete presidencial, la disputa por la integración del tribunal electoral, el mando mixto policial, la legalización de la marihuana y el debate sobre matrimonios de parejas del mismo sexo.

Pero más allá de esta dinámica agenda nacional que de por sí describe una actualidad ajena al quejumbroso fatalismo dominante en la canción mexicana, conviene explorar a través de las complejas conexiones de la obra de Juan Gabriel en el curso de las mutaciones operadas en México e Iberoamérica en los 45 años de la prolífica producción del cantautor.

Por ejemplo, “Se me olvidó otra vez” surge con el arranque de la década de 1970 en el México del presidente Echeverría. En el cenit del nacionalismo de aquel México del discurso oficial de pertenencia al Tercer Mundo y receloso de la apertura del País al comercio y a las inversiones del mundo desarrollado, con el recurso más básico de la canción ranchera (el chun ta ta chun de las cuerdas del mariachi ) esta rola entrañable para varias generaciones del universo de habla hispana parecería ahora una oda a la inmovilidad, al valor de permanecer encerrados “en el lugar de siempre/ En la misma ciudad y con la misma gente”, lo cual muy poco tendría en común con el imaginario de las actuales generaciones abiertas a las culturas de la globalidad y la diversidad en un espacio digital sin fronteras de ningún tipo.

Costumbres y querencias
Ante la exitosa desmesura melodramática que alcanza uno de sus puntos culminantes en su “Amor eterno”, digamos que la perdurabilidad de la poética de Juanga radicaría hoy en el gozo por la recuperación lúdica, pero distante de la vida sentimental de los mayores, por parte de los sectores modernos de la sociedad, en paralelo a la vivencia emocionada que le aporta al México “residual” registrado en los estudios de percepciones de Gaby de la Riva recogidos en su “México rifado: branding narrativo para el México emergente”.
“No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”, citaba, sentencioso, al “Divo”, un familiar querido de aquel México residual, que murió casi a los cien años. Pero “Costumbres” fue llevada a la universalidad de Iberoamérica por Rocío Durcal en los años de 1980, es decir, la década perdida de la deuda y las crisis recurrentes en nuestros países, que parecían condenados, ahora sí que “eternamente”, por la fuerza de atracción de aquella querencia que no produce amor, “solo rencor”, sin margen para cambiar la historia: “Siempre volverás, una y otra vez/ Una y otra vez, siempre volverás”.

Códigos emergentes
En todo caso, no deja de resultar paradójico que este icono de la cultura popular nacido a la mitad del siglo anterior, con las emociones atadas al México cercado por su cortina de nopal, alcance hoy el reconocimiento global, a partir de la celebración de un irrenunciable espacio municipal: la misma ciudad y la misma gente.

Quizás una explicación a este fenómeno pueda surgir de otros códigos suyos, más próximos a aquel México emergente. Allí está su desafío al machismo desde desplantes inequívocos de su identidad sexual, su proclividad a la aventura sobre la apuesta a lo seguro, su espíritu innovador y sus empeños de frente a la desaprobación social, así como la maduración de su discurso del derecho a la diferencia y de admiración a quienes le pierden el temor a ser como son, como dijo en sus últimas horas en California, lo cual incluiría a los mexicanos en Estados Unidos en la era de Trump.