En enero de 1942 llegó a Saltillo un insólito viajero: el general de brigada Rubén García. Generalmente no viajaba en plan de general el general: lo hacía como explorador y excursionista, y vino aquí porque había oído hablar de unas grutas maravillosas que estaban cerca de nuestra ciudad, y quiso conocerlas.

Era hombre de mucha fama don Rubén. Pertenecía a la Academia de Ciencia “Antonio Alzate”, a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, a la Academia Nacional de Historia y Geografía, al Ateneo de Ciencias y Artes de México, a la Agrupación Mexicana de Presidentes y ex-Presidentes de Sociedades Científicas y a la Unión Racionalista, sea eso lo que haya sido. También pertenecía -romántico pilón- a la Bohemia Poblana.

Forrado en tales pergaminos vino el señor general a nuestros lares. Hizo el viaje desde Torreón. Lo impresionó el paisaje del desierto coahuilense, que describió con acentos a lo Manuel José Othón (“... Yermos continuos; eriazos en que medran señeros los roquedales y do el risco es nota que cambia apenas al compás de la tristeza y al ripio de la desolación...”) y con imágenes estridentistas: “... Recta redundancia; aburrimiento de kilómetros que bostezan a lo largo de grandes distancias...”.

Viaja en autobús el general viajero y llega a San Pedro de las Colonias. “... Se apresuran los vendedores. Ofrecen cabezas de chivo; muchos pasajeros engullen con fruición este guiso tan gustado en el norte. Algunos compran ‘lonches’ (pan con jamón) y sorben sodas de toronja. Otros mascan a más y mejor un pedazo de madera llamado ‘quiote’ que desprende un juguito dulzón. “De ver dan ganas’, dice vulgar proloquio. Por 5 centavos adquiero un trozo de ese árbol tatemado y doime a morder y chupar. El suelo queda cubierto de bagazos en un instante... Pasa un señor cenceño, atezado, de carnes rugosas, a quien todos saludan con atención. Es el general Cervera, viejo batallador, ex gobernador del Estado y actual presidente municipal de la localidad...”.

El sol, los espejismos de arena, el horizonte inacabable hicieron a don Rubén García incurrir en hipérboles como las de Tartarín de Tarascón:

 “... Las sandías de San Pedro gozan fama por sus dimensiones colosales: la mayor parte de las que se cosechan pesan de 11 a 27 kilos, y calabazas suelen encontrarse de 46 kilos de peso...”.

No le reprochemos esas exageraciones al general García. Las adquirió por contagio de los sampetrinos de entonces. Leamos:

 “... -¿Es pobre San Pedro? -pregunto.

-No tanto -replica un señor-. Si lo que ha producido se hubiera empleado bien, sin duda superaría a Torreón, pues su algodón es de soberbia clase y abundantísimo. Con el dinero que ha producido sería dable empedrar toda la ciudad con adoquines de plata...”.

Otra parada del autobús, obligatoria aún en nuestros días: Paila. Veamos cómo era Paila en los años cuarentas del pasado siglo: “... Estación de gasolina y restaurante, constituidos ambos por un cuchitril con alerón. Es lo único habitado en varias leguas a la redonda, y marca la mitad de la ruta entre Torreón y Saltillo. En Paila mora con su familia un solo hombre, colono del arenal espantoso: Alberto González Peña, sujeto vigoroso y entusiasta, rubio y vivaz mocetón. Me mira de hito en hito, corre por un albuncillo forrado de piel y tendiéndome una página rosa, espeta:

-General: le ruego me dé su autógrafo. Hace unas cuantas horas pasó por aquí Rodolfo Gaona y también se lo pedí.

Escribo esta dedicatoria: ‘Al solitario habitante del desierto, al triunfador de la pampa inhóspita’...”.