Conocer las normas y hacer lo contrario te pone en automático en el área de la inmoralidad, en cualquier dimensión de la vida humana. Es verdad, somos libres para hacer lo que nos dé la gana, porque la libertad es la divisa más preciada que el ser humano tiene, pero usted coincidirá conmigo, una libertad que se práctica de manera irresponsable no sólo pone en riesgo a quien la ejerce, sino también a quienes le rodean, ahí es donde la vida se complica.

Nuestra sociedad se ha ido complicando porque muchos utilizan su libertad de manera arbitraria e irresponsable, simple y sencillamente –como dijo Jean-Paul Sartre– porque “fuimos condenados a ser libres”. El problema es que no hemos calculado el impacto de nuestras acciones. El resultado es una sociedad y una naturaleza comprometida que, a pesar de que vivimos en el siglo 21, involuciona.

Por ejemplo, la situación que ha emergido de la pandemia en la que ahora nos encontramos, ha enmarañado aún más la realidad que antes de la misma vivíamos. Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, dice que lo que hoy vivimos es un espejo y muestra el tipo de la sociedad en la que vivimos, una “Sociedad del Cansancio”, título de su libro más importante que bien vale la pena leer. Sociedades en las que por la situación se saca lo mejor, pero también lo peor de nosotros mismos.

No sólo nos hemos descubierto más frágiles y vulnerables, sino que también la enfermedad ha dejado en evidencia la falta de una estructura organizacional sólida, hasta en los gobiernos más poderosos. De ser un problema médico, la pandemia se va convirtiendo en un problema social con la biopolítica como herramienta de control.

En nuestro caso, considero que vivimos en un Estado que no ha diferenciado si las normas emergentes por la realidad cambiante son realmente para bien de la sociedad o para controlarla. Efectivamente, como decía Byung-Chul Han, las personas somos un espejo de la sociedad en la que vivimos, porque el estado que guarda la realidad en la que ahora nos encontramos demuestra las personalidades que fuimos confeccionando desde la infancia hasta el momento actual.

¿Cómo ha sido y cómo es la sociedad mexicana? ¿Cómo es el mexicano promedio? De sobra está decirlo, usted lo sabe. Sin embargo, sin rasgarnos las vestiduras, ¿sabemos cómo nos comportamos, actuamos y somos la mayoría de los habitantes de este País? Por la herencia histórica, crecimos sin acatar normas, siempre buscando la forma de burlarlas, total, las normas se hicieron para violarse, ¿o no? Por la psicología que fuimos confeccionando a lo largo del tiempo, aprendimos a burlarnos de todo, hasta de la muerte. En el caso del coronavirus, no me diga que no ha oído expresiones como “total, de algo nos vamos a morir”.

La realidad en la que ha vivido la mayoría de los habitantes del País –no hoy, sino siempre– los ha vuelto cuestionadores de la ley y del Estado, aunque todo lo esperan de él. Un pueblo al que se le arrebató su cultura, sus costumbres, sus tradiciones y su religión no podía obrar de otra forma, y la baja estima social, moral y psicológica nos ha complicado el respeto a las normas y a las leyes que se van estableciendo.

Como nunca habíamos padecido, al menos las generaciones actuales, una situación de confinamiento y encerramiento como en la que hoy nos encontramos, hay un desacato generalizado por las recomendaciones de los gobiernos y todo lo cuestionamos, colocando la situación en un tema que tiene que ver con los derechos fundamentales. Es recurrente escuchar comentarios como: “nos están cancelando nuestros derechos” o “lo que está ocurriendo es producto de una maquinación mundial para tenernos controlados”.

Mire, dejémonos de historias maquiavélicas. La realidad está aquí, las muertes son reales y las infecciones, no se diga. Al momento van cerca de 11 millones 100 mil personas infectadas en el mundo y más de 525 mil muertes. En nuestro País vamos llegando ya a los 250 mil infectados y a casi 30 mil muertes. Lo que se vivió en Monterey este fin de semana con cerca 600 personas infectadas es escandaloso, de ahí las medidas tomadas. Coahuila tiene mil 255 casos reportados y en Saltillo hay 651 casos, y todo esto apunta a que las cosas se complicaran, aún más, si no nos dedicamos a atender las recomendaciones de las autoridades.

¿Qué pasó? La gente ya no aguantó y se hizo uso del derecho de la libertad, por supuesto, sin responsabilidad; se abrieron los restaurantes, se dio un relajamiento social, se hicieron bodas y bailes, no se han respetado las normas de la sana distancia en lugares públicos y en el trabajo. ¿Pudieron más los negocios que la vida? ¿No entendimos que el horno no está para bollos?

Hay una razón de fondo. Simplemente a muchos no nos gusta cumplir con las normas. ¿De veras es complicado para ti quedarte en casa, no usar el cubrebocas, no salir a la calle si no tienes de veras urgencia, dejar de asistir a restaurantes y viajar sólo dos personas en el automóvil? Dejemos la soberbia a un lado. Qué parte no hemos acabado de entender sobre la afirmación “las leyes son un garante del equilibrio social”. ¿O de plano nos gana el gen de inmoralidad que busca frenéticamente emerger a la superficie? Así las cosas.