Les comparto una definición de normal: “Se aplica a todo aquello que se halla en su estado natural, a todo aquello que sirve como norma o regla, a todo aquello que se ajusta a normas fijadas de antemano; a todo aquello que es común, usual o frecuente”. Pues habrá que modificar los contenidos de lo que hasta hoy habíamos entendido que es normal. Como lo hicieron cuando la epidemia de tuberculosis en Europa, padecida desde comienzos del siglo 17 y que continuó durante 200 años. Principal causa de muerte en 1650.  Y luego la pandemia de 1918, hasta que hubo antídotos para combatirla. De modo que los de este siglo vamos a tener que aprender a “vivir” con el corona… o a morir…

Dicen que cuando se aprende a aceptar lo inevitable se empieza a sentir paz, serenidad… y se van al carajo la ansiedad y esa angustia que oprime el pecho y revuelve el estómago. Esta semana el Gobierno federal salió a anunciar que ya van a aperturarse algunas actividades para que la máquina de la economía empiece a aceitarse. El País, que somos más de ciento veinte millones de almas, necesita comer, vestir y cuanto se requiere para que un ser humano viva, de ahí la relevancia de reactivar la economía y vincular a sus agentes, porque va a estar muy duro vérnosla con la crisis de salud y aparte el azote de la económica. El plan es ir abriendo gradualmente. Las entidades federativas, y algunas ya lo han venido haciendo, lo que celebro, estarán implementando la apertura acorde a la realidad de las mismas.

¿Se lee muy bonito en teoría, verdad? ¿Y funcionará en la vida real? ¿Se van a respetar los protocolos o privara el “me vale”…? ¿Y qué tal, como ya sucede en otros lares, hoy, si se reaviva el contagio abriendo la puerta a los confinados, aunque sea gradual? En México no se hacen pruebas, porque el gobierno de López Obrador está montado en su macho en no aplicarlas. Eso agranda la vulnerabilidad al contagio. Andamos en el limbo, a tientas. A ciencia cierta ¿cómo saber quién está contagiado?, sobre todo en el caso de los asintomáticos, que se mueven porque ignoran lo que tienen y en la movilización contagian. Y si a esto le sumamos la irresponsabilidad de personas que andan en la calle sin el mínimo de protección, más la ignorancia de compatriotas que se piensan que nada de esto es cierto, pues estamos aviados.

Por otro lado, y no es asunto menor, la OMS ha advertido sobre los efectos del COVID-19 en la salud mental ahora y en el futuro, como una posible alza de suicidios y de trastornos, por ello ha hecho un llamado a los gobiernos para no pasar por alto la asistencia psicológica. ¿Estamos preparados en México para todo esto? Nomás hay que ver cómo andan los hospitales en el tema de los insumos de protección para los valientes que atienden a los enfermos, y lo que se calla y no se dice sobre las morgues… o simplemente los pasillos de los nosocomios. Me angustia, lo confieso, como ser humano, como mexicana, como ciudadana, esta realidad, sobre todo viendo como es el actuar del presidente de la República, con esa obsesión por ser el ombligo del mundo, y no escuchar más voces que la suya. Desconfiado hasta la médula, rencoroso, y algo terrible para un político, no sabe hacer política, no conjuga en plural, no integra, no une –aunque no tuvo empacho de aliarse hasta con el diablo para llegar al poder–, sino todo lo contrario. México es un país con severos problemas, como la inseguridad pública que no ha sabido lidiar y ahora recurre a lo que tanto criticó a sus antecesores y de ribete pasándose por debajo de las extremidades lo prescrito en la propia Constitución; como el déficit en materia de salud, que está a la vista; como la devastadora realidad de la educación a millones de niños y jóvenes que no se están preparando para la realidad del siglo 21, por mencionar tres de las más acusadas. Situaciones complejas demandan soluciones del mismo rango, no el simplismo primitivo que caracteriza a López Obrador, y que exhibe sin pudor alguno en las mañaneras.

Debiéramos traer a nuestra legislación el cursus honorum que se aplicaba  en la antigua Roma, sería un buen cedazo para que no llegaran a cargos públicos de alta responsabilidad, como es el del titular del poder Ejecutivo, indigentes intelectuales ni tágaras, y ya entrados en gastos, hacerlo extensivo a los legisladores, con eso se pondría un freno a tomboleros, ahijados, hijitos o hijitas de papi, y todo género de arribistas sin preparación alguna para el desempeño del puesto, porque al que se cargan es al País, es decir, a los mexicanos. Y sin vergüenza alguna, con absoluto cinismo y en la impunidad, que es ya es regla despreciable institucionalizada.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.