No hay quien no lo sepa o lo haya experimentado: la enfermedad abre o cierra puertas. Miedo, incertidumbre, pérdidas, dolores y otros avatares afines cuestionan el presente, repasan el pasado y miran, con otra mirada, el futuro. No hay quien no modifique su vida debido al pathos; algunos abren puertas, otros las cierran. La diferencia entre abrir o cerrar depende de muchos factores: arquitectura interna, relaciones personales, situación económica y preguntas no resueltas. Cuando prevalecen factores positivos la enfermedad se sortea mejor; lo inverso es cierto: sin sostenes familiares, económicos y sociales, es difícil avanzar.

El pathos siembra dudas. Quien duda edifica: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”, escribió Jorge Luis Borges. Los enfermos dudan, preguntan y se preguntan. Dudar y ser víctima de incertidumbre son fragmentos de la patología. Se duda de uno, del entorno, del médico, del futuro. La duda alimenta la incertidumbre: ¿qué sucederá conmigo?, ¿cuánto durará la patología?, ¿cómo será mi vida?, son preguntas recurrentes. Vivir abrazado por esas cuestiones, siembra o cancela oportunidades. Incertidumbre y duda son apellidos desconocidos de las enfermedades y son una especie de invitación: se crece cuando se confrontan y se escruta desde otros ángulos cuando se comprenden sus retos. La pulsión por la vida y la libido florece.

Salud es sinónimo de sosiego. Patología significa ruptura. La inconsciencia de vivir dentro de un cuerpo se quiebra cuando alguno de sus componentes padece. Se sabe de la cabeza cuando duele, de la mano cuando se golpea, del cuerpo cuando salir de la cama por fiebre o dolor generalizado se convierte en empresa complicada. Los achaques son parte inherente de la vida. La inmensa mayoría las padece. Pocos mueren súbitamente: accidentes automovilísticos, asesinatos, infartos agudos, rupturas de aneurismas. Convivir con enfermedades deviene, en ocasiones, modificaciones positivas, i.e., resiliencia, solidaridad con otros, acercarse al arte y crear poesía, pintura, música. Lo inverso también sucede: convertirse en víctima, aislarse y sumirse en cuadros depresivos son también caras del pathos.

El pathos invita a repasar los rincones olvidados del alma y del cuerpo. Rincones y dolores que al conocerse y afrontarse descubren posibilidades otrora desconocidas. El dolor es maestro. Aunque nadie lo desee, enseña. Nos recuerda que la existencia es finita, subraya el valor del tiempo y, al advertir acerca de la cortedad de la existencia, “mueve”: hurgar, buscar nuevos derroteros y construir escenarios inéditos son espacios que la enfermedad desvela. Esa es otra de las lecciones del cuerpo desordenado: apreciar el tiempo y recordarnos que somos tiempo. San Agustín tenía razón, “es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido”. Cuando se quiebra la normalidad y se ha sufrido, la existencia cambia. Ignoro si Keats leyó a San Agustín. No ignoro que mamaron de sabias similares.

John Keats (1795-1821), aprendiz de cirujano, graduado en Farmacia, dejó la medicina para convertirse en uno de los grandes poetas del Romanticismo. Keats amalgamó dolor y creación. Afectado por tuberculosis — ¡murió a los 26 años!—, concibió su muerte a partir de la primera hemoptisis. Dos razones le hicieron comprender la cercanía del final. Cuidó a su hermano que feneció por la misma enfermedad y aprendió en los pasillos de los hospitales la incurabilidad y la mortalidad asociada a la infección.

Sus grandes dotes literarios y la cercanía con el dolor y la muerte debido a sus experiencias médicas le permitieron reflexionar acerca de los vínculos entre padecer y crear: “De qué asombrosa manera nuestra probabilidad de abandonar este mundo nos imprime el sentido de sus bellezas naturales…”. Keats tiene razón: la enfermedad, la idea de la muerte y el dolor son vías para acercarse de otra forma a la vida y al mundo, no mejores, diferentes.

La enfermedad como tal no es escuela, pero sí es maestra. Conversar con personas que han sufrido enfermedades graves y se han recuperado, forja, nutre. Resiliencia abarca un universo amplio. La escuela de la resiliencia es un espacio poco valorado. Quienes han padecido y confrontado la muerte o han sufrido discapacidades y se han recuperado son maestros de esa escuela. Escucharlos evoca e invita. Mirar la vida a través de los ojos de personas enfermas construye, y en ocasiones acerca y siembra compasión. En este mundo tan roto gobernado por pelafustanes, plagado de enfermedades sociales e individuales, la voz de quien ha convivido con el cuerpo roto y con el alma herida puede paliar “un poco” el desasosiego contemporáneo.