Infinidad de veces me he quedado con las ganas de contar ciertas historias, las historias que me hubiera gustado contar, las llamo yo.

Y una de ellas es la historia de cómo viven los enfermos psiquiátricos internados en el Cereso Varonil, esos a los que la ley se ha encargado de colgarles la etiqueta de inimputables.

Imagínese penetrar en esos mundos, yo nomás de imaginármelo siento una emoción y una fascinación que no vea.

Y luego con eso que ya no dejan entrar al Penal, que está restringido el acceso a la prensa, pues


No sabe qué frustración.

Antes recuerdo yo haber entrado el reclusorio como Juan por mi casa, qué será, hace unos 14 años.

Eran mis primeras incursiones en el género de la entrevista de profundidad y vaya que era de profundad. porque me metía yo, con la venia del director, claro, hasta las celdas mismas.

Y conocí casi toda la prisión y a sus presos.

Desde la dirección, hasta el corral, como le dicen, las celdas, el área de indiciados, etcétera.

En el Cereso platiqué con el famoso “narcogallero”, aquel de la balacera en “Las Gradas”, y a propósito de este lugar de la colonia Minita. conversé con uno de los Pargas, miembro de aquella familia de antaño dedicada, no sé si todavía, al narcomenudeo por tradición.

Y todo iba bien, hasta que me prohibieron el pase a la cárcel no por falta de méritos, sino porque creo que no les gustaba el tono y estilo de mis entrevistas.

Ni modo.

Y le digo, que me he quedado con las ganas de contar las historias de los enfermos psiquiátricos de la penitenciaría.

Y qué ganas


Quiénes son ellos, por qué están ahí, cómo sobreviven a ese encierro.

Pero, ¿sabe?, no quito el dedo del renglón, no pierdo las esperanzas...

Ruéguele a Dios para que se me haga
 

Jesús Peña
SALTILLO de a pie