Hasta ahora me había resistido a emplear el término feminicidio porque me parecía injusto. En efecto, el número de varones asesinados es superior al de mujeres, con mucho. De los 130 mil muertos que se aceptan tras la guerra contra el narcotráfico se cree que más de 110 mil fueron hombres. ¿Por qué darle más valor a la vida de una mujer que a la de un hombre? Si se ha luchado con fuerza por la igualdad, ¿cómo se desiguala a las personas por su anatomía?, ¿en qué se distinguen? Su sexo nada tiene que ver con la violencia. Al menos eso creía. Mas no es solamente el sexo de la mujer sino también el del varón, y no me refiero a partes concretas de sus cuerpos sino a toda una cultura de machismo, de varios tipos de violencia que se ejercen contra ellas (física, psicológica, económica, simbólica…). Lo que indica que no somos iguales en la vida real.

El asesinato sanguinario de Gabriela Elizabeth Rodríguez me llevó a comprender la diferencia. Va en contra de la razón y de la lógica que un hombre enamore a una chica, la haga su amante, engendren un hijo y luego la golpee sistemáticamente hasta la muerte, después la destace como a un animal y desperdigue sus restos. Esto no sólo es anómalo, sino que se inscribe en una vileza patológica que no tiene nombre. El estúpido asesino está en la cárcel, pero eso no atempera lo que hizo.

Etienne de Greeff es reconocido como el fundador de la Psicología Criminal y entre sus libros tiene “Amor y Crímenes de Amor”, que en su tiempo fue lectura obligada de criminólogos, psicólogos y novelistas. De Greeff tenía muy buena pluma, lo que convirtió sus textos científicos en literatura (algo parecido a Freud que estuvo cerca de recibir el Premio Nobel de Literatura).

El proceso por el cual una persona transita del amor al odio de su pareja tiene una larga incubación en la mente de uno de los cónyuges (presentó casos en que la mujer era la asesina de su marido). No es este el lugar para exponer sus teorías, únicamente lo nombro por ser un innovador. A la manera de los científicos de Lovaina iba al análisis fenomenológico: búsqueda de las esencias y rechazo de las apariencias. La pareja incubaba inicialmente un malestar, luego uno de ellos se sentía menospreciado, después interpretaba acciones y aun silencios como agresión, acumulaba agravios (normalmente inventados) hasta dar el famoso “paso al acto”. De Greeff se preguntaba por qué en vez de asesinar a la pareja no pensaron en el divorcio, la separación. Y no, eso sería renunciar a la venganza, al triunfo sobre el otro, a la satisfacción de haber hecho “justicia”. Rara vez encontró sentimiento de culpa.

Soy varón y acepto que cargo con una tradición poderosísima que recibí de la gran y larga cultura occidental: desde Adán y Eva, siguiendo con la Biblia entera, pasando por los griegos y romanos, por el cristianismo y el capitalismo actual, todo nos hace creer que somos superiores a las mujeres. Pierre Bourdieu pensaría en el “habitus”, es decir, en la interiorización de una concepción.

Al ser varón tuve miedo de mi incapacidad para entender mínimamente el suceso y pedí con humildad a mis alumnas que me ayudaran a tratar el tema. Dos de ellas respondieron y lo hicieron por escrito. Me explicaron lo siguiente: inicia la relación en una idealización del otro. El “amor” aparece como absoluto. Pronto inicia una manipulación y un chantaje que se van sistematizando. El muchacho es presa de un narcisismo pueril. Ante su inmadurez inicia la violencia psicológica que pasa pronto a la física. Un pequeño golpe seguido por una solicitud de perdón, abrazos y besos. Viene, de la muchacha, el perdón. No volverá a pasar, dice el idiota. Él empieza a convencer a la novia, amante, esposa que es una víctima de su pasado: sufrió mucho, fue humillado. Crea una relación sentimental y evade su responsabilidad. Regresa la violencia, el perdón y la exigencia a la mujer para que por favor lo comprenda, que va a cambiar.

No hay más espacio. Espero haber explicado algo de ese bestial, inhumano proceso. Agradezco a dos lindas muchachas que me iluminaron: Seidi Martínez Loera y Vanessa Méndez Burciaga, alumnas de Historia.