ESMIRNA BARRERA

Estamos viviendo algo inédito, precisamente por eso no tenemos claro todo lo que implica el fenómeno. Por lo pronto podemos decir que es una gran desgracia, no sólo por los enfermos y muertos sino también por las repercusiones en la economía mexicana y mundial. Hombres “importantes”, como Jair Bolsonaro, Donald Trump o los mexicanos Ricardo Salinas Pliego y el gobernador de Puebla dicen payasadas. Miguel Barbosa declaró que el coronavirus les pega a los ricos y no a los pobres, entre los cuales se coloca. No le deseo mal alguno, pero es riquísimo y su fortuna la debe a sus acomodos políticos. Riqueza inexplicable (se habla de dos casas de 10 y 12 millones de pesos). Con el salario de la Cámara le alcanzaría en caso que trabajara 100 años sin gastar en otra cosa). Bolsonaro dijo que esta pandemia era una gripita y que la vida debería seguir como si nada. El obispo de Cuernavaca es tan bestia que atribuyó el virus a Dios por tantos pecados: la homosexualidad consentida y el aborto. ¡Increíble que haya un dirigente católico tan burro! Contradice al Concilio Vaticano, cuyos acuerdos no ha leído. Esa concepción de Dios era común hace 2 mil 800 años; hoy es una herejía.

La pandemia surgió sin pedir permiso y avanza, en algunos países con rapidez y en otros lentamente, pero llegará. Estamos obligados al encierro. Hay personas que en los pocos días que han pasado ya están aburridísimas de la televisión. Es normal. Podrían aprovechar para leer, conversar y ver películas buenas. La conversación es una práctica que se ha ido abandonando. Una familia de seis personas se sienta a comer en la misma mesa: cada comensal lee y escribe en su celular. Es la negación de los demás. En un tiempo se habló de que la conversación podía colocarse entre las artes. Arte efímera, porque desaparece apenas la enuncias, pero te entrena en la lógica y te conduce a temáticas que no siempre dominas. En Francia y España se asoció con los cafés y los bares. Incluso se puede saber en qué silla de un café se sentaban Ortega y Gasset, Unamuno o Cansinos-Assens. Y no tenían el lugar para estar solos, sino para compartirlo con quien llegase a sentarse en su mesa. Lo contrario de las familias mexicanas “enceluladas”.

Una pandemia como esta nos lleva directamente a pensar en lo efímero de la vida. Es muy triste lo que escuchamos sobre Italia, China, Estados Unidos y España. ¿Cuánta gente valiosa, necesaria, feliz ha muerto? Me comenta un amigo español que murieron más de mil ancianos en casas de reposo.

Considerar el encierro como desgracia es echarnos una pesada roca; aceptar que es una medida que nos protege y protege a los demás es un concepto solidario.

Aunque la situación es terrible, hay que enfrentarla en lo individual y en lo colectivo. A pesar de todo lo que se dice creo que México está funcionando bien frente al virus y me parece que también Coahuila. Y, por lo pronto, no sabemos qué es peor, si la enfermedad o el fracaso de la economía.

¿Por qué no ponerse a leer ahora que es casi forzoso? Sacará mucho provecho. Si se siente solo, si está solo hágase acompañar por Juan Rulfo, Ricardo Garibay, Rosario Castellanos: hay más de 100 libros esperándolo.

Leía anoche una carta del gran poeta Rainer María Rilke a un joven: le decía que sin soledad no tendría futuro. La soledad era necesaria para forjar el espíritu. Debería aislarse para enfrentarse a sí mismo. Le hizo caso. Pronto pudo publicar algunas obras que alcanzaron a muchos lectores.

El gran matemático Blas Pascal escribió en 1658 que “el hombre no es más que un carrizo, el más débil de la naturaleza, pero es un carrizo pensante”. Toda nuestra dignidad está en el pensamiento, no en la duración, añade Pascal queriendo decir que el tiempo que tengamos de vida es siempre suficiente porque es el nuestro y deberíamos saber cómo llenarlo.

Finalmente, la muerte es una certeza. ¿Cuándo y cómo?, cada quién tendrá su modo y momento. Pero en vez de pensar en ella podemos cavilar sobre la vida que es, todavía, la otra certeza, la que está a nuestro alcance. ¿Qué hacemos con la vida?

Carlos Manuel Valdés

Columna: De habla y tiempo