¡Qué tremenda rivalidad había entre aquellos dos pueblos tan pequeños! Amaneo el Alto y Amaneo el Bajo tenían de continuo pleitos graves por causa de sus santos patrones. Los alteños glorificaban a San Procorito, y decían pestes de Santa Dulia, la patrona de los abajeños. Éstos ponían a la santa virgen al mismo nivel de la Virgen, y llenaban de maldiciones a San Prócoro. Eso era fuente constante de pendencias. Si la sangre no llegaba al río era sólo porque no había ningún río por ahí. Pero menudeaban las pedreas, los encuentros a palos, las trompadas. Las guerras menos santas, ya se sabe, son las guerras santas.

Los curas de los dos pueblos, apremiados por el señor obispo, buscaron la manera de poner fin a aquel grave conflicto. Una idea brillante se les ocurrió: casarían a los dos santitos. El matrimonio de Santa Dulia con San Prócoro seguramente haría terminar el pleito, y los dos pueblos podrían vivir por fin en paz.

El párroco de Amaneo el Alto fue el primero en plantear a sus feligreses la cuestión. Les expuso la idea de la boda, y les preguntó su opinión sobre el asunto. La cofradía de San Prócoro se reunió en sesión plenaria, y ahí deliberaron los cofrades. No les pareció mal el proyecto. El santo era ya señor de edad, consideraron, y de seguro no le saldría otra oportunidad como ésa. 

Además Santa Dulia era muchacha de buen ver. ¡Aquellos ojos suyos, tan azules; aquellas redondeces que bajo la túnica se adivinaban! Así, dieron su consentimiento al desposorio. Ipso facto el padre nombró una comisión para que fuera al pueblo vecino a pedir la mano de la doncella para San Procorito.

Faltaba lo más difícil, sin embargo. Antes de proceder a esa petición el señor cura de Amaneo el Bajo tenía que obtener el visto bueno de sus fieles. Los juntó en el salón de actos de la parroquia, y les manifestó la idea de casar a Santa Dulia con San Prócoro. Aquel matrimonio sería muy ventajoso, declaró. El santo era señor de buenas costumbres, respetable, y si bien era cierto que estaba ya algo entrado en años eso era prenda de formalidad. Además, a juzgar por sus vestidos, era hombre de posibles -el san sin el son no vale nada-, y eso ayudaría a dar mayor lucimiento a la fiesta de Santa Dulia que, como muy bien sabían ellos, cada año costaba más, sobre todo en el renglón de las 
flores y la pólvora.

Los abajeños oyeron en silencio las argumentaciones de su párroco. No olvidaban los fieros combates que habían tenido con los devotos de San Prócoro, a quienes juzgaban infieles o paganos. Nadie habló. Las palabras del cura fueron recibidas por un silencio tan denso que se podía partir con un cuchillo. Y ahí había varios.

-Necesito que me den su respuesta ahora mismo -los conminó el párroco-. Mañana van a venir los de Amaneo el Alto a pedirnos la mano de nuestra patrona celestial para San Prócoro.

Los feligreses se miraron unos a otros. Finalmente, haciéndose intérprete de la voluntad de todos, uno de ellos le pidió al cura que los dejara solos a fin de discutir más libremente el caso. Al término de la deliberación le llevarían su respuesta.

El sacerdote accedió. Se fue a la casa parroquial a esperar el resultado de aquel solemne cónclave. Pasó una hora; pasaron dos y tres. Cerca de la medianoche, cuando el padre desesperaba ya, llegó la comisión encargada de darle la contestación. Preguntó el párroco:
-¿Qué pensaron, hijos, acerca del matrimonio de Santa Dulia Virgen con San Prócoro Mártir? 

-Señor cura -respondió solemnemente el portavoz de la feligresía-. Con el mayor respeto, hemos determinado que preferimos ver a la santita metida a puta que casada con ese cabrón.