Católicos o no, en nuestro inconsciente colectivo está la idea de que Caín mató a Abel por envidia. Así que, ¡aguas con ese estado mental autodestructivo!

Recuerdo una ocasión en la que llegué más temprano que de costumbre a la oficina y pasé el día sentada frente a la computadora subiendo información. No era parte de mi trabajo habitual; pero, había que hacerlo, así que me preparé para el esfuerzo extra: vestí cómoda, llevé mi comida favorita y me instalé a trabajar hasta que terminé. Al día siguiente la información desapareció por arte de magia. ¡¿Qué pasó?! Nadie supo nada. La única respuesta que obtuve fue la frustración.

La envidia en el trabajo es más común de lo que imaginamos porque se trata de una emoción inherente al ser humano. ¿Qué la provoca? Prácticamente cualquier cosa si no existe una inteligencia emocional desarrollada y fortalecida. Basta con que una persona no haga match con un envidioso y la lista se vuelve larga, porque a este le disgusta prácticamente todo: bueno o malo, le enfadará de igual forma.

Situaciones absurdas como desear la apariencia física, el carácter, el sueldo o la relación con el jefe, pueden encolerizar a un individuo con baja autoconfianza. Hay personas que son envidiables por naturaleza: nacen con una estrella que las hace brillar siempre. Pero también hay quienes envidian indistintamente, su emocionalidad está dañada y desean casi todo de todos.

En Eneagrama, un sistema de clasificación de la personalidad, se dice que el eneatipo 4 es envidioso; pero que en su estado sano puede ser empático e incluso reconocer las fortalezas de los demás.


 

Se puede vivir al lado de un envidioso si cuando ve a la persona o algo que tiene relación con ella solo se le retuercen las tripas, lanza la mirada asesina y ya, no pasa de ahí. Claro, si intencionalmente el otro provoca su ira, envidia o celos, ha de ser consciente de que a toda acción corresponde una reacción y atenerse a las consecuencias.

Pero cuando nadie incita esas emociones con intención maliciosa y además el envidioso levantó sus armas en contra de otro por su baja autoestima, por supuesto que el envidiado debe defenderse; de lo contrario, la envidia puede terminar en calumnias o acciones peligrosas que pueden dañar su imagen, el desempeño laboral o hasta su integridad física. 

En ocasiones vale la pena acercarse a quien tiene un fuerte sentimiento de envidia y hacerle ver que cada quien tiene sus cualidades, que somos seres únicos e irrepetibles, y que compararnos solo nos lleva a la frustración; pues, por más que nos esforcemos, nunca seremos otra persona. Eso aplica para quien envidia y en mí mismo, si es que ese estado mental me trastorna. 

Y tú, ¿has sido víctima de un envidioso o has envidiado a alguien? Comparte con nosotros. Dominio Comunicación: Comunicación efectiva para tu vida personal y profesional. (55) 2212 7220.