Contrario a la creencia popular, aquí su columnista viajero tan vacilador, no es un fan de Star Wars.

Por alguna razón que desconozco, la gente (familia, amigos, allegados) infiere que me chifla la Guerra de las Galaxias e incluso me hacen obsequios alusivos a la saga de La Fuerza.

Debe ser que con anteojos me veo como esos inadaptados que viven con su madre hasta los 35 años (y yo nomás estuve hasta los 32), o que administro una página en Facebook llamada “Frikinautas”.

Pero no, yo en realidad soy un entusiasta de “The Lord of the Rings” y la razón es muy simple: mientras que la historia de la Tierra Media es el universo literario al que consagró su vida el escritor británico John Ronald Reuel Tolkien; y sus laureadas versiones fílmicas si bien, son súper producciones hollywoodenses, fueron adaptadas por un grupo de artistas que conoce y venera desde su infancia los libros en que se basa esta trilogía.

Star Wars en cambio es una vulgar empresa y si acaso respondía muy en su origen a la visión de su realizador (una visión prestada de Kurosawa y los seriales sci-fi de los años 30), pronto dejó en claro que su prioridad no era la construcción de una mitología coherente, sino el merchandising.

Los personajes en Star Wars no son introducidos para que la narrativa avance en algún sentido, sino para vender más juguetes y figuritas de acción.

Fue el mismo autor, el tal George Lucas, quien se encargó de dispararle a su propia epopeya espacial justo en el ducto de ventilación del núcleo, haciéndola volar en trillones de pedazos por toda la galaxia.

Así que, repudiado por una base de fans que se sintió traicionada por la segunda remesa de películas (pero forrado de billetes como para construir una verdadera Estrella de la Muerte), Lucas decidió vender los derechos de explotación de su universo fílmico al verdadero Señor del Lado Oscuro, Darth Mickey y su malévolo Imperio The Walt Disney Company.

Pese a todo, el Emperador Ratón posee una maquinaria de dimensiones galácticas dedicada exclusivamente al entretenimiento y es difícil que alguien le pueda enseñar cómo producir, lanzar y comercializar un éxito de taquillas. De hecho, esta malévola industria se está especializando en la adquisición y explotación de franquicias, perfeccionando una fórmula que aplicó ya con el catálogo de superhéroes de Marvel cómics.

Ahora que con “El Ascenso de Skywalker” Disney concluyó la saga de filmes iniciada en 1977 con Star Wars Episodio IV (después llamada “A New Hope”), nadie está feliz (bueno, salvo los miembros de La Resistencia y algunos ewoks, pero por perversas razones que no discutiremos aquí).

Nadie está feliz, pero tampoco nadie (o casi nadie) ha podido identificar la causa raíz de esta desazón que deja a una legión de adoradores, sumida en un estado de desconsuelo parecido a la orfandad.

¿Son de verdad tan abominables las películas 7, 8 y 9 como para hacer renegar a los miembros de un culto que raya en lo religioso?

¡Para nada! Las recientes películas son divertidas, dinámicas y muy vistosas como todas las que les precedieron.

Pero, al mismo tiempo y sin que ello entre en conflicto con la anterior afirmación, son también absurdas, plagadas de inconsistencias, repletas de personajes intrascendentes, grandilocuentes y muy chabacanas como todas las películas anteriores.

El gran problema radica en que un cuarentón/cincuentón, que se adentró hace cuatro décadas en esta fantasía, cuando tenía entre ocho y quince años, quiere una película que le haga sentirse como aquel chamaco, cosa que no va a suceder por muy fuerte que sea su conexión con La Fuerza, porque ahorita es un panzón, medio calvo, con un empleo de Godínez que lo consume lentamente al igual que las cuatro bendiciones que se le ocurrió traer al mundo.

Entonces, se encabrona mucho cuando Disney le promete que la última entrega de la saga será un orgasmo de proporciones cósmicas, de explosiones y batallas láser, pero resulta que al salir del cine su vida es tan miserable como lo era ese día al despertar.

Luego, interpone todo tipo de reparos argumentales, que si tal o cual contradice el canon, que si esto o aquello se lo sacaron de la manga, o que si equis o ye nomás no cuadra con lo que se le planteó a lo largo de todos estos años.

Les tengo noticias: Star Wars, desde su primerísima entrega, es un cúmulo de absurdos que tejen una trama muy básica que se desarrolla en un universo sin reglas físicas, tecnológicas y ni siquiera sociales muy claras o definidas que digamos.

Hoy sin embargo se quiere aplicar a ello mismo todo el criterio y todo el rigor intelectual de casi medio siglo de frustraciones (una vida entera de darse contra la dura realidad) a lo que básicamente fue concebido como un cuento infantil con efectos especiales y créame, no digo lo anterior con desdén, al contrario: esta fusión de conceptos fue su gran acierto.

Así que, si no tiene la capacidad de emparejar sus expectativas con las de su niño interior, mejor absténgase y quédese con el recuerdo de cuando sus padres lo llevaban al cine y le compraban cuantos muñequitos salían a la venta.

O bien, someta la última cinta al criterio más riguroso, no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino de la ciencia y de la lógica simple, y dese la aburrida (y encabronada) de su vida, pero al menos reconozca que la saga, desde su origen, adolece de las mismas carencias.

Vale lo mismo para nuestra vida cívica, en que nuestra falta de madurez nos hace fincar expectativas irreales en un candidato, oferta política o régimen, del que esperamos que sea honesto, eficiente -sí, eso es lo deseable-, pero además que comulgue con el partido afín a nuestra ideología y que sea un dechado de carisma y que también sea guapo y que sea un líder que saque lo mejor de nosotros, etcétera.

Más nos vale convertirnos en adultos ya y eso significa saber distinguir las situaciones que exigen congruencia total y cuándo hemos de esperar tan solo una bonita ficción, una divertida mentira.

 

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