La frase: “los jóvenes son el futuro de México” perdió significado hace tiempo.

¿Puede la educación ofrecerle a nuestros jóvenes un futuro sólido? No. En el México actual, la carrera universitaria no implica empleo y mejoría en la calidad de vida; y por ende, movilidad social.

Existe una tendencia histórica que apuntala la inmovilidad de las clases sociales a partir de una ausencia de oportunidades económicas: el ingreso de los mexicanos no ha mejorado desde 1992, razón por la cual, un 52% de la población ha vivido desde entonces por debajo de la línea de bienestar. Sobra decir, que los cambios en un grupo históricamente discriminado como el de jóvenes fueron inexistentes.

Hoy, en México existen “884 mil 237 personas con estudios universitarios y sin trabajo”.

Entre otras, las razones son: no existe un modelo dinámico universidad-empresa que camine con la misma rapidez que las exigencias del mercado global. No hay una planta docente, por lo general, actualizada y motivada para desarrollar las nuevas competencias exigidas a sus estudiantes por ese mercado laboral. El modelo educativo universitario tiende a formar estudiantes con una “visión de operario, no de ejecutivo, creativo, inventor o desarrollador”.

Existe, sin embargo, una razón estructural: nuestro modelo económico es maquilador. Exige, mayormente,  personas con conocimientos no especializados para desempeñarse como operarios con bajo sueldo.

Por ello, “la mayoría de las fuentes de trabajo en el país no requiere conocimientos tan especializados y experiencia laboral previa; por eso, la población que cuenta con educación superior a la secundaria le resulta más complicado encontrar un empleo".

Así, el trabajo es para personas con nivel secundario no especializadas; mientras las personas con estudios universitarios especializados tienden a sub contratarse, a trabajar como operarios o en otras áreas distintas a su profesión.

No. En México el futuro no pertenece a los jóvenes. Y nosotros los adultos somos responsables por no heredarles esa posibilidad.