La vida cotidiana está marcada por la discrepancia, el diferendo y el conflicto. Para bien y para mal, la convivencia habitual implica transitar en medio de una pluralidad que no sabemos aprovechar para encontrar mejores soluciones a nuestras preocupaciones comunes y la convertimos, en cambio, en motivo para la confrontación estéril.

La Navidad es una de esas pocas fechas en las cuales nos obligamos a nosotros mismos a razonar de forma diferente y a considerar que los antagonismos cotidianos pueden ser dejados de lado como método para no ver a los demás como adversarios.

En este día, declaramos unilateralmente el cese de las hostilidades, extendemos la mano al otro y deseamos con sinceridad que a todos nos vaya mejor. Hacemos una tregua con la diferencia y somos capaces de considerar el olvido como fórmula para dejar los agravios en el pasado de manera definitiva.

Más allá del intercambio de elementos materiales que implica la fecha, regalamos afecto, parabienes y respeto, es decir, colocamos en el casillero del más alto valor esas cosas inmateriales que nos hacen ser humanos y nos diferencian de las demás criaturas vivientes.

Hay un problema, sin embargo, cuando sólo nos atrevemos a observar esta conducta durante un día al año; cuando la energía que implica la Navidad no puede ser prolongada más allá de la medianoche del día 25 de diciembre y el arribo de la nueva jornada nos devuelve a nuestro estadio original.

Claramente, a juzgar por el estado de cosas que nos toca vivir cotidianamente, sacar lo mejor de nosotros mismos sólo durante 24 horas al año es insuficiente para construir y consolidar la sociedad igualitaria, justa, compasiva y generosa que todos deseamos para nosotros mismos y que, en Navidad, somos capaces de imaginar como un bien colectivo.

Necesitamos más días como hoy; más días en los cuales hagamos una tregua y que eso nos permita convertir a las diferencias -inherentes a la condición humana y por tanto imposibles de erradicar- en una ventaja colectiva y no solamente en motivo para la confrontación insana.

Necesitamos más días como hoy; más días en los cuales lo fundamental no sea la materia sino el espíritu, es decir, más jornadas en las que seamos capaces de reconocer colectivamente que las más valiosas posesiones, individuales y colectivas, no son tangibles ni hace falta el dinero para poseerlas.

Quienes integramos la familia VANGUARDIA deseamos que la Nochebuena haya sido una fecha singular para usted y los suyos, que haya estado marcada por el encuentro con sus seres queridos y por la ratificación de los lazos intangibles que les unen.

Esperamos también que este día sea, como cada año, un remanso de paz en medio del tráfago que es la vida cotidiana.

Pero deseamos, sobre todo, que el espíritu desde este día, independientemente del origen que cada quien le otorgue, se prolongue durante los próximos días, semanas y meses.

¡Feliz Navidad!