Ahórrenos toda esa hipocresía y admitamos que nos preocupa mucho que se nos noté más lo Cuauhtémoc que lo Cortés

Si algo le tenemos que agradecer a Donald Trump es el haber envalentonado con su discurso a sus compatriotas, lo suficiente como para que se quitaran su máscara hipócrita de progreso e inclusivos y se revelaran como los supremacistas, intolerantes y racistas que siguen siendo. ¡Bendito seas, oh Gran Jefe Anaranjado!

En ese mismo sentido, tenemos que agradecer a la llamada Caravana Migrante, pues nos desmitifica a los mexicanos como un pueblo solidario, compasivo y partidario del panamericanismo, para exhibirnos en toda nuestra xenófoba mezquindad.

Las razones de la Caravana las desconozco y ponerme a especular sobre ellas en nada contribuye a la comprensión de este fenómeno. Sólo apuntaré que parece poco espontáneo y azuzado por una oscura intención política ulterior.

Y si acaso tenía entre sus propósitos el sacar lo peor de muchos de nosotros, lo está logrando con una efectividad tal que la pasión futbolera queda reducida a guerra de párvulos con bolitas de papel.

Los comentarios que muchos de mis connacionales han dejado en la red social fijando su postura, me llenan de orgullo por compasivos, humanitarios y en absoluto clasistas, prejuiciosos o segregacionistas. Si bien, lo de orgullo debe ser interpretado como sarcasmo y el resto de la oración debe ser leído entre comillas de ironía.

Tampoco es nuevo que somos un país profundamente acomplejado, que se debate entre un endeble orgullo por ser “la raza de bronce” y la búsqueda permanente por una ventana que nos permita escapar de dicha condición a otra de mayor estatus pigmento-demográfico.

Descubro, después de décadas, que lo que nos fascina de los tacos no es el sabor, sino la categoría que nos da el canijo taquero llamándonos democráticamente “güeros” a todos por igual –güeros, güeritas y güeres si es un taquero inclusivo–.

O sea: “sí, es chido ser mexa, pero si califico para portada del Hola!, tanto mejor”.

Y muy a propósito de publicaciones fifís, otro medio que puso a pitar el racistómetro mexicano como el carrito de los camotes fue Vanity Fair, tras publicar un estudio fotográfico con Yalitza Aparicio, la emergente actriz de marcados rasgos autóctonos  protagonista de la sensación fílmica “Roma”, quien posó con ropa de diseñador.

Pero ni se crea que son los comentarios de “aunque se vista de Gucci, india se queda” los que me alarman. Sandeces como esa tienen que emerger necesariamente porque el mundo –y principalmente el cíber espacio– está plagado de descerebrados.

Muy al contrario, son los que bien acomodados en el “trendy”, celebran la belleza nativa de Aparicio, cuando es la misma gente que ha criticado a Salma Hayek por gata, o a Eiza González por ser poca cosa para estar en una ceremonia de premiación en Hollywood. Pero como la chica de la peli de Cuarón es oaxaqueña y de tez morena, de labios gruesos, nariz ancha, entonces sí es nuestra  “digna” representante. Mejor simplemente, ahórrenos toda esa hipocresía y admitamos que nos preocupa mucho que se nos noté más lo Cuauhtémoc que lo Cortés.

Aun así, con todo y todo, y a pesar de lo que sea, considero aún que la libre expresión es un valor supremo muy por encima de estos vergonzosos menesteres.

Que está mal ser intolerante, racista, mentecato y retrógrada, sin duda. Ello es totalmente indefendible. Pero es nuestro derecho, un derecho universal e irrevocable que se nos otorga de nacimiento y contra el que no hay reforma, enmienda ni promulgación legislativa que valga.

Y la expresión más pulida de dicho derecho es precisamente la libertad de decir cualquier idea, por aberrada que sea, que alberguemos en el melón que llevamos sobre los hombros, algunos sólo de adorno.

También por estos días, se le exigió a la diputada coahuilense, Melba Nelia Farías, una disculpa pública en retracción por lo expresado tras visitar un albergue para migrantes, en donde aseveró que los hermanos centroamericanos tienen oportunidades en sus respectivos países y por tanto deberían retornar a sus lugares de origen.

Sin embargo, el director de la Casa del Migrante, Alberto Xicoténcatl Carrasco, exige a la legisladora se desdiga, se disculpe, se retracte y se retire.

¿Por qué? Es que acaso no podemos expresar una opinión que contradiga la agenda vigente de lo políticamente correcto.

Créame que jamás en mi vida creí que fuera a abogar en estas páginas por la causa de una diputada del PRI –ella se asume expriista, pero el priismo es como el herpes, una vez que se contrae se queda latente en nuestro organismo–. Sin embargo, por encima de la causa de los migrantes, o cualquier otra minoría oprimida, está nuestro supremo derecho a expresarnos porque ese es de todos y porque permitir que éste se anule –aún  por una represión ejercida desde el ámbito civil y luego solapado por las instituciones– pone en jaque todos nuestros demás derechos.

Nuestras ideas no van a ser siempre las más brillantes, obvio, porque como especie dejamos mucho que desear. Pero tratar de suprimir algunas porque las juzgamos impopulares, sólo conduce al oscurantismo.

En todo caso, siempre será mejor exigirle a alguien sustentar su decir que el prohibirle decir algo o, más inútil aún, exigirle que se retracte por algo que ya le espetó al mundo.

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