Los tristes acontecimientos del Colegio Cervantes de Torreón generaron un debate enorme y enconado. Más pronto que tarde los opinólogos cayeron en el trillado tema y al programa “Mochila Segura”. Basta una mirada desde la perspectiva de los padres de familia, los docentes o los agentes de seguridad para concluir que la pretensión de prevenir delitos violentos en las escuelas mediante una revisión de las mochilas de nuestros hijos es absurdo, simplón, engañoso y a la postre inútil. 

Debo decir que la crítica a “Mochila Segura” no se limita a México. En Estados Unidos, cuando menos en el distrito escolar donde estudian mis hijos, se exige a los adolescentes a partir de secundaria portar mochila transparente. Para los proveedores de mochilas transparentes de plástico la disposición significó un gran negocio, pero su utilidad para prevenir delitos ha sido y es ridícula, excepción hecha de que, eventualmente, pueda inhibir psicológicamente a quien pretenda delinquir. En Estados Unidos esas decisiones corresponden al distrito escolar independiente y electo democráticamente en un proceso universal y directo. En México corresponde al gobierno del estado con alguna intervención del Federal. 

Disposiciones aparte, cada joven reacciona a su manera. Mi hijo y todos los estudiantes pueden decidir si llevan o no la mochila de plástico transparente, pero los padres de familia deben adquirirla y pagarla. 

Mi muchacho optó por no utilizarla y retacar sus útiles en una gran carpeta que, una vez cerrada con zipper, queda a punto de reventar. Se vale de una laguna en el reglamento escolar, según el cual la mochila debe ser transparente, pero no importa que utilices cualquier otro aparejo no transparente para empacar tus libros y cuadernos.

Su motivación para no llevar mochila es de lo más interesante. Quien porte mochila debe guardarla en su casillero personal y regresar una y otra vez al terminar cada clase para dejar unos útiles y recoger otros. En cambio, puede cargar consigo su repleta carpeta de cuadernos y moverse libremente de un salón a otro sin perder tiempo para regresar a su locker. 

Otros jóvenes no tienen empacho en usar su mochila transparente. Se les mira caminando tan campantes con su mochila de plástico transparente. Imagine a decenas de muchachos entrando en tropel a la escuela y depositando la mochila en su casillero. En otras escuelas tal vez las lleven hasta su salón. En unos pocos lugares todavía existe el detector de metales, pero donde no los hay es absurdo esperar que el maestro o los guardias de seguridad puedan detectar objetos indebidos o peligrosos entre tantas mochilas. En las escuelas que disponen de detectores de metal puede usted imaginar la enorme fila para ingresar a la escuela. Absurdo sin duda.

Año con año la escuela finlandesa suele ocupar los primeros lugares en la prueba PISA en apretada competencia con escuelas asiáticas, la diferencia entre unas y otras estriba en que en el país nórdico los alumnos soportan una carga extremadamente ligera, sin que por ello la educación resulte ineficiente. Abundan las pruebas de ello. Los estudiantes trabajan por proyecto y prácticamente no existe la tarea en casa. El delito se previene mediante todo el sistema de gobierno, los casos de violencia son muy aislados y el debate sobre mochilas, transparentes o no, sencillamente no es imaginable. 

En esta era de información, carece de sentido obligar a los niños a cargar tabiques de cuadernos y libros repletos de datos que, en breve tiempo, resultarán obsoletos. El gobierno bien pudiera adquirir equipo informático de bajo costo que se resguarde en los salones de clases y proyectar o desplegar información fresca, actualizada para nutrir los cerebros infantiles. Esto bien podría funcionar, cuando menos en las zonas urbanas, aunque está claro que en lugares marginados ayudaría mucho que dispusieran de electricidad y WiFi. 

¿Qué sucedería con las tareas? Preguntarán algunos. Todavía parece insuperable la resistencia cultural a eliminar las tareas en casa. La SEP parece decidida a continuar en la edad de las cavernas. En un escenario así sería más fácil utilizar un sólo cuaderno para todas las materias; mejor aún, regalar una tableta electrónica cargada con todas sus materias a cada niños. Se ahorra tiempo, dinero, esfuerzo y mucha basura. 

No se puede ni se debe pretender solucionar los problemas sociales que degeneran en violencia, atacando los efectos y dejando intactas las causas. La violencia escolar no se previene con mochilas transparentes. Se previene con escuelas seguras, resultado de una sociedad segura. La cual sólo puede darse en un ambiente armónico para toda la comunidad y, concretamente, para los estudiantes. Apostar por una vigilancia cuasi policiaca es y será inútil. 

@chuyramirezr
Jesús Ramírez Rangel

Rebasando por la Derecha