El pasado martes por la noche, la comisión encargada de organizar la elección del nuevo dirigente estatal del Partido Acción Nacional en Coahuila dio a conocer su veredicto: en los comicios internos se había alzado con la victoria el lagunero Jesús de León Tello.

Poco habría por comentar respecto de un proceso más bien ordinario –en el sentido más amplio del término–, si no fuera porque el episodio refleja bien la esquizofrenia discursiva de los partidos políticos mexicanos y la ausencia de honestidad intelectual de sus dirigentes y más prominentes integrantes.

Por lo demás, el desenlace del proceso electoral interno del PAN en Coahuila constituye un ejemplo patético de cómo nuestra democracia es incapaz de evolucionar, justamente porque no está poblada por demócratas.

Y para comprender tal realidad no hacen falta sofisticadas teorías ni complejas argumentaciones. Basta con analizar unos poco –poquísimos– números relativos a la estadística de la elección interna.

El primero de ellos es el relativo a la cantidad de tiempo empleado por los organizadores de la elección panista para llegar al resultado final de sus comicios: más o menos 48 horas. Porque, como ya se ha señalado, el anuncio formal se realizó el día martes, pero los electores internos acudieron a sufragar el domingo anterior y las casillas fueron cerradas a la 4 de la tarde de ese día.

Uno podría comprender la tardanza si se tratara de una elección “compleja”, es decir, una en la cual era necesario reunir una gran cantidad de datos provenientes de lugares remotos o con los cuales no es posible establecer comunicación por medios electrónicos.

Pero no –y aquí viene la segunda cifra–: tan sólo debían acopiarse y procesarse los resultados de 26 casillas instaladas en 25 de los comités municipales del PAN en la entidad, a donde los militantes con derecho a hacerlo acudieron para emitir su voto.

Incluso así, uno podría suponer cierta complejidad, pues aunque sólo se trate de 26 casillas podríamos estar hablando de miles de votos cuyo procesamiento manual no es necesariamente sencillo, sobre todo si se tiene en cuenta las particularidades de las reglas electorales internas del PAN.

Pero tampoco es el caso –y aquí llega la tercera cifra–, pues de acuerdo con los datos proporcionados por el propio partido, en sus comicios internos apenas participaron ¡unas tres mil personas!

¡En serio! No fueron decenas de miles de votos cuyo procesamiento pudo haber metido en problemas a los responsables internos de su recepción y cómputo, sino de apenas un puñado de sufragios para cuyo procesamiento no se antoja necesario más de unas pocas horas.

La afirmación anterior es más cierta en la medida en la cual se revisan los datos desagregados. De acuerdo con una tabla difundida por los partidarios del candidato presuntamente derrotado, Mario Dávila Delgado, la casilla donde mayor afluencia de votantes se tuvo fue instalada en el comité municipal del PAN en Monclova, a donde habrían asistido 413 personas a votar.

Vamos: del total de casillas instaladas en el territorio estatal, apenas en media docena de casos se habría superado el centenar de votantes: las correspondientes a Acuña, Torreón (dos casillas), Monclova, Frontera y Saltillo. Fuera de estos casos, el número de votos fluctuó entre los 25 de Múzquiz y los 85 registrados en Nava.

¿Cuál es la razón para emplear dos días completos en el procesamiento de apenas un puñado de votos? La respuesta, acaso, la hayan ofrecido los propios militantes panistas adherentes de la candidatura de Mario Dávila: tal período fue necesario para perpetrar un fraude y garantizar de ese modo el triunfo de Jesús de León Tello.

¿Cuál habría sido la reacción y el posicionamiento del PAN coahuilteca si un resultado como este se hubiera registrado en una elección constitucional organizada por el Instituto Electoral de Coahuila o por cualquier otra autoridad electoral del País?

No hace falta recurrir a la imaginación para conocer la respuesta. Basta con hacer un mínimo esfuerzo de memoria y recordar lo ocurrido en Coahuila durante el proceso postelectoral de 2017, cuando el panismo acudió a los tribunales para presentar la –desde su perspectiva– impugnación “más documentada de la historia” y reclamar la existencia de un fraude electoral.

¿Cómo puede un partido político dolerse de los resultados de elecciones constitucionales –cuya organización tiene el derecho de vigilar– cuando no es capaz de garantizar el mínimo aseo en sus procesos internos?

Nadie se llame a confusión: la ausencia de democracia interna en los partidos políticos no conculca el derecho de sus dirigentes y militantes a reclamar la organización pulcra de las elecciones constitucionales por parte de los órganos del Estado. No estamos planteando eso.

El punto es otro y está relacionado con la honestidad intelectual y el compromiso con los valores de la democracia, valores a los cuales uno debe suscribirse en todos los casos y no sólo a conveniencia. Claramente en el PAN de Coahuila no tiene la menor idea al respecto.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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