Posterior a la Segunda Guerra Mundial inició la Guerra Fría, cuya base bipolar fue la URSS en el eje socialista y Estados Unidos en el eje capitalista. A partir de ahí, en general el mundo se debatiría entre estas dos posiciones ideológicas, económicas y políticas.

En las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX el avance económico, político, militar y tecnológico de la Unión Soviética atrajo a su eje a países de África, medio oriente y Asia central, como Egipto, Túnez, Libia, Argelia, El Congo, Angola, Irán, Iraq, Afganistán, Siria, Líbano, entre otros.

A finales de los años setenta y en los ochenta la embestida económica y militar de occidente mermó dicha presencia soviética hasta la caída del socialismo real en 1991. Con el falso argumento del “fin de la historia”, con arrogancia Estados Unidos aplicó en el mundo una política de imposición tanto del modelo económico neoliberal como de sus intereses estratégicos, así, por los recursos naturales y sobre todo el petróleo, medio oriente y Asia central fueron y son espacio de vital importancia para el imperio norteamericano.

Sin embargo, ni europeos ni norteamericanos se percataron de la inserción a la economía de mercado globalizada por parte de Rusia –ex Unión Soviética— y China cuyas economías poco a poco han adquirido e impactan al mundo, pero también su ascendente influencia política y militar en muchas partes del orbe, incluidos África y América Latina, recuperando presencia en  la región del Islam. En el mediterráneo sirio permanece una base militar rusa.

Si en los años ochenta del siglo pasado Ronald Reagan apoyó económica y militarmente al grupo extremista Al Qaeda en Afganistán  –que era una república socialista laica- argumentando hipócritamente que esos terroristas eran “luchadores por la libertad”, las condiciones cambiaron y en el 2001 esos  “benditos” derribaron las torres gemelas en Nueva York, en ese año la coalición internacional invadió  Afganistán para el uranio, luego la injustificada segunda invasión a Irak en el 2003 para apoderarse del petróleo y de ahí la radicalización de los grupos armados teocráticos, hoy el Estado Islámico o Isis.

Las primaveras árabes de los recientes años fueron estrategia europea y norteamericana para eliminar gobiernos cercanos a rusos y chinos. El caso más deplorable es Libia que ahora es un país destruido. Igualmente, para eliminar el gobierno de Bashar-Al Asad en Siria, desde hace cuatro años Israel, Arabia Saudita y Estados Unidos apoyan grupos opositores, pero también a radicales de Al Qaeda, EI, (que ahora controla casi dos tercios de territorio con petróleo y refinerías, productos para el mercado negro), salvajes que ahora padece medio oriente, África y Europa, con terribles atentados, como en París y Túnez el 13 y 24 de noviembre y el secuestro de turistas en Mali.

Estados Unidos no tiene amigos, sólo intereses y trágicamente a occidente se le revirtió la estrategia.

A finales de septiembre Vladimir Putin ordenó bombardeos a posiciones terroristas en Siria y convocó a occidente para coordinar dichas maniobras. El presidente francés François Hollande, uno de los principales opositores al gobierno sirio, ya aceptó la propuesta, no así Barack Obama. ¿Fue casualidad que Turquía, con el argumento de violar territorio, derribara un avión caza ruso el 24 de noviembre?

La guerra y la crisis de los refugiados en Europa resultan de la estrategia estadounidense para sostener su alicaída hegemonía y contener a Rusia y China, en esa dinámica imperial se explican el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, también las presiones financieras internacionales y el embate de grupos de poder económico en países latinoamericanos con gobiernos de centro-izquierda, como Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Uruguay, Nicaragua y en Argentina con la reciente victoria electoral de la derecha proestadunidense.

La privatización del petróleo y las “reformas de gran calado” en México se suscriben en esta lógica hegemónica, en esta geopolítica del terror.