Hacia el norte, por la calle Hidalgo en las inmediaciones de Catedral, las farolas de los arcos de la Plaza de Armas emiten cálidas radiaciones. De ese punto llegan también vibraciones de sonido: pertenecen al saxofón de un músico que, como muchas tardes, se instala al amparo de la arcada.

La luz de la tarde va declinando. La oscuridad se va haciendo notoria rumbo al sur, hacia las construcciones en que se asentaron los primeros habitantes, frente a lo que ahora es la Plaza de Independencia. Es hacia allá que las sombras se han apoderado del paisaje, mientras que en el norte quedan unos pocos reflejos de los últimos rayos del sol.

Mientras ello va ocurriendo pasan cosas en la vía. Las mismas cosas de todos los días, pero las cosas únicas de todos los días.

El hombre que vende dulces en la esquina de Catedral y que sonríe después de la gracejada que una joven dice, a propósito de quién sabe qué asunto. Lleva años allí, y su figura es conocida por todos cuantos caminan la de Hidalgo. El hombre acude religiosamente a ofertar su mercancía y tiene él la fortuna, y la tienen quienes lo visitan, de salir de ahí enriquecido luego de la charla y las sonrisas. Esto, siendo al cobijo del mayor centro religioso de nuestra ciudad, resulta doblemente entrañable.

Más cosas pasan: los niños que siempre serán niños, los de ayer, los de ahora y los de mañana, como los definió Francisco Gabilondo Soler, “Cri Cri”, continúan en su afán de perseguir a las palomas, mientras sus madres se afanan en perseguirlos a ellos, que tropiezan en lo que son sus primeros logros de autonomía. Con alas ambos, palomas y niños. Vientos de libertad.

Justo frente a Catedral, mientras suena el saxofón con una melodía del siglo pasado, mientras se dejan oír las risas de niños, mujeres y ancianos, una paloma aprovecha el agua que se encharcó en la cuneta.

¡Qué despliegue y qué gracia! Agita sus plumas y mete una y otra vez el pico entre ellas. Se sacude y deja al descubierto los enormes ojos que se pintan de fugaz extrañeza al verse sorprendida. No para en su quehacer, más al contrario, se sume de nuevo en las aguas grises de la cuneta.

Jóvenes con celulares en mano inmortalizan su presencia frente a la Fuente de las Ninfas, a las que no vendría mal un baño de pátina, en tanto que en este atardecer de jueves el tañer de las campanas llama a misa.

Las bellas estampas de todos los días, pero las bellas únicas estampas que no se repetirán jamás de la misma manera, ya por sus distintos personajes, ya por su diferente atmósfera. Escenas que vuelven a cada jornada una en sí misma.

Cada persona imprime a cada instante su propia historia. Esta Plaza ha sido el escenario de momentos definitorios, desde aquellos primeros tiempos de nuestra población, pasando por la declaratoria de separación de Coahuila de Nuevo León hecha por Benito Juárez, y el anuncio del gobernador Venustiano Carranza de dejar Palacio de Gobierno para lanzarse a la lucha en contra del presidente espurio Victoriano Huerta.

Historias que dan vida a nuestra historia. Y todas las nuestras, las que día con día se tejen en este suelo, a donde padres, por generaciones llevan a sus hijos al paseo; donde vendedores que vienen de lejos ofrecerán sus productos, muchos de ellos llenando el ambiente con los aromas de sus gorditas de nata o churros; en donde hubo ejecuciones durante la invasión norteamericana o por donde pasó el catafalco, de una bella y joven mujer difunta, antes de ser trasladado a Catedral.

¡Cuántas historias y cuántos recuerdos de todos aquellos que la vimos desde la primera infancia!

Emblemático corazón del Centro, que da pie a la nostalgia, en el que continúan hilándose nuestros recuerdos y se sigue escribiendo nuestra historia.