La lluvia se hizo de nuevo presente en esta tarde de septiembre. Ha caído un buen chubasco y los verdes han ido apareciendo con profusión espléndida. Se encuentran en el jardín el verde seco del pasto; aquel que en el ciruelo ofrece combinaciones con el ocre del cercano otoño. Uno más, de estacionada serenidad, en el durazno, que apenas y cosechó alguno que otro fruto.

Con las gotas en sus hojas resalta el verde soldado del rosal, hoy por hoy cubierto de flores en un tono apastelado. El verde tierno en unos lirios, y más allá, en la mandarina, surgen ya los frutos que pronto, en invierno, se estarán brindando.

La fuerza del agua se dejó sentir. Ahora todo se ha calmado y la luz que atraviesa la ventana llega tenuemente. Sobre el vaso de cristal se dejan sentir los últimos rayos del sol. Son también los que empiezan a despedir el verano, este año inusualmente húmedo.

Cada hoja será desprendida con los vientos del inminente otoño. Con ellas, los días de este año que se constituirá en la memoria para siempre. Cada brote fue prometedor en la primavera, hoy sólo esperan los vientos del otoño para caer.

Bob Dylan canta en “Autumn leaves” unas conmovedoras líneas que retratan esta caída lenta, pero cierta: “Las hojas que caen / a la deriva por la ventana / las hojas del otoño / de rojo y oro”. La poesía en el canto de Dylan, siempre presente.

Mansa, suave, dulce —a ratos sentirla de ese modo— la lluvia que trae a la memoria pasajes de aquella que nos pintara Gabriel García Márquez en “Cien Años de Soledad” y en “Macondo”. Cuando ahí aparecían días y días de constante lluvia, que no cesaba, y a la que sus habitantes tendrían que acostumbrarse. Pensaba entonces, en aquella lectura, cómo sería posible vivir bajo la lluvia los años que planteaba el escritor. Parecía tan inverosímil. Pero la magia de García Márquez era hacer precisamente que su relato se volviera creíble.

Viene también aquí a la memoria una leída, hace tiempo, novela de Virginia Woolf, donde transcurren muchos días de lluvia y la humedad se va adhiriendo a las paredes hasta volverse casi una con ellas. Una de sus admiradoras, la escritora y cantautora argentina Laura Calvo, platicó en una entrevista cómo se sentía personalmente con la lluvia, y contestó:

“Con la lluvia me llevo mal y bien. Me gusta cuando llueve de noche y la escucho al dormirme. Nunca me gustó ‘mucho’ la lluvia de día. De chicos nos mantenía encerrados. Te podías enfermar. Y te enfermabas. De aburrimiento. La lluvia de verano siempre fue la mejor, el olor a la tierra mojada; tediosa la de otoño; la de invierno, promesa de nieve, y luego todo empieza a florecer con la lluvia de primavera. ¿Las tormentas…? Son fabulosas, aquí en la montaña o en la pampa húmeda, pero que sigan de largo, todo ese viento huracanado, el agua contra los vidrios, el techo que cruje...”.

Reacciones personales ante la lluvia. Nos evoca el pasado y nos mantiene sostenidos, a veces por ello mismo, en el presente. Al escuchar su voz queda, en esta serena tarde de lluvia, aquel poema suyo que podríamos de pronto volverlo impresión personal:

“En las noches de otoño las voces tienden a templarse. / Por la mañana los agudos crepitan como hojarasca seca / antes de que el rocío acabe con ella. / A medida que el día avanza se espesan los tonos graves / para agotarse como velas consumidas hasta el cabo (…). Sólo hay que esperar. / En algún momento la luz vuelve”.