El pasado domingo 8 de diciembre me compré una Coca-Cola de un litro, una bolsa de cacahuates salados y una bolsa de papitas con sal de mar. Comida basura y chatarra que a mí en lo particular me viene bien y con la cual tengo alimentándome 55 años de mi vida. ¿No es saludable? No me importa. ¿Me voy a morir con esta dieta? Sin duda. Como usted o como el vecino como cualquier Premio Nobel de Medicina, Física o Química. Los únicos humanos que pueden morir son los vivos, y quien está vivo, debe de entregarse a todos los placeres, a todos los gustos, a  todas las tentaciones; debe uno mojar su tinta en todos los tragos, en todos los alimentos, en todas las fondas, en todas las tabernas. Es la vida. Y si es la vida, debo de vivirla. 

Hay gente que se cuida y todo lo bebe y lo come sin gluten, sin calorías, sin carbohidratos; productos y alimentos libres de cafeína, deslactosados, desinflados, sin alcohol, sin sacarina, sin grasa, libre de gérmenes… en fin. ¿Es usted así? Lo respeto. Imagino, usted se está preparando para vivir 124 años por lo menos. Yo no. Con este chingadazo de años sobre la tierra ya tuve y pura madre que me regreso cuando esté debidamente muerto. 

El domingo 8 de diciembre me compré Coca-Cola de un litro, cacahuates con harta sal y papitas. Me fui a cualquier lugar y calle cercana al Santuario de Guadalupe, me apoltroné en una cómoda banqueta y vi pasar gente. Cientos o miles de humanos bajo una sola premisa: eso llamado peregrinaciones hacia la Basilia, hacia el Santuario, para rendirle tributo y honor a la divina y bella Virgen de Guadalupe. Estuve allí por espacio, creo, de dos horas o más. Cientos o miles de humanos mostrando su fe. Pero, ¿esto es la fe hoy en día o esto es fe desde siempre? Lo que vi me erizó la piel y el esqueleto. Como tenía años sin ir a contemplar y ver esto, de nuevo me endureció la piel y el alma. Fe torcida sin duda. A mi pálido entender y discurrir fe torcida, fe que al final de cuentas no es fe. Cientos de humanos gritando (nunca rezaban), lanzado porras (como un partido llanero de soccer), cantando (no enderezando preces ni letanías), uniformados (como en una entrada a la fábrica de obreros, todos iguales); algunos, autoflagelados por su “fe” en cumplimiento de eso llamado “manda”, o pago de un favor o milagro recibido. ¿Esto es fe? No me gusto en lo más mínimo. Mentalidad mágica sin duda. 

Su poder no es de este mundo, aunque aquí es donde la invocamos, la queremos y la alabamos: es la mujer más poderosa que ha existido. Sin ella, nada; con ella todo. Es María, la Virgen, quien ha cobrado a últimas fechas un protagonismo digno de elogio. Usted lo sabe, y lo he contado par de ocasiones: Eran mis mocedades. Tenía cuatro o cinco años a lo sumo. Mi madre cargó conmigo, con el “niño” y me llevó de la mano en peregrinación por tren a la Ciudad de México, al bello Distrito Federal. El motivo ya lo adivinó: fuimos a ver a la Virgen de Guadalupe. A su santuario. El anterior santuario, es decir la Iglesia, no la Basílica posteriormente construida. Fui entonces a ver a la Virgen de Guadalupe en los inicios de los años 70 del siglo pasado. 

ESQUINA-BAJAN

Luego de esa experiencia, fui casi cada año hasta mi adolescencia. Mi madre creía a fe ciega en la Virgen de Guadalupe. Creía en todas las Vírgenes vestidas de oro y pedrería, recamados sus vestidos con seda y telas de Damasco. Mi madre creía en la Virgen María como madre de Dios. Ella creía. Así crecí yo, alabando y enamorado de la Virgen María en cualquiera de sus apariciones y rostros. Por eso soy mariano. Los hermanos cristianos nos critican agriamente este tipo de alabanzas y adoración. Nos critican no sin cierta razón, que anteponemos muchas veces a la Virgen María en lugar de pedir favores y orar directamente con el maestro Jesucristo o con Dios. Muchos así crecimos. Pero, ¿qué figura femenina es más grande a María?, ¿es que hay mujer más poderosa en el mundo?, ¿la hubo luego de ella?, ¿la hay hoy? Absolutamente no. 

Mi mamá siempre me decía: “Mira, hijo, la Virgen María es intercesora, es la vía más rápida para que Dios te escuche. A ella nadie le niega nada”. Caray, palabras sabias que atesoro al día de hoy. Tal vez por este tipo de consejos y palabras me “logré”. Lo poco que hago en mi vida, tal vez por este tipo de educación y enseñanzas hoy estoy aquí escribiendo estas líneas desgarbadas. 

Hoy y enmarcado lo anterior en su pasada celebración del día 12 de diciembre y su fecha para alabarla en especial a ella y nadie más. Pero ¿esto es fe? La devoción a ella es un fenómeno mundial. Todo país tiene a su Madre grandísima, a su Virgen María, a su patrona. ¿Por qué? Porque todo mundo la necesitamos para nacer. Así de sencillo. Sólo las parejas de homosexuales y lesbianas tal vez y ahora debido a las leyes que los protegen, pueden procrear entre ellos. Todos quieren igualdad de leyes. Pero la naturaleza sabia es otra. Aún no ha nacido ese niño de entre par de hombres que se amen. 

En fin. Por eso la Virgen María es necesaria. Venimos de ella, de su vientre y efectivamente, es una “intercesora” ante causas difíciles, decía mi madre con voz grave cuando me lo explicaba. Señor lector, no podemos recurrir a ella en cualquier tema, no. Es para causas extremas y desesperadas. ¿Le digo algo? Ella siempre escucha. ¿Lo duda? Hay le va el primer ejemplo. En el Evangelio de Juan leemos que en las bodas de Canaán, cuando aquello estaba bajando de nivel y la alegría se disipaba, se acabó el vino. A lo cual la señora María, madre del maestro Jesucristo fue con él y le dijo al oído, “No tienen vino”. (Juan 2.3) ¿Ya lo  vio? María intercedió e indujo a Jesús a realizar su primer milagro, un milagro gastronómico. ¿Sin su intervención, hubiese ocurrido? No lo sabemos. Sabemos la certeza de que ella fue mediadora. Entonces se cumple la tirada de naipes de mi madre: María intercede por nosotros.

LETRAS MINÚSCULAS

En lo anterior si creo; pero no en cientos de humanos en pleno jolgorio de gritos, porras, autos y camiones tocando endiablados cláxones… ¿Esto es fe?

Jesús R. Cedillo
Contraesquina