Hace algunos meses visité Guadalajara para participar, junto a un par de colegas a los que respeto mucho, en un foro de discusión sobre el futuro de México. La conversación, animada y polémica, tardó poco en llegar al ya cercano umbral del 2018. Alguien entre el público quiso saber qué pensábamos de Andrés Manuel López Obrador. Dije entonces lo que he escrito en este mismo espacio varias veces: la elección que viene será, por mucho, la mejor oportunidad para que López Obrador alcance la Presidencia.

El sexenio de Enrique Peña Nieto ha construido el escenario perfecto para el regreso de la versión más afortunada y valiosa del discurso lopezobradorista: la importancia capital que tiene el ejercicio ético del poder. Cada escándalo de corrupción y cada instancia de conflicto de interés del círculo presidencial se traducirá en un largo y merecido “se los dije” durante la campaña. Imaginemos, por ejemplo, lo que podrá hacer López Obrador con el caso del repugnante Javier Duarte. La vida ha sido tan generosa con el seguro candidato de Morena que incluso le ha regalado un video en el que el presidente Peña Nieto elogia a Duarte y lo identifica como ejemplo de un PRI en plena “renovación” (es una joya. Lástima que López Obrador no lo podrá usar tanto como le convendría: ahora va a necesitar de esas campañas de contraste que tanto censuró).

Lo cierto, pues, es que López Obrador podrá llegar al 2018 enarbolando su bandera favorita, respaldado por una serie de episodios que le dan la razón. ¿Cómo le responderá el eventual candidato del PRI cuando López Obrador lo vincule con Duarte, Borge, la casa blanca y ese largo e ignominioso etcétera? El PRI –ese partido “renovado” que vendía Peña Nieto en el 2012– ha pasado años construyéndose un callejón sin salida. Nadie mejor que López Obrador para aprovecharlo.

¿Qué obstáculos enfrentará? Advierto varios. El primero es el riesgo de una izquierda dividida. El segundo es el crecimiento de una candidatura que logre disputarle la legitimidad ética. Ya hay atisbos de esa estrategia en las declaraciones de Margarita Zavala, por ejemplo. El principal problema para López Obrador, sin embargo, es la cultura de intolerancia e intimidación que ha fomentado desde hace una década.

Dos episodios recientes me parecen reveladores. El primero es la reacción al par de videos de López Obrador en Guanajuato que incluyeron sus extrañas declaraciones sobre Cervantes y aquellas imágenes del propio AMLO siguiendo tiernamente una paloma. Ambos videos fueron difundidos con amplitud en todas las versiones imaginables y con todas las hilarantes modificaciones propias de la época. Nada diferente a lo que puede encontrarse en línea con los tropiezos de muchos otros políticos, empezando por Enrique Peña Nieto y terminando con Donald Trump. Algunos lopezobradoristas reaccionaron con indignación solemne y ñoña. De inmediato comenzaron, por ejemplo, con la cantaleta aburrida de la “guerra sucia”. ¿Si ese video de López Obrador es “guerra sucia”, qué han sido estos cuatro años de carrilla infinita (y divertida) contra Peña Nieto? Por favor.

El otro episodio es más peligroso para nuestra vida pública y síntoma de uno de los grandes vicios del lopezobradorismo. Mal ha hecho López Obrador en confundir la crítica con la intención aviesa universal. En su mundo solo hay lugar para dos identidades: los convencidos y los corruptos. No hay espacio para la posibilidad de la crítica honesta. Cuestionar el decálogo del lopezobradorismo (incluido el dogma del doble fraude) deriva de inmediato en la descalificación violenta y automática. El viernes pasado publiqué una columna en el Washington Post sobre la amenaza de Donald Trump de no aceptar el resultado de las elecciones del 8 de noviembre. Lo comparé con el proceso mexicano de 2006 y 2012, específicamente con la decisión de López Obrador de rechazar el veredicto del Tribunal Electoral y desconocer la legitimidad de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. No haré mayor glosa: mis argumentos están en el texto, que el lector puede encontrar en el sitio del propio Washington Post. El caso es que, desde su publicación, no he parado de recibir descalificaciones de todo tipo. La enorme mayoría me han divertido mucho: colecciono adjetivos. Pero el fenómeno en general me preocupa. La intimidación sistemática del desacuerdo –y más del desacuerdo argumentado– es un vicio lamentable de Andrés Manuel López Obrador y muchos de sus seguidores. Descalificar el disenso erosiona la cultura democrática e irrita innecesariamente el humor social. Y peor todavía: insistir en la eterna teoría de la conspiración podrá entusiasmar al voto duro, pero hace poco por convencer a los votantes indecisos y escépticos. Es una lección de salud democrática pero también de estrategia electoral que debería aprender López Obrador y, pues sí, Donald Trump. Para el segundo es demasiado tarde: perderá dentro de unas semanas. ¿Y para el primero? Ya veremos.