Lo ocurrido ayer en Estados Unidos dista mucho de ser una anécdota. Lejos de esta posibilidad constituyen un llamado de atención para todos los demócratas del mundo

La imaginación de los realizadores cinematográficos estadounidenses, afectos a retratar a su propio país como un lugar donde cualquier cosa puede ocurrir, pero al final siempre triunfa el “espíritu americano”, se vio rebasada ayer por la realidad, cuando una turba asaltó violentamente el Capitolio obligando a suspender el proceso de ratificación del presidente electo Joe Biden.

Las escenas, inéditas en la historia de la democracia más longeva del planeta, mantuvieron azorado al mundo entero por horas. Las razones por las cuales ocurrieron los hechos, así como sus consecuencias, seguramente mantendrán ocupados a politólogos, historiadores, sociólogos y múltiples especialistas de otras disciplinas durante décadas.

Y en el centro de esta polémica estará un individuo que ha asegurado desde ahora un lugar ambivalente en la historia: Donald Trump. Pocas voces discordarán a la hora de señalarle como responsable único de un episodio que constituye, a no dudarlo, un momento bochornoso para la superpotencia que hasta ayer podía presentarse al mundo como “el faro de la democracia”.

La cronología de los hechos no deja lugar a dudas: semanas antes de concluir la campaña electoral del año pasado, Trump ya acusaba a sus opositores de “fraguar” un fraude en los comicios del 3 de noviembre y afirmaba, en afiebrados discursos con los cuales azuzaba a sus entusiastas seguidores, que esa era la única forma en que podría perder la elección.

Luego, la misma noche de la elección desconoció el resultado y afirmó que recurriría a todas las instancias legales para revertir la derrota que sufrió en estados clave. Sus abogados, encabezados por Rudy Giuliani, recorrieron infructuosamente las cortes de diversas entidades por semanas. Durante todo ese tiempo, Trump se negó a conceder la victoria a su rival.

Finalmente, ayer se plantó ante una multitud a la que convocó frente a la Casa Blanca e insistió en la existencia de un fraude que nadie ha podido probar en ningún tribunal, asegurando además que “jamás” concedería la victoria al futuro presidente Biden. Luego lanzó a sus huestes hacia el Capitolio desatando el caos temporal.

La capital de los Estados Unidos debió someterse a un toque de queda dictado por las autoridades locales mientras el país entero lamentaba la muerte de cuatro personas durante el asalto al Congreso, un hecho que diversos analistas calificaron ayer de intento de “golpe parlamentario”.

Al cierre de este espacio, el Congreso había reanudado su sesión conjunta y certificado los votos electorales de la mayoría de los estados, pero entró nuevamente en receso tras aceptarse una objeción a los votos electorales de Pensilvania. Todo hacía indicar, sin embargo, que en las primeras horas de hoy, Joe Biden habría sido ya ratificado como Presidente Electo.

Lo ocurrido ayer en Estados Unidos dista mucho de ser una anécdota. Lejos de esta posibilidad constituyen un llamado de atención para todos los demócratas del mundo: esto es lo que puede ocurrirle a cualquier país que acepta como líder a un individuo narcisista para quien los hechos no cuentan y la historia se escribe a capricho y conveniencia suyos.

Un espejo para verse y evitar ser víctimas del mismo mal.