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Todavía era un niño cuando inicié mi colección de cassettes de Jean-Michel Jarré, autor de verdaderas sinfonías electrónicas. Entre mi repertorio se encontraba “Images”, álbum de antología. Cada uno de los tracks era un trozo de una totalidad para mí ignorada en su mayor parte. 

Muchas de las creaciones de Jarré son —ahora lo pienso— de espíritu wagneriano: un continuum sonoro; música que no se detiene desde su génesis hasta su apocalipsis —por supuesto, incluía un remanso obligado por el formato: había que girar el vinilo o dar vuelta al cassette—. Yo sabía que había un antes y un después, que lo que oía en “Images” eran solo postales de una tierra inmensa. Sentía fascinación y ansiedad por conocer la totalidad, como cuando la visión del horizonte es detenida por espesas montañas y uno se pregunta qué se esconde tras aquel telón. Así, tras el “fade-out” se extendía la terra incognita de mi cartografía musical infantil. 

Ya conocía algunas totalidades: “Oxygène” y “Équinoxe”. Me entusiasmaba escuchar los fragmentos que de estos álbumes se incluían en Images. Me llenaba de orgullo y soberbia, y sentía ganas de decirle a todo aquel que me topara: yo he ido más allá, me he arriesgado a los confines de esta tierra de sonidos. 

A finales de los ochentas hacía falta mucho más que un click para satisfacer los deseos musicales. A cuentagotas llegaban a mis manos las versiones completas. Una de ellas fue “Rendez-Vous”. La descubrí en una de esas irrupciones furtivas en la colección musical de mi hermana Dalia. Era un cassette sin anotaciones en las etiquetas, pero mi espíritu de explorador me hizo colocarlo en el tocacintas. No estaba rebobinado. Al aplanar el botón emanó una música para mí conocida: Rendez-Vous parte 2; uno de mis pasajes favoritos, de tenso y obstinado dramatismo, delicia para mi joven imaginación. Pero, ¿se trataba de otra antología o había descubierto el pasaje al mundo total de aquella creación musical? 

Fui a mi habitación. El aire olía a tierra mojada. La puerta que daba al patio estaba semi abierta. Rebobiné el cassette y después de colocar la grabadora gris sobre la cama, me recosté. Las primeras gotas de música golpearon mis tímpanos y los acordes de la lluvia  comenzaron a sonar desde los lejanos techos de lámina. Emprendí el viaje a la terra incognita de “Rendez-Vous”. Contemplé horizontes nuevos, exploré con placer algunos terrenos conocidos y luego se abrió a mis oídos un paisaje subyugante: un vals que en melancólicos giros danzaba con una melodía rutilante y etérea. Lloré por aquel descubrimiento; lloré de orgullo y de belleza. Fueron días épicos que no han tenido más que réplicas pálidas en mis exploraciones adultas... 

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Al otro lado de las fronteras de lo conocido se esconden paisajes indecibles. ¿Sabes ya lo que hay antes de que el coro irrumpa en la Novena Sinfonía de Beethoven? ¿Conoces aquello que se oculta tras el ingente acorde de Re mayor del “O Fortuna” en los Carmina Burana de Orff? 

Inmensos y diversos paisajes se extienden más allá de la zona turística de la música.