Una señora le comentó a otra: “Mi marido se parece a don Miguel Hidalgo y Costilla”. Preguntó la otra: “¿Tiene el aspecto de venerable anciano que el Padre de la Patria tiene?”. “No –precisó la señora-. Pero cada vez que voy de compras da el grito”. (Anécdota. El maestro de ceremonias en un acto oficial de cierto pueblo leyó el nombre del Cura de Dolores y dijo: “Don Miguel Hidalgo y
 y su respetable esposa”)
 Dulciflor, muchacha célibe, dio a luz un hermoso bebé. Le preguntó una amiga: “¿Quién es el papá?”. Dulciflor le contestó a la indiscreta: “Si te cortaras con un serrucho ¿podrías decir cuál de las puntas fue la que te cortó más?”
 Era ya medianoche y don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, iba caminando por la calle.  Su andar era vacilante; parecía que a cada paso iba a caer. Un vecino que a deshoras volvía a su domicilio pensó que el pobre señor iba borracho. Fue a ayudarlo, y se consternó al verlo lleno de moretones y sangrando por nariz y boca. Supuso que lo habían golpeado en la cantina, y le sugirió: “¿Por qué no se va a su casa, don Martirianito?”. Respondió el lacerado, congojoso: “De ahí vengo”... A mis 13 años no tenía yo dinero yo para comprar libros, con los cuales había hecho ya buena amistad. Leía entonces los que había en la parva biblioteca de mi casa, formada con los libros que mis padres compraban por turno, uno cada mes, con los escasos dineros de que disponían. Recuerdo haber leído dos obras, una después de la otra. La primera, una novela religiosa de nombre “Staurofila”. La otra, una recolección de los tremendos versos de don Antonio Plaza. Mi papá compró la piadosa novela; los tremendos versos los compró mi madre. Leí también, porque ahí estaba, el “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” del señor Carreño, que mi padre recibió en herencia del suyo. La temprana lectura de ese libro me impide ahora decir que el gobierno de la 4T es una farsa. Si lo dijera faltaría a la buena educación, aunque no a la verdad. Farsa, en efecto, fue lo de la rifa del malhadado avión presidencial. Farsa es la información oficial acerca del coronavirus. Farsa la consulta que se hará sobre el juicio a los ex presidentes. Farsa la promesa política hecha a los familiares de los mineros de Pasta de Conchos de recuperar los restos de los desaparecidos hace 14 años. Por todas partes estamos rodeados de farsa. A falta de acción, simulación. Palabras, palabras, palabras; palabrería cotidiana y dádivas clientelares en vez de obras bien planeadas y bien ejecutadas en beneficio de la comunidad. No diré, y menos en este día, que México es un país donde la farsa impera en vez de la verdad, pero sí me atreveré a pensar -por lo menos a pensar- que con sus engaños de cada día la 4T se ha vuelto un desengaño. Solamente lo pensaré, repito. No lo diré. Me lo impide el hecho de haber leído el “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” del señor Carreño
 Un individuo de rudo y amenazante aspecto acudió a la consulta del doctor Duerf, siquiatra, y le dijo con angustia: “¡Doctor! ¡Estoy lleno de impulsos agresivos! ¡Quítemelos, por favor!”. El célebre analista se colocó una mano en el mentón, lo cual le permitía elevar sus honorarios, y le preguntó al sujeto: “¿Desde cuándo tiene usted ese problema?”. El tipo lo agarró por las solapas y le rugió en la cara: “¿Cuál problema, cabrón? ¿Cuál problema?”
 Don Carcamalio, señor octogenario, casó con mujer joven. Al día siguiente de la noche de bodas la recién casada comentó: “Anoche se necesitaron dos hombres para ponerlo en la cama junto a mí, y seis hoy en la mañana para separarlo de mí”
 FIN.

Catón
DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Catón

Columna: De política y cosas peores