Tigres le ganó muy bien al América. Quizás haya sido el partido donde sus cualidades colectivas se distanciaron de las ataduras tácticas que suelen contener sus virtudes. Y no es poca cosa.

También Ferretti se atrevió a proponer otros patrones de ejecución y esto tampoco es un dato menor. Le sacó el máximo provecho a Zelarayán para quebrar al rival en la mitad y llevó al límite a Damm, a quien utilizó como pistón inagotable para patrullar toda la franja derecha.

Damm ya no se encargó de anular a Samudio como ocurrió en la pasada Final, sino que hizo que se preocuparan de él y nunca lo ubicaron en el radar.

Con su rapidez arrastró a la confusión al paraguayo y a Mares, y aprovechó esa coyuntura para soltar su velocidad y hacer estragos.

Tan es así que obligó a La Volpe a modificar su desenfocada lectura. El DT del América creyó que adelantando a Samudio a la línea de volantes iba a reducir el vértigo de Damm y, por ende, de Tigres.

La ecuación se evaporó tan pronto el mediocampista felino encontró espacios y empezó a capitalizar los huecos a espaldas de Samudio y las dudas de Mares. Ridiculizó a los dos hasta que Mares fue reemplazado y Samudio volvió a ser lateral. La Volpe ya había perdido un round.

En el complemento, cuando Dueñas pasó eventualmente a reforzar la contención, Damm fue lateral, volante y delantero en un mismo envase. Y no falló.

Fue una apuesta arriesgada, pero agresiva de Ferretti hasta que La Volpe se percató de esa movida y decidió incluir a Arroyo bien abierto sobre la izquierda para que Dueñas volviera a su posición original. Lo consiguió, pero la ventaja ya estaba marcada en la portería de Marchesín.

Otra foto fue en la región central. Aquí se combinaron la ingenuidad de La Volpe y el acierto de Ferretti para que Tigres marcara el rumbo de su juego en particular y del desarrollo en general.

La Volpe improvisó en el sector con el joven Álvarez y Da Silva –que no sienten ese puesto-, quienes fueron absorbidos por Pizarro, y perdieron de vista a Zelarayán.

Cuando La Volpe corrigió su error y metió a Guerrero –que sí es contención-, Ferretti jugó la carta de Dueñas para fortalecer a Pizarro y soltar más a Zelarayán, quien fue uno de los jugadores más determinantes del partido, aparte de sus golazos.

Ferretti siempre fue un paso adelante de La Volpe, pero nada hubiera sido posible sin el compromiso colectivo del equipo. El tempranero gol de Sosa condicionó el trámite, sí, pero Tigres esta vez no se refugió en la ventaja para anestesiar su futbol con el típico manoseo del balón.

Al contrario, fue vertical y directo. Utilizó la ambición como motor y su aceitada conexión entre líneas como puente hacia el gol. Fue más desacomplejado y generoso. Lo suyo fue menos pastoso y no necesitó de Gignac para anotar, pero sí para desarticular a los centrales adversarios y abrirle rutas de acceso a Sosa.

Tigres siempre quiso más y se movió en función de sus atributos individuales apoyado en su coraza de equipo frente a un rival que defensivamente fue un carnaval, incapaz de contener a un cuadro más decidido y pudiente.

Tigres lo liquidó tarde. Lo pudo haber hecho mucho tiempo antes, en ese primer tiempo de altísima estridencia con ocho llegadas clarísimas en menos de 30 minutos.

Quizás haya sido el mejor partido de Tigres en mucho tiempo, no sólo por la contundencia, sino por decisión, por cómo se paró, por cómo ejecutó el plan, por no conformarse, por cómo se animó a salir de su zona de confort y por experimentar variantes.

Jugó como se le exige a un campeón. Fue una demostración de poder para avisar que está de regreso en la Liga.