Muchos años necesité para aprender una verdad sencilla: lo negro no es absolutamente negro, y lo blanco no es absolutamente blanco. Las cosas tienden a ser más bien como las describió Juanito García, también llamado “El Toca”, maestro que fue de Química en el Ateneo. Se dispuso ante sus alumnos a mezclar dos líquidos contenidos en sendas probetas. De la mixtión, anunció con voz segura, resultaría un líquido blanco. Hizo la combinación, y el líquido resultante salió más negro que la pez.

–... un líquido blanco... negruzco –concluyó la frase “El Toca”, imperturbable.

Expresión muy sabia es ésa. En la vida lo blanco es negruzco, y lo negro es blancuzco. Nada es según el color del cristal con que se mira. No existe la absoluta blanquidad, si me es permitida esa palabra, ni hay negritud total. Alguna buena cualidad seguramente tuvo Hitler, y la Madre Teresa debe haber tenido algún defectillo por ahí. Sólo en las películas de vaqueros los buenos eran absolutamente buenos y los malos totalmente malos.

Buen trabajo me ha costado saber eso, y fuertes topetazos con la realidad, pero creo haber aprendido a no ser maniqueo. En la cuestión, por ejemplo, de ricos versus pobres procuro ser muy cauteloso a fin de no caer en el simplismo. Siento una gran admiración por pobrezas como la de San Francisco, pero no me parece merecedora de defensa la miseria que deriva del vicio o la haraganería. Y nadie me venga con el cuento de que la pereza o la ebriedad cotidiana son efectos de las condiciones sociales. 

“Yo soy yo y mi circunstancia...”, etcétera. Las circunstancias pesan, ciertamente, pero también debe pesar el yo. Aquél que me creó sin mi voluntad –lo dijo San Agustín– no puede salvarme sin mi voluntad.
Por eso miro con suspicacia a los predicadores que dicen pestes de los ricos y alaban sin cortapisas a los pobres. Eso a mí me parece demagogia religiosa, la más nociva demagogia de todas, la que más daño ha hecho. Renegar del mundo es grave ofensa a quien lo creó, y pensar que la riqueza temporal es cosa del demonio es condenar virtudes como la diligencia y el trabajo, fuentes legítimas de bienestar. El reino del Señor no es de este mundo, eso es muy cierto, pero el mundo debe acercarse a Su reino, y ese reino no es de escasez y de penurias, sino de abundancia –humana y divina– para todos.

Vayamos a los pobres sí, pues todos somos pobres: hasta los más ricos padecen alguna necesidad merecedora de compasión y amor. De ese amor, aun señalado por alguna preferencia, nadie debe quedar excluido. En el portal de Belén hubo pobres pastores, pero hubo también reyes, es decir hombres ricos. Un amigo de Cristo, José de Arimatea, era hombre adinerado, y dio su sepulcro para el enterramiento de Jesús. Mérito grande es ése, pues todos le pedían al Señor, y él en cambio le dio. Seguramente su generosidad lo ayudó a pasar por el ojo de la aguja.

Desde luego todo esto es filosofía batata. No barata: batata. Batata es camote, y alguien de tan cortas entendederas como yo se encamota cuando trata estos temas. Y todos los demás también.