“Ha querido el destino que los hombres que fueron a explorar la Luna en son de paz, se queden en ella a descansar en paz.

“Estos valientes hombres, Neil Armstrong y Edwin Aldrin son conscientes de que su rescate es imposible, pero saben también que en su sacrificio hay esperanza para la humanidad. Han ofrendado sus vidas por la más elevada meta del hombre: la búsqueda de la verdad y el entendimiento.

“Serán llorados por sus familias y amigos, por su nación; serán llorados por el mundo y por una Madre Tierra que se atrevió a enviar a dos de sus hijos rumbo a lo desconocido”…

Estos aciagos párrafos pertenecen a un discurso que por fortuna jamás tuvo que ser pronunciado. Era el mensaje de condolencia presidencial para en caso de que la misión Apolo 11 hubiese incurrido en la fatalidad (en el eventual pero nada improbable caso de que Armstrong y Aldrin tuviesen que ser abandonados en el satélite).

De haber terminado aquello en tragedia, serían quizás algunas de las palabras más célebres (tristemente célebres) jamás pronunciadas de la Historia y las únicas memorables del entonces presidente, Richard M. Nixon.

Por fortuna o por lo que usted quiera, no hubo necesidad de leer aquel texto. Fue archivado y en su lugar hubo panegíricos, loas y la mundial aclamación.

¿Es que acaso la administración de Nixon era tan pesimista respecto a las posibilidades de éxito de las misiones Apolo? ¿Por qué ser tan agorero y tener el pésame ya listo y redactado?

Coincidirá conmigo en que es necesario tener cubiertos todos los posibles escenarios, no obstante se haya trabajado afanosamente en cada pequeño detalle para que una empresa culmine exitosamente.

Pero eso es lo mínimo que cualquier situación exige de una planeación: trabajar para lo mejor y prevenirse contra lo peor.

En el caso de la administración Nixon y el Apolo 11, no era sólo un discurso, sino todo un protocolo a seguir diseñado especialmente para la ocasión: Antes de dirigirse a la nación, el Presidente debería haber telefoneado a las futuras viudas y luego del mensaje, y una vez que Houston cesara la comunicación con los astronautas varados, un sacerdote ofrecería los sacramentos a la manera que se hace en los sepelios marítimos, encomendando sus almas a las profundidades. ¡Qué espeluznante!

Ahora bien, si el gobierno que posó a un hombre en la superficie lunar reconoce que todo puede “malir sal” (salir mal) y que hay que estar prevenido siempre ante el desastre, ¿por qué nosotros solemos ser tan tremendamente arrogantes asegurando implícitamente que estamos vacunados contra la eventualidad desde que no nos preparamos debidamente para afrontar la posible contingencia?

Quiero referirme en concreto de los administradores del denominado “centro cultural” Casa Alameda, que  ocupaba la vieja e icónica casona de las calles de Purcell y Ramos.

Es fácil adosarle el título de cultural a un proyecto y con eso ganar cierta inmunidad a la crítica o al menos granjearse ciertas simpatías en automático por el puro hecho de militar supuestamente del lado de las artes, y no solo por el puro y mezquino afán mercantilista.

Sí, es muy bonito abrir un espacio al arte y convocar a todos los creadores a que hagan uso de dicho espacio, pero es también una manera de darle un valor agregado a lo que no deja de ser un negocio, con etiqueta de corrección política.

Bien, el proyecto Casa Alameda, una suerte de restaurante, bar, café, galería y escenario, funcionó por un espacio de tiempo más bien breve y terminó su corta vida con el corto circuito que desató el incendio que destruyó la centenaria edificación de estilo alemán.

No son pocas las voces que han señalado indolencia y negligencia de parte de los administradores del centro que ocupó uno de los inmuebles más bellos de todo el centro de la capital coahuilense

Como tampoco son pocas las personas que le lloraron a la llamada Casa Roja porque tienen algún grato recuerdo asociado a esta propiedad hoy en ruinas, o simplemente por todo lo que le aportaba al paisaje urbano y hoy está destruido.

No es para menos, el acervo arquitectónico de Saltillo es de por sí magro y mucho se ha perdido ante la indiferencia de las autoridades locales y en materia de protección al patrimonio histórico citadino.

No es una pérdida menor, ni algo que debamos asumir con simpleza. No se perdió algún adefesio escultórico, ni se destruyó el capricho reciente de algún gobernante.

Se destruyó una de las más hermosas fachadas de nuestro espacio más familiar, el corazón de Saltillo, su centro; una que sostenía un centenario romance con la Alameda que hoy le llora a su amante siniestrado.

Analizaremos causas y consecuencias, así como a los probables responsables de esta pequeña gran tragedia citadino patrimonial en la próxima entrega.

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