Juventud inquieta. El artista replicaba las pinturas de su hogar y vendía los originales para ganar dinero. Foto: Especial
Este 22 de enero se cumplen 140 años del nacimiento de este artista francés, que incursionó en más de una disciplina creativa, cuestionando y rompiendo sus reglas y experimentando con las prácticas de la época

Francias Picabia aseguró una vez que, si los artistas se burlan de los burgueses, él se burla “de los burgueses… y de los artistas”. Su actitud irreverente y mente inquieta lo convirtieron en uno de los más destacados vanguardistas de principios de siglo y autor de una muy variada obra plástica y visual.

El francés nació un 22 de enero de 1879 y desde temprana edad demostró poseer una mentalidad en la que los límites y las reglas eran conceptos subjetivos, perspectiva que lo ha hecho objeto de críticas por las contradicciones que presenta.

Su madre falleció cuando él tenía 7 años, y durante la adolescencia comenzó a ganar dinero para independizarse. Sin embargo, a diferencia de otras personas con historias similares, sus ingresos los obtuvo gracias a la falsificación de pinturas, y no de la manera usual.

De acuerdo con algunas declaraciones del propio artista, a diferencia de la práctica común de comercializar los falsificados, él vendía los originales y en su casa dejaba las pinturas copiadas con la maestría suficiente para que su familia nunca notara el intercambio.

Sin embargo, realmente nunca necesitó el dinero, pues nació en una familia adinerada. Se dice que su padre fue miembro de la nobleza española —o al menos un importante burgués de dicha nación, la versión cambia dependiendo quien la cuente— y su madre una burguesa francesa, quien le heredó su fortuna al cumplir los 20 años.

De hecho, de todo el círculo del movimiento dadaísta —y de las vanguardias en general—, del cual fue uno de sus fundadores, él fue quien más dinero tenía.

Mujeres con Bulldog. Estas pinturas, realizadas ya al final de la carrera de Picabia, adornan burdeles al norte de África. Foto: Especial

Picabia llegó a poseer 127 autos, yates y hasta se involucró en las apuestas, solvencia que le dio la libertad para dedicarse al arte en tiempo completo y experimentar con él de mil y un maneras sin la preocupación de que las obras se vendieran y los proyectos fueran rentables, algo que no todos sus contemporáneos podían permitirse.

Esta esencial libertad caracteriza toda su obra, una tan variada al grado de que nunca desarrolló un estilo que lo definiera y en ocasiones hasta incursionó de manera contradictoria en movimientos opuestos.

Sus primeros acercamientos con la pintura fueron como impresionista —y brevemente experimentó con la abstracción— tras independizarse exploró el cubismo cuando este ni nombre tenía entonces. A su llegada a los Estados Unidos en 1913 comenzó a desarrollar el dadaísmo y formalizó la práctica junto a Duchamp, Bretón, Elouard y otros artistas hasta 1919, cuando sus intereses cambiaron nuevamente.

Esta vez lo que llamó su atención fue el surrealismo, en el que incursionó brevemente aunque lo suficiente para crear un conflicto con los ideales dada, que lo llevaron a atacar personalmente a Breton a través de un artículo en el último número de su revista 391.

Su versatilidad no paró en el mundo de las artes visuales, pues también desarrolló la coreografía y escenografía del ballet “Relâche”, el cual estuvo musicalizado por Erik Satie y contó con un intermedio cinematográfico a cargo del realizador René Clair.

Foto: Especial

Al final de su carrera, durante la década de los 30, regresó al arte más figurativo y de caballete, pero con un estilo kitsch e irreverente que produjo obras inspiradas en los carteles de pornografía ligera, series que terminaron en los muros de burdeles de África del Norte, según se dice gracias a la intervención de un mercader argeliano.

Tras este episodio retomó la pintura abstracta y comenzó a escribir poesía hasta su muerte en noviembre de 1953. Tenía 74 años.

Su ecléctica obra ha dificultado que se hable de él de manera generalizada y fuera de las exposiciones que tuvo en vida pocos museos del mundo le han dedicado una retrospectiva. Tan sólo el Museo de Arte Moderno adquirió una pieza suya apenas hasta el 54, después de su muerte, y no realizó una exposición comprensiva hasta el 2016, sin embargo Picabia permanece en la historia del arte como un irreverente explorador del arte cuya obra da cuenta de los inicios de la ruptura con las prácticas académicas y cómo esto nos ha traído hasta las expresiones contemporáneas.

Explorador. Picabia experimentó y exploró una gran varidad de movimientos artísticos a principios del siglo 20. Foto: Especial