Francisco Toledo.

In Memoriam

Fui abandonadajunto a un cangrejo lleno de hormigas rojas, más tarde fueron polvo para pintar con la baba del nopal.

Poema zapoteco

La concepción mítica del “tiempo del sueño”, que tan importante es en la cultura y el arte aborigen de Australia; el animismo de las artes africanas, el sentido mágico de nuestro arte prehispánico constituyen tres vertientes que alimentarían para siempre la obra y la actitud vital de Francisco Toledo.

Él mismo, en una entrevista con el escritor y crítico de arte Alberto Ruy Sánchez, habló del influjo que también ejercieron sobre él los sueños y el arte creado por los enfermos mentales y los niños.

En toda su obra se advierte la amalgama de estas presencias y otras, de las que Toledo era consciente: el Art Brut de Dubuffet, Picasso, Paul Klee y otros. Fue Dubuffet, por cierto, uno de los primeros en interesarse por la pintura de los alienados, gracias al alemán Hans Prinzhorn (1886-1933), psiquiatra e historiador de arte, quien publicó su investigación ilustrada en 1922.

¿Qué denominador común encontramos en estas expresiones? Uno demasiado evidente para no tomarlo en cuenta: la absoluta indiferencia de los artistas ante las normas clásicas del arte. ¿Qué normas son éstas? Las que heredamos de la cultura grecolatina: la simetría, la armonía, el ritmo canónicos, y en particular, la perspectiva, inventada en Grecia -¿o antes?-, luego imitada en Roma y después llevada a la excelsitud en el Renacimiento.

Como otros artistas lo habían hecho décadas antes, Toledo desecha en su obra cualquier normativa y se inventa y reinventa otras, siempre cambiantes, jugando incluso con las posibilidades de Digitalia. La capacidad creativa de Toledo es del todo permisiva. Parece haber aprendido lo que había que aprender justamente para olvidarlo y empezar virtualmente de cero.

Después de los duros años en París, regresa a México para retornar a sí mismo y a todo lo que su entorno le había regalado, incluyendo el dolor. Una vez en Oaxaca recupera lo que jamás había perdido: la fauna, la flora, el ambiente, el olor de las cosas, su gente. Es otro y es el mismo: su pueblo natal, su infancia, un profundo sentimiento telúrico y atávico emergen y cristalizan en una obra única y de una riqueza plástica sin parangón.

Oaxaca, lo sabemos, es tierra de grandes artistas. Se habla, con razón, de una Escuela Oaxaqueña de Pintura, pero sin demeritar el trabajo de grandes maestros, como Rufino Tamayo, Rodolfo Morales y otros, admitamos que la obra de Toledo adquiere sorprendentes dimensiones.

¿Por qué? La respuesta no es fácil pero salta a la vista: en la pintura, la escultura, la gráfica y los “objetos” creados por él subyace un aire extrañamente ancestral, entre sagrado, lúdico y erótico que literalmente fascina o petrifica al espectador.

Los regionalismos poco o nada tienen que ver en esto, aunque así lo parezca. Mucho menos ese riesgoso nacionalismo del que tanto parlotean los políticos demagogos. En Toledo hay mucho más que eso: la efervescencia de una sensualidad a veces entaconada, la lujuria animista, el frenesí del coito, la ardiente asamblea de órganos genitales de animales racionales e irracionales: hombres, mujeres, sapos, lagartos, iguanas, monos, insectos, cangrejos, tortugas…

El espacio se mueve en el lienzo y la fauna emprende una coreografía ritual. Los seres humanos adoptan posturas caprichosas y para algunos impúdicas. Pero no hay nada grosero en ninguna de estas representaciones: la naturaleza parece haberse liberado no sólo de las normas impuestas por el clasicismo sino también de las de una religión opresiva y siempre amenazante; la naturaleza obedece gozosa, lúdicamente, a su propio instinto de lo sagrado.

El “tiempo del sueño” se apodera de ese espacio, y entonces, animales, personas, plantas, objetos y abstractos motivos plásticos parecen fluir en un tiempo sin tiempo, es decir, en “un tiempo más real que la realidad misma” (Peter Weir):

“En la mitología aborigen australiana, El sueño o Altjeringa (también llamado Tiempo del Sueño) es un “érase una vez” sagrado; un tiempo más allá del tiempo en el cual los Seres Totémicos Espirituales ancestrales formaron La Creación.” (Wikipedia).

Porque el arte no hace sino permitirnos ver o sospechar aquello que por alguna razón ve la cotidiana realidad: en ese sentido, Toledo es una suerte de chamán que descubre para nosotros la realidad real gracias a su trabajo plástico y nos ofrece un espectáculo arcano e insospechado: la representación de una representación.

El arte primitivo, el de los enfermos mentales y el de los niños rompe amarras y se lanza en pos del “tiempo de sueño”, un tiempo que sólo puede ser comprendido gracias a una epifanía o en virtud de una puerta de la percepción abierta por alguien.

Por eso en su pintura, sus grabados, su escultura, su cerámica Toledo es capaz de elaborar un bestiario fantástico y ponerlo a rotar como un pequeño cosmos. Por eso, sus seres humanos, sus vegetales y sus animales están animados por un erotismo que nace de y regresa a la tierra sin sentimientos de culpa.

Hasta las figuras o motivos abstractos que complementan sus imágenes bidimensionales o tridimensionales están ahí por una razón no sólo plástica sino también mágica, inefable: se vive en el tiempo del sueño.

Hay algo de delirante en esta obra, algo que no se debe a “la ruptura” precisamente. Creo que es herencia, un tanto, del frenesí del arte alienado, de la libertad fiera de los niños ante una cartulina o frente a una pared y de lo que los surrealistas o el psicoanálisis llamaron “escritura automática” y “asociación de ideas”.

¿Puede hablarse de “corriente de conciencia” o de “monólogo interior” en las artes visuales? En cualquier caso, Francisco Toledo fue un centro del que irradiaron múltiples y deslumbrantes reflejos y un punto en el que se cruzaron muchos caminos. Fue la Flor y el Canto del arte en México y el mundo. ¿Y si hablamos de “identidad nacional” en su obra?