Los fraudes electorales dejan huella y daños permanentes. En México quedamos con serias discapacidades y ciudadanos disfuncionales. Por no respetar el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas, en treinta años de corrupción pasamos del innombrable al indeseable. El peor castigo posible.

En Estados Unidos las huellas de fraude electoral abren la puerta de la cocina a tendencias socialistas. ¿Pelearon tantas guerras, para arriesgar su régimen de libertades individuales en una elección dudosa?

Las huellas del fraude electoral son innegables. Se parecen a las de México en 1988, pero las pruebas son indirectas. No hay un mando central, es una red de complicidades. (Youtube, México 1988 USA 2020) Repaso la construcción de la red aquí.

Un país dividido en dos, años de gestación, una prensa totalmente cómplice. ¿Recuerdan a Jacobo Zabludovsky que escondía el fraude de Chihuahua en 1986? Ahora son Google, Facebook y Twitter las que bloquean simpatizantes de Donald Trump y esconden los negocios de Joe Biden y su hijo con China. Invitan a votar selectivamente.

En 1988 aparecieron boletas quemadas. Hoy, aparecen boletas por Trump en basureros. En tan solo un condado de Michigan, ya van más de doscientos testimonios ante notario de actos fraudulentos. “Ah, pero no son pruebas de conspiración”, contestan los muy cínicos.

Del padrón, ni hablar. En 1988 Gobernación lo controlaba de pe a pa. En Estados Unidos, los padrones estatales salieron sobrando. Se enviaron millones de boletas por correo para que “cosechadores de votos” actuaran a placer. Votaron muertos, personas sin residencia y personas que ni ciudadanos son. “Son fallas normales” responden los pseudo-periodistas de CNN, MSNBC y ABC; ¡e inclusive FOX NEWS!

La falta de transparencia es muy difícil de reparar. En 1988 se oficializaron votos y actas de escrutinio sin la presencia de opositores. En Estados Unidos impidieron presencia de observadores. Gracias a ello, los receptores aceptaron boletas inválidas por carecer de firma, domicilio o de un testigo, etc. y Biden sobrepasó a Trump.

En Estados Unidos también se “cayó el sistema de cómputo”, pero las aberraciones estadísticas están aflorando a borbollones. Los votos por correo son difíciles de analizar, pero los votos presenciales permiten encontrar las aberraciones estadísticas. Un estudio revela que a mayor presencia republicana local más votos se “switchean” de Trump a Biden.  Hasta veinticinco por ciento de “republicanismo” no se desvía ni un voto. A partir de ese punto, afloran tendencias idénticas con una pérdida de votos para Trump que va creciendo proporcionalmente.

La hipótesis inevitable es que una misma instrucción en la programación se encarga de eso. La gráfica indica que el programador mapache usa la misma fórmula. “Switchea” más votos donde se note menos. O pudiera ser porque usaron servidores vulnerables ubicados en Europa. ¡La excusa perfecta!

Los medios masivos que han atacado a Trump durante cuatro años, han declarado a Biden presidente electo mucho antes del canvassing, o sea la cuadrícula de resultados que descarta los votos inválidos. ¿Cuál es la prisa? Descaradamente, generar un fait accompli para que Trump conceda y asunto resuelto.

Las huellas del fraude pueden abundar. Pero, ¿la Suprema Corte anulará votaciones basándose en estadística? Nunca se ha hecho. Los jueces al igual que los locutores son esclavos de la causa y efecto. Piden hechos con nombres y apellidos. Son totalmente ignorantes del efecto mariposa, los sistemas autoorganizados y sus propiedades emergentes.

Sin embargo, la Constitución da dos posibilidades legales más. Las legislaturas estatales pueden anular una elección. Segundo, los padres fundadores, temiendo una infiltración extranjera, reservaron la última palabra a los estados representados en el Congreso Federal.

Hoy, no hay temor a la reina de Inglaterra, sino a China. Convierte seres humanos en hormigas obreras gobernadas por las feromonas de la hormiga reina, el Partido Comunista Chino. Sería la peor huella que deje el fraude electoral, mucho peor que el COVID que nos enviaron.

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Javier Livas

Columna: Libertad y Justicia