Acá nos alarma un fuego descontrolado en la sierra.

Una selva es un prodigio de biodiversidad. Ahí se dan los sistemas ecológicos en que hay integración y complementaciones. La espesura, la exuberancia vegetal y animal, especialmente en la zona amazónica, convierte a la selva en un pulmón de la Tierra. Y Ahí están los indígenas. No dañan, no invaden, no sofocan, no depredan. Su actitud es de veneración, de respeto. Por eso cuidan, defienden, apoyan y vigilan la “floresta” como algo que pertenece a su sangre, a su familia, a su identidad y a su tarea existencial.

“Poco indio para mucha tierra”, gritan quienes quieren expulsarlos del territorio en que han vivido sus antepasados y ven como una herencia que no pueden abandonar. Hay gentes de poder económico que se alegran y celebran la destrucción del fuego. Codician esas tierras para la agricultura y otros para desarrollos industriales.

Tarde despertaron las ayudas internacionales. Fueron impuntuales los millones de euros de Francia enviados para extinguir el incendio, pero se espera que su actitud ejemplar de solidaridad sea imitada por otros países de grandes recursos. No son gastos sino inversiones para conservar el equilibrio saludable y la potencia purificadora como un bien planetario.

El calor, el calentamiento, el fuego requieren el control inteligente de los inquilinos de esta casa. Ya se derriten millones de toneladas del hielo de los polos. La tibieza y la indiferencia están causando un agravamiento creciente en el nivel de los océanos sin aplicar medidas que ya podríamos llamar de emergencia.

Una sección de la ONU tendría que concentrar especialistas en un monitoreo de todos los factores de deterioro en fauna, flora y condiciones saludables para todo viviente. Urge acelerar los cambios de conducta individual y social para evitar no sólo las contaminaciones de todo tipo sino también las catástrofes por agua, viento, temperatura y fuego.

Acá nos alarma un fuego descontrolado en la sierra. Y se desatan campañas de instrucción y motivación mediática para fomentar las virtudes ecológicas en la población. La voracidad flamígera, cuando progresa la quemazón, requiere una movilización numerosa para aplicar técnicas de extinción con gran celeridad.

Las comunidades de fe piden la lluvia en cadenas de plegarias simultáneas para la región de la Amazonia, extendida en Brasil y países vecinos. En un parque de diversiones, un hombre que fumaba arrojó la colilla al suelo. Un niño se vino corriendo y la pisó hasta apagarla por completo. Ahora que han empezado las clases en tantas aulas es de esperarse que una parte esencial de la educación sea ese amor al planeta manifestada por ese niño que vio, juzgó y actuó con una conducta responsable y valiosa.

Los veranos calurosos, unidos a los descuidos y a las malas intenciones humanas, hacen que el fuego fácilmente se inicie y se extienda. El Creador ha dejado la Tierra a los humanos no sólo como un don, sino como una tarea en la que no sólo hay dominio sino también cuidado. Lo que se comete y lo que se omite se vuelve una amenaza y un perjuicio para la vida y para el bienestar humano.

Acá Zapalinamé, allá la Amazonia. Que sean perseverantes en su tarea salvadora los indígenas y los niños de todo el mundo...