ESMIRNA BARRERA
Los mexicanos nos hemos caracterizado por una diversidad, la cual se requiere como un punto de arranque para cosechar fuerzas de aquello que hoy nos debilita

Octavio Paz declaró: “viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo”.

El Nobel también manifestó: “el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para los otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque”.

Según Paz lo que distingue al mexicano del resto de los hombres “es la doble influencia indígena y española que se conjugan en nuestra predilección por la ceremonia, las fórmulas y el orden. El mexicano, contra lo que supone una superficial interpretación de nuestra historia, aspira a crear un mundo ordenado conforme a principios claros. Todos los días el mexicano es un hombre que se esfuerza por ser formal y que muy fácilmente se convierte en formulista. Quizá nuestro tradicionalismo —que es una de las constantes de nuestro ser y lo que le da coherencia y antigüedad a nuestro pueblo— parte del amor que profesamos a la forma”.

Así los mexicanos “procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares”.

¿Tenemos los ojos bien abiertos para entender que nuestras pequeñas parcelas son también solares de México? ¿Qué significa el ser mexicano? ¿Qué no somos? ¿Qué deseamos llegar a ser? ¿Cuáles son las fortalezas y competencias a desarrollar para salir venturosos de los colosales retos que nos esperan a la vuelta de la esquina?”.
Carlos R. Gutiérrez, columnista.

El mexicano, de acuerdo con Paz, disimula en todo momento: “excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe hasta cuando canta”.

Así el mexicano se apresura a aparentar, a vivir “del que dirán”, parece que desea otro, tal vez por ello quiere pasar inadvertido, desaparecer de la misma manera que disimula y simula. No quiere observar a sus semejantes.

RECORDANDO…

Ante los inmensos desafíos que acompañaran este 2021, me pregunto ¿tenemos los ojos bien abiertos para entender que nuestras pequeñas parcelas son también solares de México? ¿Qué significa el ser mexicano? ¿Qué no somos? ¿Qué deseamos llegar a ser? ¿Cuáles son las fortalezas y competencias a desarrollar para salir venturosos de los colosales retos que nos esperan a la vuelta de la esquina?

Empecemos recordando que, más allá de la pandemia, desde hace tiempo hemos estado inmersos en una época convulsionada, arrebatada, inédita; de hecho, las transiciones que hoy ocupan a México y los acontecimientos mundiales rebasan por mucho nuestra capacidad de comprensión, estas situaciones provocan una gran ansiedad social que derivan en confusión y miedo. 

Es sencillo reconocer que México se encuentra inmerso en un proceso de competitividad global que nos ha despertado del sueño que nos mantenía narcotizados sobre la realidad del mundo y - peor aún - separados de nuestra propia realidad nacional.

Si supiéramos potenciar la diversidad cultural de México, si nuestras diferencias las comprendiéramos como punto de partida para encontrar nuestras semejanzas, entonces estaríamos en posibilidades de fraguar a un mexicano con la aptitud de cosechar fuerzas”.
Carlos R. Gutiérrez, columnista.

REVELACIÓN

En este amanecer hemos emprendido la búsqueda del significado de nuestras encontradas presencias, y seguimos explorando e interpretando nuestra geografía cultural y espiritual, sufriendo nuestras herejías, viviendo heridas y sufrimientos, pero también comprendiendo las implicaciones de nuestras virtudes.

De repente, se nos abrieron los ojos y vimos que somos, al mismo tiempo, españoles, árabes, judíos, fenicios y godos; impresionados hemos observado la magnífica sangre azteca, maya, tlaxcalteca y tantas otras que fluyen por nuestro cuerpo y que son, todas, las que dan voz a un mismo espíritu que busca redescubrirse. Esa revelación intenta también abrir el corazón del mexicano hacia el mexicano, hacia el otro, pero también provoca que sigamos lamiéndonos viejas heridas.

Sabemos que México no es homogéneo, que en él existe un sinnúmero de grupos étnicos que habitan en regiones donde los beneficios sociales ni siquiera se conocen. La patria nos confiesa que se conforma de diversas culturas, de distintas y desiguales economías y clases sociales; que en su seno no sólo existen diferentes niveles históricos, sino inclusive, épocas encontradas que, paradójicamente, viven bajo el mismo cielo, pero que no siempre comparten las mismas ilusiones y menos una justicia igualitaria.

De hecho, la realidad del mexicano contemporáneo se manifiesta al mundo mediante la inmensa diferencia que contienen sus sueños ya que, mientras unos pocos -poquísimos- sueñan con un futuro promisorio, la inmensa mayoría limita sus anhelos a sonrisas muertas, a instantes: a tener un pan el día de hoy, no enfermarse mañana y no morir de olvido por la tarde. Hoy, el mundo conoce la tragedia del hombre azteca: que sufre, pero que no sabe el porqué de su padecimiento.

POTENCIAR

Este mosaico denuncia realidades contrastantes y amargas que los mexicanos no hemos sabido comprender para lograr que, de todos esos contrasentidos, surja un mismo “Proyecto de Nación” hoy ausente, pues desde el centro de la nación se procura el insulto, la división, el descarte y la enfermiza costumbre de enfrentar a los mexicanos.

Si supiéramos potenciar la diversidad cultural de México, si nuestras diferencias las comprendiéramos como punto de partida para encontrar nuestras semejanzas, entonces estaríamos en posibilidades de fraguar a un mexicano con la aptitud de cosechar fuerzas de aquello que aparentemente lo debilita, pero para eso primero debemos desterrar el ingrato egoísmo, la discriminación y la infame competencia que se ha apoderado de nuestros corazones.

Esta sería una manera de empezar a crear el camino que requerimos para así unificar y dar sentido a los esfuerzos y sacrificios que cotidianamente millones de mexicanos, anónimamente, emprenden con honestidad, dedicación y entrega.

‘ENVISIONAR’

Esta tarea implica, principalmente, construir una versión mejorada del sistema educativo que permita a los niños y jóvenes aceptar que su identidad la conforma la heterogeneidad de sus raíces, reconocimiento que serviría de base para lograr el respeto y la tolerancia que urgentemente necesitamos para convivir en armonía, para así “envisionar” un futuro promisorio.

Es imperativo formar al nuevo mexicano bajo la base que siempre es mejor la diversidad que la uniformidad, que nos conviene la convivencia, que podemos ser mexicanos completos y al mismo tiempo personas abiertas, universales, sin renunciar a nuestras mejores tradiciones ni a la libertad personal.

Sería conveniente que nuestras acciones cotidianas dignifiquen, sin ambages, a la persona humana, inclusive ¡cuando apenas sea un pequeñísimo embrión!

Esta aspiración requiere padres de familia que formen a sus hijos en el amor y por el amor, que aprendan a vivir y ser autoridades morales de lo que verdaderamente aman, que comprendan que son el alma de México y sepan que, aun cuando el país tiene muchas ranuras por donde entra el agua, la patria jamás naufragará mientras hereden a sus hijos comportamientos éticos y anhelos e ideales enormes.

Es imperativo formar al nuevo mexicano bajo la base que siempre es mejor la diversidad que la uniformidad, que nos conviene la convivencia, que podemos ser mexicanos completos y al mismo tiempo personas abiertas, universales, sin renunciar a nuestras mejores tradiciones ni a la libertad personal”.
Carlos R. Gutiérrez, columnista.

ES MOMENTO…

El futuro demanda combatir la relajación social, la inmoralidad, el cínico desprecio de las virtudes éticas, la valentía de luchar individualmente en contra de lo que destruye al país: el machismo, la división, el enfermizo complejo de inferioridad, nuestras complicadas máscaras, el sintomático pesimismo, la simulación, el engaño y auto-engaño, la corrupción, nuestra violenta intimidad y la postergación, pues nada de esto tiene ya cabida en el espíritu del mexicano que demandan los retos por venir.

Es necesario reflexionar sobre el hecho que nos encontramos entretejidos los unos con los otros, y que aun cuando cada mexicano tiene su propia individualidad, también vivimos tiempos comunes que requieren de colaboración y corresponsabilidad para lograr niveles superiores de convivencia y bienestar común.

Es momento de empezar con nuevos bríos este tercer decenio del siglo 21, para construir el futuro que deseamos, siendo testimonio de los principios supremos. Así, la gratitud, el arraigo familiar, la nobleza, la adaptabilidad, la valentía, el orgullo, el ingenio, y la capacidad para trabajar duro -cuando así lo deseamos- deben ser las fuerzas que le brinden unidad, cohesión y posibilidades de justicia y bienestar social al país. Entonces no tendríamos la necesidad oculta de querer pasar inadvertidos. Entonces viviríamos libres, sin mascaras. Sin disimulaciones. Grandes ante nosotros mismos, inmensos ante el mundo y el destino que deseamos forjar.

Empecemos este naciente 2021, con una fuerza indomable capaz de derribar las más feroces tiranías, los obstáculos más grandes, los disimulos y las murallas que ciegan y paralizan.