Matar, golpear, mojar con chorros, detener con escudos, gasear, esposar, levantar, encerrar... son los verbos de la fuerza que se conjugan en las naciones contemporáneas contra delincuentes o alteradores del orden.

El uso de la fuerza es limitado a los guardianes oficiales del orden que pueden actuar contra un individuo o contra una multitud. Se enfrenta a las agresiones, a las resistencias, a las actitudes desordenadas.

Acá se ha capacitado a militares para que hagan funciones de policíacas. Se les capacita para que aprendan y practiquen los protocolos que se siguen en el uso moderado de la fuerza. Cuando ha habido vandalismo en manifestaciones con pintas, quiebra de vidrios, derribo de puertas, encendido de hogueras, quema de vehículos... se ha observado a los guardianes como simples espectadores, omitiendo cualquier intervención. Incluso cuando se han bloqueado vías de comunicación con pésimos efectos para la vida de las ciudades, no hay empleo de fuerza para impedirlo o lograr desalojo. La guardia ha sido la “carabina de Ambrosio”: siempre exhibida y nunca disparada.

Esto último de Culiacán presentó la aplicación del criterio del mal menor: “vale más salvar las vidas de las personas que apresar a un delincuente”. Muchos lo vieron como debilidad sumada a la fuga coyuntural de otros prisioneros peligrosos. Se ha sostenido que lo mejor es el diálogo razonable y no el uso de la fuerza. Pero se arguye en contra que lo mejor es enemigo de lo bueno. La falta de presencia enérgica y activa se ha visto como omisión más que como acierto.

Agotados los medios pacíficos, cuando una sociedad es lesionada seriamente en sus derechos básicos ha de tener defensa propia. Es parte del mandato que se da a quienes gobiernan para que no falte esa opción como último recurso. Muchos de los verbos enlistados anteriormente quedan sin conjugarse cuando la fuerza no es fuerza bruta desmesurada sino proporcionada el fin que se quiere lograr.

La lucidez y la sensatez es lo que da valor a toda convivencia humana. La civilización del amor humaniza todos los ambientes. Una educación en el respeto a valores de bien común produce la presencia de una generación en que la justicia construye la paz. Entonces surge ese tesoro comunitario que es la confianza y la seguridad. Lo han logrado en gran medida algunas ciudades en las que los brotes de violencia se van haciendo más excepcionales.

El acceso a los bienes fundamentales de salud, educación, habitación e indumentaria, trabajo y alimentación, desplazamiento y recreación genera actitudes amigables, fraternas y gozosas y crece la solidaridad. La fuerza puede tener inoperancia o abusar y conculcar derechos. La plenitud de la fuerza es la ternura. Si los más vulnerables están protegidos y no quedan a la intemperie, ni en las leyes ni en las costumbres, se debe a que se multiplican los diálogo, ser razonables pero también una fuerza sin violencia está siempre alerta y responsable.

Inolvidable la imagen de aquel luchador de gran musculatura. Su agilidad para las llaves y las acometidas en el ring eran impresionantes. Ahí estaba con su hija recién nacida en sus brazos.

Cuidando su sueño y meciéndola suavemente...