ilustración: Esmirna Barrera
A menos de que la Cuarta Transformación demuestre que la balacera en Culiacán fue una acción estratégica perfectamente ejecutada, la percepción de debilidad del Gobierno no podrá borrarse

Las balas, las granadas y el fuego de los camiones incendiados el jueves en la capital de Sinaloa, no importa cuál haya sido su blanco, derrumbaron -o al menos hicieron tambalear peligrosamente- a ese ídolo con pies de barro en que se ha convertido el presidente Andrés Manuel López Obrador. 

Habrá que esperar a conocer los resultados de las encuestas que se apliquen para conocer, con un sólido grado de aproximación, la percepción ciudadana sobre la decisión de la actual administración de retirar a las fuerzas del orden de la línea de fuego donde enfrentaban a presuntos sicarios del Cártel de Sinaloa. 

Y es que aunque indicadores indirectos como las redes sociales perfilan un desacuerdo generalizado por el repliegue de militares y la Guardia Nacional, también hicieron sentir su peso específico en el ciberespacio simpatizantes de AMLO que respaldan las decisiones tomadas.

No obstante ni a tiros ni a troyanos; es decir, ni a chairos ni a fifís, tranquiliza la actuación del Ejército y la Policía Nacional durante las escaramuzas en Culiacán.

Los tiroteos expusieron la fragilidad de las instituciones en la lucha contra el crimen organizado, y eso golpeó a López Obrador, al grado convertirse en el principal cuestionamiento a su política de seguridad que, lo dice un día sí y otro también, atiende a las causas del problema y ya no busca la realización de “ejecuciones”.

“No puede valer más la captura de un delincuente que las vidas de unas personas”, defendió el Presidente.

Por otra parte, cuartel general del cártel de Joaquín “El Chapo” Guzmán cuando encabezaba un imperio del crimen con el alcance de un negocio trasnacional, como los que aparecen en el listado que Forbes hace de las personas más ricas del plantea -y en los que se incluyó en algunas ocasiones al mismo “Chapo”-, Culiacán sigue siendo el centro de operaciones de la familia.

Ahí uno de sus herederos, Ovidio Guzmán, fue detenido y posteriormente liberado, lo que desató enfrentamientos que durante horas mantuvieron en el terror a los habitantes de la ciudad.

López Obrador dijo que la decisión de liberar al hijo del “Chapo”, “se tomó para proteger a los ciudadanos. No se puede apagar el fuego con el fuego”, sostuvo.

El tabasqueño aseveró que lo ocurrido no es un signo de debilidad institucional, como coinciden en una primera lectura, mexicanos de todos los sectores.

“No queremos muertos, no queremos la guerra. Esto les cuesta trabajo entenderlo a muchos”, reiteró. “La anterior estrategia convirtió al País en un cementerio, lo he dicho una y mil veces. Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”.

En fin, será muy difícil que el gobierno de la 4T recupere la confianza que se perdió en la más terrible balacera de los últimos tiempos en México.