Cuando en 1997 el PRI perdió la mayoría absoluta de la Cámara Baja y el DF, y el IFE cobró plena autonomía respecto del Gobierno (que no de los partidos), se pudo declarar el fin de la hegemonía priísta, y se vislumbró para el año 2000 una derrota histórica. Entonces muchos se preguntaron si el PRI podría sobrevivir fuera del poder presidencial. La respuesta dependía de muchas variables. El nuevo Gobierno panista prometió llamar a cuentas a varios priístas corruptos, lo que hubiera puesto en serias dificultades a ese partido, pero Fox prefirió extenderle una amplia amnistía para buscar reformas estructurales, que nunca se dieron. Se quedó sin reforma política ni económica. Faltaba también ver si el PRI podía tomar sus decisiones centrales sin línea presidencial. La primera prueba de fuego fue el nombramiento de su dirigente en 2002, cuando un resultado estrecho y un claro fraude hecho por Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo provocaron que casi se rompiera el PRI. Beatriz Paredes, la afectada, decidió, sin embargo, seguir apostando a su partido en lugar de romper e irse a otro lado. La unidad así salvaguardada, volvió a dañarse cuando Madrazo se impuso como candidato presidencial a sangre y fuego, cosa que lo envió al tercer sitio en la contienda de 2006, con apenas 22 % del voto.

Con todo, el PRI había logrado mantener la mayoría de gobiernos estatales y baluartes como el Estado de México, desde donde logró cerrar filas en torno de Enrique Peña Nieto, resolviendo con unidad su candidatura hacia 2012. Pero su retorno al poder –lo mismo en varios estados que en la Presidencia– se debió menos a una renovación real de ese partido y más a los fracasos y decepciones con los otros partidos, así como por falta de otras opciones. Lo normal era que después del enorme fiasco foxista, el PRD hubiera llegado al poder, lo que casi ocurrió en 2006. Pero los errores y soberbia de AMLO lo llevaron a perder su enorme ventaja, quedando en empate técnico. Y para 2012, ya la mayoría ciudadana recelaba del mesías tabasqueño. Pero el “Nuevo PRI” que ofreció Peña Nieto, y cuyos exponentes más destacados eran Javier y César Duarte, así como Roberto Borge, resultó más corrupto y cínico que el viejo. Quizá por ello ahora se vuelva a encumbrar a personajes como José Murat, del más añejo priísmo.

En su 88º aniversario, el PRI se presenta más debilitado que nunca, si bien ahora detenta la Presidencia. Pero difícilmente la preservará en 2018. Pese al triunfalismo discursivo de Peña Nieto, no se ve qué candidato pueda aglutinar todo el voto duro del PRI más los electores apartidistas necesarios para ganar. Y por otro lado, a partir del año pasado el PRI ya no gobierna en la mayoría de las entidades, sino en sólo 15 (a las que habrá que restarles las que pueda perder en este año y en 2018). Podría desde luego preservar su bastión en el Estado de México, pero ni aún así se ve que pueda recuperar la imagen y el terreno perdidos como para competir en 2018. En cambio, no hay garantía de ese triunfo mexiquense; en caso de sufrir ahí una nueva derrota (al margen de si también lo hace o no en Coahuila y Nayarit), el viejo partido sufrirá un golpe brutal.

La enorme institucionalización que logró construir el PRI a lo largo de sus siete décadas de hegemonía le permitieron resistir su paso por la oposición (como no ha ocurrido con otros partidos monopólicos en el mundo, salvo el Kuo-min-tang de Taiwán). Pero al derrochar la nueva oportunidad que tuvo al regresar al poder en 2012, los daños y el desgaste son ahora mayores. El futuro del PRI no se vislumbra brillante, por más que pueda todavía ser opción en varios estados, y sí, eventualmente en la Presidencia –para desesperación de muchos–, dado que los demás partidos no se han distinguido con claridad de los vicios priístas. Vicios que más bien parecen mexicanos desde el nacimiento de la Nación, y simplemente se vieron reflejados lo mismo en el santanismo que en el juarismo, el porfirismo y en el priísmo (y después en el panismo y perredismo, para no hablar de los demás partidos). 

FB: José Antonio Crespo Mendoza