ALEJANDRO MEDINA

“¡Canalla! ¡Infame! ¡Sinvergüenza! ¡Descarado! ¡Traidor! ¡Vil!”. Todos esos sonoros adjetivos le espetó en rápida sucesión doña Macalota a su esposo don Chinguetas cuando lo sorprendió en el lecho conyugal en compañía de una mujer que no era ella. “¡Ay, Macalota! –replicó el casquivano marido en tono de reproche–. ¿Así me tratas en presencia de la visita?”… Una araña macho descendió por su hilo desde el techo de la alcoba hasta el tocador en desorden de una cierta dama. El arácnido se topó con una de sus pestañas postizas y de inmediato le preguntó con aviesa sonrisa de galán: “¿Qué hace una linda chica como tú en un lugar como éste?”… Pirulina, muchacha sabidora, llevó en su coche a Cirio, piadoso joven de muchas devociones, al solitario sitio llamado El Ensalivadero, lugar donde suceden cosas de libídine que no son para ser descritas en una publicación como ésta, que llega a incontables hogares mexicanos. Una de aquellas cosas sucedió esa noche. Al terminar el trance exclamó Cirio, arrobado: “¡Caramba! ¡Seguramente esto ha de ser pecado, porque sentí muy bonito!”… El término “lacónico” significa “breve”, “conciso”. Ese vocablo se originó en Laconia, ciudad de Esparta. Los atenienses la sitiaron, y su general le envió un mensaje al jefe de los defensores: “Si tomamos vuestra ciudad la destruiremos”. Con una sola palabra respondió el espartano: “Si”. Igual laconismo demostró el general norteamericano McAuliffe en el curso de la Segunda Guerra. Cuando un comandante nazi le intimó por escrito la rendición, pues lo creía ya vencido en Bastogne, el estadounidense respondió también por escrito con una única palabra: “Nuts”. Eso equivale a decir: “Tonterías”. Pues bien: el cuento que ahora sigue presenta un laconismo similar. El marido le dijo a su esposa: “Hoy es tu cumpleaños, y voy a cocinar para ti. ¿Qué quieres que te haga?”. Respondió ella: “Viuda”… Un hombre que iba por la playa vio a una hermosísima mujer que traveseaba entre las olas. Nadando fue hacia ella, y cuál no sería su sorpresa –frase inédita– al ver que era una sirena. Entabló conversación con ella, y ya iba a pedirle su teléfono –o su caracol– cuando advirtieron que una aleta venía rápidamente hacia ellos. Era un tiburón. “¡Vete! –le dijo con angustia la sirena al hombre–. ¡Es mi papá!”… Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite el adulterio a sus adeptos a condición de que se pongan cubrebocas), el reverendo Fages, digo, fue en compañía de varios misioneros a redimir a los paganos de las Islas Sandwich. Si los salvajes no hicieron uno con los recién llegados fue sólo porque el día anterior habían cazado un búfalo y no tenían hambre. Tan venturosa circunstancia fue aprovechada por el predicador y sus hermanos para darles a conocer a los pobres aborígenes varias magníficas noticias: el juicio final, la existencia del infierno y el demonio: el pecado original que todos cometimos desde antes de nacer y otras enseñanzas igualmente esperanzadoras. También les hicieron saber que la única manera honesta de hacer el amor era en la posición del misionero, pues todas las demás posturas eran impúdicas y pecaminosas. Días después el reverendo Fages llamó a uno de los nativos y lo amonestó severamente: “Tu esposa me informó que anoche le hiciste el amor en una postura por demás obscena, impura, atrevida, profana y licenciosa”. “No es cierto –alegó el hombre–. Se lo hice en la posición del misionero”. Replicó el pastor: “Tu mujer me describió en detalle la posición que usaste, y ciertamente no era la del misionero”. Replicó el salvaje: “La del que yo vi, sí”… FIN.