Aunque la reutilización o el reciclaje de ciertos elementos constituyentes de una obra no es exclusiva de alguna corriente estética, en la exposición de Ma. Eugenia Gamiño –“Retrospectiva 1984-2018, Gráfica y Escultura”- este recurso aparece como dominante y directriz.

Casi todo lo que la artista utiliza para crear su obra escultórica es materia encontrada, recolectada, recuperada de lo que la naturaleza se despoja: ramas, cortezas, raíces, hojas secas… Lo demás es imaginación, composición y trabajo.

La muestra se inauguró el domingo 9 de septiembre en el Centro Cultural Vito Alessio Robles y permanecerá en exhibición hasta el mes de diciembre. Como debe hacerse en estos casos, el visitante recibe una hoja de sala que brinda orientaciones básicas acerca de la muestra y de la autora.

En muchas de estas piezas parece evidente el influjo de lo que hace algunas décadas se llamó en Italia “arte povera” [arte pobre], lo mismo que ciertos rasgos surrealistas e “ingenuos”. 

Como se dijo antes, el material del que se sirve la artista en su trabajo escultórico es, especialmente, la madera de distintos tipos –oyamel, caoba, jacaranda, pino…-, aunque también hace uso del bronce, el acero y otros metales. En contraste, su gráfica se auxilia de procedimientos digitales.

La anterior no es más que una descripción digamos técnica. Dice y no dice. Porque cuando entra en las salas de exposición, el espectador puede quedar un tanto sorprendido por lo que ve: piezas hechas de madera de diversos tamaños y formatos, rugosa corteza de árboles, estampas que repiten o reinterpretan ese cosmos vegetal mudo pero de una elocuencia inopinada.

El visitante contempla pinos que flotan sobre pequeñas esferas hechas de la arrugada piel de los árboles. La gráfica sale del vidrio que la aprisiona y echa a andar por las salas de exposición, haciendo caso omiso de cronologías y periodos; durante su paseo adopta formas diversas:

De pronto se transforma en una escultura de bulto, en una pieza bidimensional que juega a ser tridimensional y, al cabo de algunas metamorfosis, vuelve a ser gráfica, estampa digital, que se protege bajo la capa inmóvil de un trozo de vidrio.

Pero siempre es madera, siempre será materia vegetal que la artista ha recogido por los caminos y ha convertido, en su taller, nada menos que en una suerte de fetiches, de objetos mágicos, de símbolos, en fin, que hablan un idioma en plena decadencia, una lengua que está en peligro de extinción.

Esa materia vegetal será, algunas veces, tallada, pulida o laqueda; otras, estará sostenida o apoyada en otros materiales virtualmente opuestos, pero siempre aparecerá como protagonista del drama vital que se representa en esas galerías.

¿Qué drama es éste? El del planeta que habitamos, por supuesto. Debajo de la forma hay una consigna que no pretende ser, en principio, abiertamente política, pero que, dadas sus implicaciones, finalmente lo es.

Unas veces lúdicas, y otras numinosas o eróticas, estas esculturas y estampas cuyos personajes principales son el árbol, la madera, el follaje representan la vida. Es decir: aluden a la vida y la re-presentan ante nosotros.

“Entra el espíritu en materia / y sus creaturas se despedazan / en las costas del insomnio, al garete se pierden bajo la corriente imaginaria / que es nuestro único sustento”: esto escribe el poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca en “Poemas de la Convalecencia”, 1979.

Se piensa en la obra de este poeta y en muchos poemas de José Emilio Pacheco cuando contemplamos el trabajo de Ma. Eugenia Gamiño: en ellos, la exuberancia de la imagen natural y la preocupación por “el espíritu de la materia” destinado a disolverse en la indeterminación; en ella, los afanes por inventar una naturaleza dentro de otra, que seguimos martirizando día a día, ésa que es, como “la corriente imaginaria”, “nuestro único sustento”.

Arte povera, sombra del surrealismo, sentido lúdico e ingenuo y algo más encontramos en esta retrospectiva: poesía concreta. La vemos en estampas digitales como “Fragilidad de la palabra”, “Salvemos la Tierra”, “Cuestión de tiempo”, “La Tierra permanece” y algunas más que componen un políptico y que constituyen toda una declaración y una inminente advertencia.

La sensualidad –“Identidad Alfa y Omega”, heliograbado- y la muerte –“Imágenes de vida y de muerte”, talla en raulí, pino, nogal y acero laqueado, 1990- se tocan en esta colección, también el misticismo –“Árbol de la vida”, talla en raulí y madera laqueada, 1991- y la discreta exaltación –“Treinta y cinco miniaturas/Relieve monumental”, madera, cortes de ramas, acero, corteza sobre madera, vidrio e hilo nylon-, aunque tal exaltación se observa en toda la muestra. 

Así, entre madera tallada o pulida, entre composiciones de hálito sagrado o mágico, el trabajo de Gamiño oscila de una figuración simbólica a una aérea pero siempre vegetal abstracción: un suspiro es una suerte de gota de madera ahuecada y tallada que la artista hace resbalar por la espalda de un prisma, los “límites de la memoria” son los establecidos metafóricamente en un cubo hecho de ramas cortadas y en cuya superficie yace una esfera de corteza…

Haría falta un breve tratado de semiótica para penetrar el sentido de cada una de estas obras y su conjunto, pero no es éste el caso. Quedémonos, pues, con lo que la percepción y la memoria convierten en sedimento estético, si así puede llamarse al extraño fenómeno de la experiencia del arte.