Enrique Serna se ha consolidado en los últimos años como uno de los autores mexicanos más consistentes, abarcando en sus preocupación temas como la corrupción cultural (El miedo a los animales), la distopía contemporánea y las falacias de la gloria literaria (El orgasmógrafo), por no hablar de esa novela cumbre sobre el tema de la madre que es Fruta Verde.

Este juicio se refrendó con la aparición de El vendedor de silencio, un éxito total de ventas y de la crítica (Premio Xavier Villaurrutia 2019); en un ambicioso proyecto donde una lectura superficial vería sólo la biografía novelada del periodista mexicano Carlos Denegri, Serna propone un artefacto o puente entre “la novela histórica, sociológica y política”.  Sin embargo, su discurso es poliédrico: en una primera capa, biografía del auge y caída del afamado columnista político del México de los 50; radiografía de los usos venales del periodismo en nuestro país; risible fábula sobre el vínculo entre la patología personal y la enfermedad moral del sistema político mexicano (“No pedía mucho, carajo, sólo que lo dejaran prostituirse a su modo.”) El vendedor de silencio es ante todo una tragedia. Una especie de actualización a aquellos personajes de  La comedia humana, condenados al fracaso vía la exaltación equívoca de sus propias ambiciones y virtudes (Las ilusiones perdidas, Balzac) o constructores de su propia espiral auto destructiva (“vivían su éxito como un fracaso”).
La violencia machista, la impunidad, el servilismo, la adulación, la soberbia, el cinismo y la sumisión como reversos gemelos del ejercicio político y periodístico en nuestro país, ya habían sido narrados en obras como la Guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín (1980):

Con mortal evidencia, Galio debía parecer a esas alturas —en gran medida lo era— uno de tantos talentos triturados por la componenda, la corrupción y la falta de estímulo intelectual de la vida mexicana, la encarnación insuperable del camino intelectual visto por Salvador Novo en los años cuarenta: juventud deslumbrante, madurez negociada, vejez aborrecible.”

El periodista Carlos Denegri, personaje central de El Vendedor de Silencio. Foto: Archivo.

El vendedor de silencio en Saltillo

Sin embargo Serna hila más fino. Ahonda. Va del microscopio psicológico a la panorámica social.

Ese paisaje de intelectuales, medios y plumas sometidas encarna una cartografía nacional: moral.

Pero ante todo, algo que no se ha dicho sobre El vendedor de silencio, es que ésta es una novela sobre la madre. Ésta como clave, origen y horizonte, escrito sus laberintos afectivos, sus huecos y sus matices lejos de una intención autorreferencial o miserabilista.

Otro elemento curioso es que en la novela nuestra ciudad aparece dos veces: la primera, cuando una de sus muchas víctimas huye de la brutalidad del periodista para esconderse en un hotel de acá, y él la encuentra gracias a sus nexos con sus amigos de la policía secreta. En la segunda, Serna ahonda más, en una postal que podría fecharse en 1960, cualquier año de los setenta o incluso la rabiosa actualidad:

José Mora. Mitin a favor de Adolfo Ruiz Cortines. Monclova, marzo de 1952.

“Un inmenso mar movedizo de sombreros, estandartes y rostros morenos en la Plaza de Armas de Saltillo. A lo lejos aparece el camión de redilas donde viene el candidato, risueño, triunfador, escoltado por charros y lindas muchachas. La banda de la Marina y las tamboras más ruidosas de la ciudad lo reciben con Allá en el rancho grande. Desayuno con veteranos de la Revolución, el hermoso espectáculo de los ancianos ex villistas y ex carrancistas en abrazo fraterno, olvidadas las viejas rencillas. Todos unidos como un solo hombre en torno al nuevo redentor de las masas. Recorridos a pie por calles limpias, recién pavimentadas, con teporochos de traje y corbata, policías estrenando uniforme y fachadas olorosas a pintura fresca. Ni una huella de miseria debe afear el triunfal recorrido del próximo presidente. Las empleadas públicas más bonitas, vestidas de chinas poblanas, lo abrazan a las puertas del Palacio Municipal y le entregan ramos de flores. De Saltillo a Torreón y de ahí a Gómez Palacio. Por doquier las matracas, el papel picado, los vítores mercenarios de los acarreados que llevan cuatro o cinco horas tatemándose bajo el sol. Estratificación de la propagada en los cerros, en las bardas, en los jacales, en los tendajones mixtos. Por debajo de los letreros de la nueva campaña se leen todavía los de la anterior, con idénticas promesas y adulaciones. El nombre de Díaz Ordaz encimado con el de López Mateos y por debajo de ambos, el de Ruiz Cortines. Miles de botes de pintura para embadurnar paredes que nadie encalará siquiera en los próximos seis años. Y en todo momento, sin perder de vista al candidato, aguantando a pie firme las soporíferas asambleas, los bailes folclóricos, las declamaciones de los escolapios, los aguaceros en las plazas públicas, el cronista puntual y oportuno, contagiado del fervor ciudadano, proclama en letras de bronce la dimensión histórica de esas jornadas sublimes. Aquiles no existiría sin Homero ni esos burócratas endiosados valdrían un comino sin él. Pobres idiotas: al desecharlo renunciaban al artífice de su esplendor, al único periodista que les dio una ilusión de grandeza.”

La conjetura final, infinita, entonces, es ¿Cuántas voces tan corruptas o más que este vendedor de silencio perviven en nuestros medios? ¿Bajo qué nuevas máscaras siguen cerrando los ojos ante el drama inmediato, envalentonados en una combatividad a conveniencia? ¿Cuántos periodistas e intelectuales construyen su parcela de influencia vendiendo análisis vacuos, discursos acríticos, aire? Ya lo escribió el tal Aguilar Camín, casi cercenándose la lengua, en su magistral dibujo de Galio Bermúdez, ese  terrible soldado del sistema político mexicano:

“Pensar es sinónimo de no hacerse pendejo, mi querido Herodoto. Lo demás es pura técnica filosófica: academias, especialidades, libros, humo.”

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