Pareciera que estamos atorados en el mismo bucle: cada proyección, dato, estimación y vaticinio que se escucha sobre la economía del País no hace más que ennegrecer el panorama, ya de por sí desolador, que tenemos por delante. El Fondo Monetario Internacional (FMI) vaticinó una contracción de 10.5 por ciento en el PIB nacional, la CEPAL estimó que 2.7 millones de negocios y establecimientos cerrarán producto de la crisis agravada por la pandemia del COVID-19 y México será uno de los países más afectados con el cierre de por lo menos medio millón de empresas, la Coparmex calculó que en México se están perdiendo hasta ocho empleos por minuto... en fin. De alguna forma nos habremos de recuperar, ni duda cabe, pero por ahora hay otra bomba que nos está estallando flagrantemente en la cara: la de los jóvenes sin oportunidades, jóvenes que mientras más brumoso tengan su futuro, más comprometido estará también el nuestro.

Esta semana conversamos en el programa Contextos, de Grupo Radio Estéreo Mayrán, de Torreón, con el doctor Miguel Székely Pardo, director del Centro de Estudios Educativos y Sociales de México (CEES), quien elaboró, junto a la investigadora María Amparo Casar, el estudio: “Jóvenes que no estudian ni trabajan: otro efecto colateral del COVID-19 que puede ser evitado”. La investigación reporta que en el México precovid había 5.8 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años sin opciones de estudio ni trabajo, y ahora la pandemia del coronavirus está provocando que se incorporen por lo menos otros 4.3 millones de chavos a esas mismas tristes circunstancias. “Son los jóvenes que durante los siguientes 30 años tendrían que estar en el sector productivo”, apunta el doctor Székely. Sin embargo, frente a ellos no hay más que sombras. Para dimensionar mejor el dato: esos 10.1 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan, representan un tercio de toda la población mexicana en ese rango de edad. 

¿Cuáles podrían ser las consecuencias de semejante problema? De entrada, más pobreza y más delincuencia. Prejuiciosamente se suele pensar en los jóvenes que no estudian ni trabajan como individuos irresponsables, aislados en su propio metro cuadrado y que, como dicen los refranes, andan por la vida “sin arte ni parte” o “sin oficio ni beneficio”. Se piensa también en ellos como delincuentes activos o potenciales o como seres antisociales y atribulados. Pero también entre ellos hay distintas realidades: un 25% de estos muchachos, por ejemplo, son cabezas de familia, lo que en un contexto de profunda crisis económica eleva la posibilidad de que un millón de hogares adicionales caiga en pobreza. Durante la conversación, el doctor Székely fue tajante al advertir que, pese a lo grave de la situación, “el gobierno parece estarle dando la espalda a la ciudadanía”.

El otro componente es el de la delincuencia. Un estudio previo del Banco Mundial, titulado “Ninis en América Latina: 20 millones de jóvenes en busca de oportunidades”, advertía que un aumento de 13.7 por ciento en la tasa de jóvenes que no estudian ni trabajan implicaría un aumento de 16 por ciento en la tasa de criminalidad. 

¿Qué hace falta para evitar la auténtica tragedia de que estas se conviertan en generaciones perdidas? Para empezar: políticas públicas verdaderamente eficientes. El estudio del CEES hace énfasis en lo ineficientes que han sido los programas sociales de la 4T. Por ejemplo, el programa “Jóvenes construyendo el futuro” sólo ha logrado, con toda su opacidad y desorden, reducir apenas en un 1 por ciento la cantidad de jóvenes sin oportunidades. El de las “Becas para el bienestar Benito Juárez”, cuyo presupuesto para la primera mitad del año se estableció en 26 mil 314 millones de pesos, tiene un subejercicio del 97 por ciento, lo que significa que prácticamente no se ha aplicado.

“No hay evidencia de que estas acciones estén funcionando. Y lo más sorprendente es que, pese a todas las denuncias y en una situación de emergencia como esta, el gobierno no sea capaz de rectificar y ofrecerle a los jóvenes soluciones verdaderas”, concluye el doctor Székely. 

Al final el CEES propone, entre otros puntos y para decirlo breve: redirigir el gasto de los fallidos programas sociales para expandir la oferta de espacios educativos en institutos tecnológicos y universidades politécnicas que ofrecen carreras de dos años; condonar el IVA e ISR a empresas que incorporen a jóvenes de entre 18 y 29 años al sector formal; aplicar programas efectivos de empleo temporal y estrategias de capacitación y abatimiento del rezago académico de los jóvenes. El efecto colateral de las generaciones perdidas puede ser evitado, sí, pero sólo con intervención gubernamental. Una intervención que parta de una profunda autoevaluación, de un fuerte compromiso social que lleve a aceptar errores y corregir pasos en falso. El problema es que este gobierno se ha caracterizado, precisamente, por lo contrario. 

@manuserrato
Manuel Serrato

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