A menudo, las preguntas cuyas respuestas consideramos simples u obvias son las más difíciles de contestar. La música suscita algunas de esas cuestiones. ¿Por qué existe? ¿Sirve de algo la música?

Nietzsche se apresuró a decir: “la vida sin música sería un error”, sin embargo no se ocupó de explicar por qué. Su frase representa la visión más generalizada; es una sentencia romántica, podemos contentarnos con ella en un momento de inspiración, y nada más. 

Vivimos tiempos harto ideales (no en el buen sentido), en los cuales queremos explicar los  comportamientos humanos a partir de comodines sociológicos e ideológicos que afirman que somos como somos porque así nos lo impuso la cultura, negando la parte innata. Así, hay quienes señalan a la música como un invento, una construcción social que aprendimos a disfrutar a fuerza de repetición. 

Pero la música no es un invento, sino un rasgo grabado por la evolución en nuestro libro genético: un instinto. El ser humano ha invertido mucha energía en hacer, escuchar y vivir la música. Si está allí debería ser “por algo” (sin que esto se interprete como que la naturaleza tiene un propósito). Sin embargo, no está claro si se trata de una adaptación (algo útil para nuestra supervivencia como especie), del residuo de una adaptación, o de un fenómeno multifactorial que abarca un poco de ambas. 

Aquí hay cinco hipótesis muy difundidas sobre los orígenes y motivos del instinto musical. 

Spandrel. En inglés, los espacios que se generan por encima y a cada lado de los arcos se llaman spandrels. Estructuralmente no cumplen ninguna función, sin embargo suelen ornamentarse. Una adaptación biológica es útil, como un arco, pero también puede general residuos que no tienen propósito alguno. La música podría ser un residuo cognitivo que dejó allí el lenguaje (u otras adaptaciones), el cual utilizamos para entretenernos. 

Golosina auditiva. Hay muchos sonidos que nos resultan agradables. Tal vez la música sea una combinación sonora que logra hacerle cosquillas a los receptores del placer y al sistema límbico, como si fuera un sofisticado postre: un cheese cake auditivo.

Selección sexual. El tilonorrinco macho construye unas casitas hermosas. La hembra elige al mejor constructor como su pareja. Sin embargo, nunca habitan la bonita casa: su elaboración es un alarde del macho para demostrar lo buen partido que es. La música podría tener una función parecida, y aunque en el ser humano su práctica no es privativa de un solo sexo, esto no significa que su utilidad original no haya sido delatar un buen “cóctel genético” en ambos sentidos. 

Desarrollo cognitivo. La música hace que el cerebro de músicos y de oyentes chisporrotee de actividad neuronal, de manera que pudiera ser un terreno de prácticas cognitivas infantil que calibre habilidades posteriores. Sin embargo no hay nada concluyente sobre esto, ni tampoco se ha demostrado que la práctica musical vuelva más inteligentes a las personas. No caigámosles en supercherías como el “efecto Mozart”. 

Socialización. La música no solamente tiene el poder de aglutinar individuos, también funciona como distintivo de una élite, tribu o grupo social. El sentido de pertenencia y la acción en conjunto han sido claves para el éxito de la especie. 

Estas cinco hipótesis no tienen por qué ser excluyentes, pues podrían funcionar en sincronía. Además, la evolución actúa en capas, por lo cual es perfectamente posible que se dieran en distintos momentos de nuestra línea evolutiva (quiero decir, en ancestros del homo sapiens). Asimismo, ninguna niega la influencia cultural en la configuración específica de la música. 

Biólogos, neurocientíficos y psicólogos evolucionistas han hecho de la música su campo de investigación, ya que se trata de uno de los rasgos humanos más complejos y difíciles de explicar.