A finales de la década de los 80, todos queríamos ser Axl Rose.

Recuerdo un día de clases en el Ateneo Fuente, estábamos en uno de los corredores fumando y perdiendo el tiempo entre clases. Un grupo de diez compañeros se fue formando de manera espontánea, lo gracioso es que cada uno llegó tarareando el poderoso “riff” de guitarra de “Paradise City”, cuyo video alcanzaba en aquellos días la cúspide del top de Mtv y por consiguiente, transmitía incesantemente el sencillo día y noche.

El líder de la banda Guns N’ Roses se convirtió en el prototipo del rockstar de nuestra era y jugó tan bien su papel que su decadencia pareciera haber sido escrita por un guionista enfermo de lugares comunes.

El ego de Axl fue desmembrando la banda como una margarita en manos de un enamorado. Los primeros en partir fueron Steven Adler, baterista; luego Izzy Stradlin, guitarra, ambos coautores de varios de los temas más exitosos de la agrupación.

A la mitad de la década de los 90, Guns N’ Roses era ya un circo de tres pistas al servicio de un payaso megalómano, difícilmente relacionable con la banda de hard rock que sintetizó el sueño de todas las agrupaciones de la capital de la industria discográfica, Los Angeles.

Los vi hace un cuarto de siglo porque… había que verlos. Aunque el espectáculo era más un ritual de culto a la personalidad que un acto de comunión musical. Al día de hoy ya he visto demasiadas leyendas sobre el escenario para distinguir a un artista de un fantoche. Y créame, lo de 1993 no era un artista.

Axl cultivó una bien ganada fama de broncudo y prima donna en perpetuo berrinche. Sus presentaciones podían terminar abruptamente en un pleito, hacía esperar a la audiencia hasta cuatro horas para salir a actuar y rara vez tenía una palabra amable para sus seguidores, incluso, estaba peleado con una ciudad entera (St. Louis, Missouri). 

En síntesis, un cretinazo de primera.

Alcanzó cúspides del éxito reservadas para muy pocos, gracias a sus innegables dotes musicales, al talento de sus colaboradores (de los que no quedó ninguno original)  y a la industria videomusical. Y en esa cumbre decidió recluirse. Alguien lo llamó alguna vez, el Howard Hughes del rock.

Aunque hizo mutis en el cenit y aportó una buena cantidad de temas al reportorio de las imprescindibles e imperecederas, su recuerdo fue sepultado. De alguna manera, los ídolos muertos son más vigentes que los que sobreviven a sí mismos.

Su reaparición fue un acontecimiento, pero no en el sentido en que a él le habría gustado. Axl intentó reclamar su lugar como líder de la escena con un disco de estudio que, pese a las buenas críticas, no se puede incorporar al legado GN’R, porque ni es un disco de la banda ni está en su línea original. Y mientras los grupos veteranos entraban en sus años dorados, gozando del “revival” que les da su fanaticada ya instalada en la mediana edad, Guns N’ Roses simplemente no encajaba ni como proyecto vigente, ni como agrupación del recuerdo.

Se colaron luego unas fotos muy desfavorables del otrora apolíneo cantante, hinchado como botarga y conoció el escarnio inclemente de las redes sociales. Y una vez más, en vez de aceptar que su deplorable imagen era el resultado de su narcisismo, la emprendió contra Google, exigiéndole el retiro de las bochornosas fotografías, lo que sólo agravó el ridículo. Axl Rose era una caricatura de sí mismo.

Con mucha reticencia, acudí este sábado al festival de rock “Mother of All” que, como ancla, incluía la presentación de la, a pesar de lo que sea, legendaria banda. Así que sin todas mis ganas me enfunde en mi playera comprada hace 25 años (aún me queda bien, ¡en tu cara Axl!).

Mis objeciones estaban fundadas en el historial del vocalista. 

Anticipaba que nos haría esperar por horas, que sería una actuación breve con un repertorio poco significativo, que se dirigiría al respetable como si nos estuviera haciendo un favor, que se haría acompañar por músicos desconocidos, todo bajo el riesgo latente de que por un berrinche cancelara en cualquier momento.       

Nada de eso. La banda no sólo apareció puntual y tocó durante tres horas, éxito, tras éxito, tras éxito. La alineación fue la mínima para poder considerarlo un concierto de Guns: Axl, Slash y Duff Rose McKagan  en el bajo (más Dizzy Reed, tecladista desde de la etapa “Use Your Illusion”).

Axl saludó y agradeció en español, incluso tuvo un cumplido para nuestro País (en alusión al aroma a mota que manaba de la audiencia), cantó, se sentó al piano, presentó a cada miembro de la banda y al final salió a agradecer con una caravana.

El concierto no fue perfecto, hubo errores y la voz de Axl no es ya tan poderosa y elástica (pese a que cantantes mayores que él la conservan intacta). Pero lo que perdió en voz, lo ganó en humildad y eso se agradece.

Me reconcilié con uno de los grupos más importantes e influyentes del siglo pasado. Una banda de verdad, no Axl y músicos al servicio de su ego.

Los reveses en la carrera de esta “diva” del rock le domesticaron para beneficio de su público. Y esa es la lección en todo esto: Quizás W. Axl Rose no sea un mejor ser humano, ni una persona más empática. Pero no tiene que cambiar hasta lo más profundo de su ser para tratar a los demás con un mínimo de consideración y a cambio de eso ser ponderado como el ídolo que es y no el hazmerreír de las redes.

Así nosotros. No tenemos realmente que amar a nuestros semejantes, ni olvidar nuestras diferencias con ellos (sean políticas, religiosas o de cualquier índole). Basta con tratarnos con respeto, a fin de cuentas, se gana más con miel que con hiel; se obtiene más con las rosas que con las pistolas.

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