Desde que egresé como abogado tenía un sueño: estudiar mi doctorado en el extranjero, crear un centro de investigaciones para la defensa de los derechos y escribir una obra jurídica seria. Para mí, la libertad, la igualdad y la fraternidad son valores que guían mi vocación profesional.

Después de 25 años como jurista, los sueños se han ido acercando a la realidad. Desde hace más de una década inicié la construcción de la AIDH para ofrecer oportunidades de transformación a toda una generación.

Hoy en Arteaga tenemos lo que no tuvo mi generación. Un espacio de excelencia académica para formar a personas al servicio de los derechos, pero sobre todo una garantía de conocimiento útil para proteger a las víctimas. La AIDH la concibe siempre como una luz de conocimiento en esta noche de impunidad que vivimos.

Para los morbosos, la historia de la fundación la vamos a contar el próximo año en el 5 Aniversario. Daré mi testimonio de este recorrido en donde hemos derrotado, con mi gran equipo, inercias de mediocridad. Eran y son todavía muchos en contra. Pero unas cuantas personas de bien son suficientes para derrotarlas.

Esperen las anécdotas: las puertas que abrimos y tumbamos; cómo le pusimos el nombre y los colores, pero sobre todo cómo viví los tercios de las faenas. El arte de la muleta de Manolete queda corto. Hoy me dan risa; en ese momento, sin embargo, me revolvían un poco el estómago. Para mí las piedras en el camino fueron las señales del Señor de que este proyecto sí lo iba a lograr. A todo y a todos, le sacamos la ventaja que se requería. Hoy tenemos un centro de pensamiento que combate la injusticia e impunidad con la mejor arma: la educación de derechos humanos.

Debo confesar algo. Se me acentuó la diabetes y un poco de canas. Pero nada más. En lo personal disfruté de cada momento. Estoy acostumbrado a las vibras en mi contra, pero siempre hay un Dios que me reparte suerte de la buena. Me levanto a diario para ver cómo logramos una sociedad justa. No amanezco para joder, mi vocación es a quien voy a servir. Esa es la lección que mi padre y mi madre me dieron como fórmula de vida: hacer el bien, sin importar a quién. Y mientras lo hago le sonrió a la vida, porque si no ella termina por reírse de mí.

En esta filosofía de construir traté de rodearme de grandes personas. Me equivoqué en algunas: una que otra terminó como minion morado. Pero nada que no pudiéramos resolver. Mi círculo cercano sabe que si hay algo que me pone mal es que duden del proyecto, que me digan que no se puede o que claudiquen. Esos se quedaron en el camino, frustrados y dolidos. Los que hoy y siempre me acompañan se han transformado conmigo: crecen y son grandes líderes que trazan de manera autónoma su camino.

La AIDH nace con autorías compartidas. Su ADN es complejo: se nutren con raíces de La Laguna, Iztapalapa y Cerdeña. Hoy, en el recuento de los daños, hay tres personas de la historia morada: Maleni, Sergio e Irene. Los tres asumieron un diferente rol que, sin ellos, no hubiera sido posible nada.

Maleni, mi gran amiga del trabajo 24x7, fue la primera que me acompañó en el sueño. En el reto más crítico de mi carrera, cuando me fui sin beca y exiliado a hacer mis estudios al extranjero, ella fue la que me ayudó, con su trabajo, para financiar mis estudios que me dieron el mayor capital que tengo: mi formación y mis relaciones académicas. Maleni es mi escudo. Ella creció y ahora dirige ejemplarmente la atención a víctimas. Ella ha hecho de la CEAV-Coahuila un modelo nacional. Sin ella, la AIDH no tendría el rostro humano de acompañar a las víctimas.

Sergio, mi gran amigo de infancia, me siguió en el sueño hasta el extranjero. La fundación del Conde lo becó. Hizo su doctorado, regresó conmigo y dirigió (batallando mucho) el área de posgrado para construir los cimientos del sentido transformador: hemos fundado una escuela para un mejor futuro de la sociedad. Sergio dirige hoy el Tribunal Electoral y tiene un futuro de gran éxito profesional.

Irene, mi gran fichaje académico, dio un salto mortal. Se vino desde Europa a Coahuila para darle la gran esencia al proyecto. Ha tenido que aguantar todo tipo de mezquindades por ser extranjera y mujer. Ella es la nueva directora general. No hay una mejor versión morada. Es un ninja comparatista: habla siete idiomas, se formó en Italia, Gran Bretaña, Canadá, Australia y África. Es la MadonnaNet: una máquina de calidad académica. Irene lo va hacer mejor que yo.

La AIDH termina su fundación y empieza su consolidación. No tengo ninguna duda. Lo único que les pido a los que se quedan es “una, una sola cosa”: que si algún día Yolita, mi hija, me pide estudiar Derecho, le pueda decir que tiene tres opciones: Harvard, Cambridge y la AIDH. A ella le daré lo mejor, como le he dado a este proyecto mi mejor etapa como profesor, porque a partir de ahora daré mi mejor sentido de justicia como juez DH.

El autor es Fundador de la Academia Interamericana de Derechos Humanos

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH