Como tantas personas que viven en un ecosistema urbano sobrepoblado y duro, viajo muchos kilómetros desde mi casa hasta mi lugar de trabajo. Desde mi departamento, en Harlem, hasta el pueblo de Long Island, donde doy clases, se hacen dos horas de ida y dos de vuelta. Esas cuatro horas limbo de mi día son una especie de aleph borgesiano que condensa el mundo y sus variantes.

A bordo de mi tren mañanero trato de cuidarme del mundo, de no exponerme a él. Adopté esa estrategia de tortuga el año pasado, un día después de la elección. Esa mañana llegué a la estación con un café en vaso de cartón y el alma hecha añicos. Y con su malaleche acostumbrada, la suerte me jugó chueco y me puso en un vagón dónde sólo viajábamos yo y un jovencito trumpista –corbata, saco, y su gorra roja de Make America Great Again. Mordí anzuelo y fui a enfrentarlo, henchida de rabia política. Pero me desinflé al instante. En nuestro amago de duelo retórico perdí, no por puntos ni por knock-out, sino por puro pasmo emocional.

Desde ese día, durante el viaje en tren, prefiero perderme en alguna novela. Leo, subrayo, miro por la ventana hacia el paisaje, el cáncer de la productividad multiplicado en metástasis industriales: fábricas, bodegas, cables, basureros, ratas, agentes de la migra.

La semana pasada, traicionando el pacto conmigo misma de no interactuar con pasajeros, me puse a platicar con una señora. Era salvadoreña, me dijo, recién llegada. Venía esa mañana de la corte de migración en Manhattan. Le pregunté sobre cómo iba de avanzado su caso. Me dijo: “Ahí va, ya al menos me quitaron el robot”. Se levantó el pantalón y me enseñó el tobillo izquierdo, lleno de llagas y ampollas abiertas, producidas por el grillete o robot que le habían puesto en el pie al ser detenida en la frontera. (Un porcentaje de inmigrantes deben llevar esos grilletes, que les ahorcan los tobillos y los monitorean día y noche, registrando todos sus movimientos vía GPS). Esta mujer estaba aterrada, traumatizada por lo que el Gobierno Federal le ha hecho y amenaza con hacer.

Un rayo de esperanza llegó este viernes pasado. El Gobierno del Estado de Nueva York anunció que destinaba 10 millones de dólares a organizaciones que garantizarán representantes legales gratuitos para defender a los inmigrantes indocumentados. Con un abogado aumentan las posibilidades de no ser deportado a casi un 100 por ciento. Aunque el alcance de esto no se sabe aún, Nueva York será el primer Estado del país en garantizar apoyo legal a sus comunidades de migrantes indocumentados. Es apenas un primer paso sin grillete, pero podría llevarnos muy lejos.